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Gigantes de Acero

Por el Cine/TV

Gigantes de AceroDos de los multiverseros fueron a ver "Gigantes de Acero" por la sola razón de que no tenían nada mejor que hacer (y porque recién habían cobrado). ¿Habrán desquitado la plata o terminaron a las trompadas con el de la boletería? Seguí leyendo y te vas a enterar.

Gigantes de AceroNick Constantine

Wolverine ahora entrena Transformers”, pensé al entrar al cine; “después de la triste ‘Origins’, cualquier laburito le debe venir bien”.

Real Steel”, la película más reciente del australiano que hace suspirar a las damas y sentirse humillados por contraste a los caballeros, se ambienta en un futuro en el que la brutalidad de las luchas deportivas (boxeo, kickboxing, etc) alcanza tales picos que los humanos son sustituidos por robots de pelea, que pueden descuartizarse alegremente sin que la esposa de Flanders pida que alguien piense en los niños.

La película se centra en la historia de un boxeador venido a menos, Charlie Kenton (Jackman), que se gana el pan como “controlador” de robots luchadores de segunda mano, en peleas clandestinas. Como se enfatiza poco sutilmente, Kenton es un tiro al aire, sin ataduras ni capacidad de asumir ninguna responsabilidad.

La vida de Charlie se complejiza cuando una novieta del pasado fallece y reaparece Max (Dakota Goyo), hijo de esta relación, sumariamente dejado de lado por su ausente padre. Max es un niño especial, con una obsesión similar a la de su padre por las peleas robóticas.

La trama gira previsiblemente en torno al acercamiento de estos dos seres dañados, potenciado por la decisión de Max de ingresar al circuito de peleas robóticas al frente de un androide maltrecho que salva de una chatarrera. Charlie tendrá así que aprender a ser padre y mentor, cosa difícil cuando te llueven miembros de robot despedazado.

El director Shawn Levy tiene trasfondo de producciones familieras, cuestión que se nota. El mérito mayor de la película es lo que entretiene con su cruza de “Transformers” (no serán robots descapotables pero pegan lindo) y “Rocky” (por proxy). La historia de Charlie está medio cantada desde el principio, ya que va en paralelo a la de otras 100 otras películas de “crecimiento personal paterno”.

El cast lucha ocasionalmente contra momentos caricaturescos (Charlie, por ejemplo, “vende” a su hijo por 50.000 dólares). Algunos mensajes (la corrupción del deporte profesionalizado, la inmadurez relativa de algunos padres, etc.) son demasiado “en la cara” para ser 100% efectivos, con sus “malos-demasiado-malos”, pero más allá de estas deficiencias, la película funciona.

Las vueltas de fortuna de padre, hijo y asociados (la hermosísima Evangeline Lilly apoya al ex - boxeador) emocionan e impulsan a alentar a los robots en el ring. El ritmo, bien llevado, disimula el mensaje demasiado evidente, y las sólidas actuaciones de la tríada protagónica (Jackman, Goyo, Lilly) llevan a la película a buen puerto. Excelentísimos efectos de CGI con los robots, eso también.

Una película entretenida y emocionante a pesar de su ocasional poca sutileza. Y bueno, a fin de cuentas hablamos de robots boxeadores…

Gigantes de Acero


Gigantes de Acero

El Penitente

Seguramente uno de los grandes legados del cine norteamericano sean las películas deportivas. Ya sea en una súper producción o en una película de bajo presupuesto, los tipos tienen un pulso especial para convertir a un acto deportivo cualquiera en algo épico. La única excepción es el fútbol, quizás porque todavía siguen sin entender bien de qué se trata (¿¡soccer!?), o porque el fútbol, si bien es el deporte más maravilloso de todos, quizás sea un deporte difícil de filmar.

Gigantes de Acero es una película deportiva, basada en un cuento de Richard Matheson y ambientada en un futuro muy cercano en donde el boxeo ha sido prohibido, cediendo su lugar a los combates entre robots.

El siempre correcto Hugh Jackman interpreta a Charlie Kenton, un ex boxeador que a los ponchazos (en este caso literal y figurativamente) busca ganarse la vida al tiempo que intenta reconstruir la relación con Max, su hijo de 11 años al que prácticamente no conoce. El papel del hijo corre por cuenta de Dakota Goyo, un niño con cerquillo a lo Justin Bieber que por momentos cae simpático y por momentos es insoportable. Precisamente Max es quien en un cementerio de máquinas encuentra a Atom, un robot abandonado que al igual que el Sonny de Yo, Robot, en algunos pasajes termina siendo más carismático que los propios protagonistas.

A partir de la aparición de Atom, Gigantes de Acero se convierte definitivamente en una historia de redención: la del propio Atom, un robot que en sus días de actividad simplemente hacía las veces de sparring y que ahora se ganará su lugar entre los grandes; y la de Charlie, quien tendrá la posibilidad de encaminar la relación con su hijo y de darle a su carrera de boxeador el broche de oro que le fue negado.

Una mención especial merece el director Shawn Levy (responsable en el pasado de varias comedias mediocres como La Pantera Rosa y Más Barato por Docena) quien con la asistencia pugilística del gran Sugar Ray Leonard, logró hacer del boxeo entre robots una experiencia sumamente disfrutable. Experiencia que tiene su corolario en la pelea final entre la cenicienta Atom y el favorito Zeus. Los diseños de los robots son impecables y a diferencia de cualquiera de las entregas de Transformers, en las escenas de combate acá se entiende perfectamente en dónde comienza y en dónde termina cada robot.

Algún reseñador más entusiasta también podrá ver en Gigantes de Acero una reivindicación de la clase obrera frente a las malvadas corporaciones, y si bien algo de eso hay, tampoco es para tanto.

En Gigantes de Acero hay una historia simple pero bien contada, que cae en una serie de lugares comunes ya visitados infinidad de veces por el cine norteamericano, pero que lo hace con la suficiente cintura como para no decepcionar.

Gigantes de Acero

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