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House of Cards: quinta temporada

Por el Cine/TV

House of Cards: quinta temporadaFrancis Underwood tiene que competir contra el mundo real, en donde la política estadounidense es capaz de gigantescas sorpresas. Dicho esto, la temporada cae más que nunca en los vicios de siempre: la tensión escasea y los obstáculos terminan convirtiéndose en trampolines.

House of Cards: quinta temporada

Cuando se estrenaron las primeras cuatro temporadas de House of Cards, el drama original de Netflix, parecían claros los límites entre la realidad y la ficción. Uno podía o quería creer que ciertas actitudes de los protagonistas estaban enmarcadas dentro del realismo dramático y que otras eran simplemente el drama de tener a tipos bien malos en la Casa Blanca.

En los últimos meses, la seguridad que nos daba el sistema político estadounidense de navegar por aguas conocidas (que incluyen políticas internacionales bastante jodidas) se vio arrastrada por el fango y golpeada hasta la muerte con la victoria de una figura que hace que George W. Bush parezca un estadista nato y un gran orador.

¿Cómo afecta la era Trump a la serie protagonizada por Kevin Spacey y Robin Wright? Creo que en parte la vuelve más creíble, aunque los guionistas sigan tratando a sus dos protagonistas, Francis y Claire Underwood, como reencarnaciones de Demian, el anticristo de La Profecía.

House of Cards: quinta temporada

A ver si nos entendemos: los Underwood no tienen rivales. Cada vez que asoma la cabeza un personaje digno de plantarles batalla, la historia se encarga de bajarle el copete. En esta temporada el mayor perjudicado es Will Conway, el candidato republicano, presentado en la cuarta temporada como un joven apuesto y que tenía sexo con su esposa inglesa, que ahora se va transformando en un paraonico comido por el síndrome de estrés postraumático.

¿Es interesante su arco? Sí. ¿Es increíblemente conveniente para los planes de los U? You betcha.

Los primeros episodios girarán en torno a las elecciones presidenciales, con Francis y Claire buscando hasta la última triquiñuela, atajo o chicana para obtener sus propósitos. Y aquí hay otro error de la serie, que en esta temporada queda más de manifiesto, por descenso en la calidad o por acumulación: no son los Moriarty de la película.

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El matrimonio protagónico no supera los obstáculos en base a complicados planes que harían sonrojar a las mentes más brillantes de su país. No. Siguen consiguiendo material para chantajear a sus oponentes, pero parecen ser los únicos políticos que utilizan esa clase de maniobras. Tienen todas las herramientas del mal a su disposición, mientras que los antagonistas se limitan a "hacer lo que pueden". Que nunca es suficiente, obvio.

Como en años anteriores, hay atisbos de dificultad para los Underwood. En este caso está encarnada principalmente en Mark Usher, el asesor de la oposición, único que parece conocer los trucos del negocio y que (obvio) terminará siendo anulado de una manera u otra.

La aparición de Usher me hizo pensar en una posible explicación del éxito de la serie. Tiene buenas actuaciones, el guiño de la cuarta pared vuelve esta temporada mejor aprovechado que nunca, el poder siempre llamó la atención... pero House of Cards tiene voces muy particulares. Sí, voces.

La de Spacey con acento sureño siempre tuvo su hipnotismo, y qué decir de la de su fiel escudero Doug Stamper (demasiado perdido en su propia oscuridad en esta tanda de episodios). Seth, Durant, Petrov... podría dar unos cuantos ejemplos de personajes con voces interesantes, pero me quedo con la de Usher, a quien escucharía recitar la guía telefónica hacia atrás. Quisiera saber si los sordos o aquellos que la vieron con doblaje se engancharon tanto como el resto.

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Tengo que volver a los puntos negativos, que no lograron destruir la serie pero que la volvieron menos atrapante (para mí). Hay episodios enteros en donde la acción se convierte en una sucesión de escenas en oficinas, en las que personajes entran y salen. A veces el mismo personaje entra dos veces al Salón Oval en el mismo capítulo. La acción avanza por las noticias que traen y no por sus acciones, encadenando la historia como un clip de las mejores jugadas de un partido de ajedrez. Con la desventaja de que hay un rey, una reina y una cantidad excesiva de peones.

Hay muy poca tensión. Recién sobre el final del décimo episodio parece que la cosa se complica, y luego el problema termina existiendo para favorecer a los anticristos. No puede ser que no pierdan una, y que cuando lo hacen era justo lo que precisaban para ganar la siguiente (esto se arrastra desde años anteriores, pero uno sigue cayendo en la trampa del castillo de naipes).

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Esta temporada fue más coral, disminuyendo el papel de casi todos los secundarios y dejando todo sobre los hombros de la pareja protagónica, que cumplen a la perfección con lo que les dice el libreto, evitándole al espectador cualquier sospecha de que sus planes podrían fracasar. Los cabos sueltos se atan en el momento exacto y aquellos que se acercan mucho al sol son arrojados al agua en un abrir y cerrar de ojos.

Seguro que hay cosas más interesantes para ver en Netflix. Dicho esto, no se pierdan mi reseña de la sexta temporada, algún día, en su sitio web de confianza.

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