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John Carter: Entre Dos Mundos

Por el Cine/TV

John Carter: Entre Dos MundosPresupuesto caro, posible fracaso de taquilla, fidelidad, etc.; la adaptación de la serie de libros del soldado de Virginia transportado a Marte viene generando una discusión acalorada desde hace semanas. A continuación, te contestamos la pregunta más importante (“¿vale la pena?”).

John Carter: Entre Dos Mundos95 años: no estamos hablando de una obra relativamente reciente, sino de una novela que tiene casi un siglo de edad. “Una Princesa de Marte”, la historia que inicia el “Ciclo de Barsoom” y que inspiró mayoritariamente a la película “John Carter”, fue publicada en 1917, bajo autoría del mismísimo Edgar Rice Burroughs. Si les suena el nombre es porque estamos hablando del autor conocido por cierto Señor de los Simios (me rehúso a llamar a Tarzan “Señor de los Monos”, ya que ahí me lo imagino rodeado de monos tití tirándole heces en tono de sorna; para eso le decimos “Señor de los Macacos”, redondeamos acá la reseña y me voy a jugar al Tetris). El ciclo de Barsoom constó de unas 11 novelas, la última de las cuales, precisamente, es la que tiene presente a “John Carter de Marte” en su título.

Luego de ver la adaptación en pantalla grande, dan ganas de que el título no sea premonitorio en su calidad de cierre de una saga, ya que estamos ante una matiné cinematográfica excelentemente lograda, con suficiente mérito propio para rivalizar pelo-de-simio-blanco a pelo con otras producciones de ciencia ficción aventurera.

Ahora que lo pienso, Burroughs tenía algo con los monos. Mejor no andar preguntando…

John Carter: Entre Dos Mundos“Una Princesa de Marte” está considerada uno de los ejemplos por excelencia de la literatura pulp, el tipo de ficción serializada que vio su apogeo entre comienzos y mediados del siglo XX. Lo pulp, aún al día de hoy, me hace sentir como un niño entusiasmado, con sus tropos y modos narrativos a veces ingenuos, siempre maravillosos. En particular, todo el ciclo de Barsoom es uno de los ejemplos más representativos del “romance planetario”, género entrecruzado por un lado con esta movida pulp y por otro con la ciencia ficción, a la que Barsoom influenció e informó por décadas. Los ecos del planeta rojo se sienten al día de hoy.

Los aullidos de los monos, también. Sobre todo los de aquellos que desean un fracaso de taquilla a una película que merecería una buena oportunidad. Hay cada macaco…

Cuando hablamos de “romance planetario”, por supuesto, no hablamos de avanzarle con intenciones amatorias nobles (o de las otras) a la muchachita que tanto nos gusta, amparados en la oscuridad de esa sala artificialmente oscurecida que queda en medio del zoológico, donde se suele mostrar la ubicación de las estrellas y constelaciones que todo el mundo recuerda (¿Orión, quizás?). “Romance Planetario” equivale a decir “Espadas y Planetas” o inclusive “Sandalias y Planetas”, por más que esta última denominación me suena demasiado a “Chele intergaláctico”, razón más que suficiente para dejarla de lado; convengamos, asimismo, que las sandalias son notoriamente menos útiles en, por ejemplo, Mercurio, que como diría mi querida abuela, “está que pela”. Como subgénero, el “Romance Planetario”  traslada las temáticas y dinámicas típicas del pulp al escenario exótico por excelencia: un planeta diferente a la Tierra.

Torsos desnudos musculosos, espadas filosas, marcianos barbáricos, anacronismos varios en lenguaje, armamento, cultura, política y costumbres, naves voladoras: al que no se le erice la piel con estas menciones… bueno, no tiene piel.

John Carter: Entre Dos MundosLo cual debe ser doloroso.

Considerando que el órgano más grande que tiene un ser humano, marciano verde o rojo, ese que nos hace presumir …

… es la piel.

(Malpensados, al final me sonrojo cual marciano rojo… y eso que los “marcianos rojos” de la película tan, tan rojos de piel, que digamos, no son; los calificaría más bien de “marcianos coloraditos”).

Volvamos a “John Carter”: más de 100 años después de “A Princess…” el espectador potencial puede asistir a una adaptación cinematográfica de uno de los dos personajes más famosos de Burroughs. Hay otra versión para este medio, pero la película para TV de Asylum no entraría nunca en mi catálogo mental, ya que a Traci Lords me resulta imposible asociarla con Dejah Toris sin reírme hasta dislocarme la mandíbula (siempre la recordaré con cariño, sin embargo, por algunos de sus otros papeles, los que me hicieron dislocar de manera diferente y que comprenderán no menciono para no quedar como marciano coloradito).

En resumidas cuentas: ¿qué tan buena es esta película de Disney y cuán fiel resulta al espíritu Barsoomiano?

A nivel de adaptaciones, esta pregunta no es para nada menor. La traducción de formatos implica necesariamente modificaciones, pero lo la película no debería perder nunca es el espíritu que anima al original y lo hace ser lo que es. El salto de espíritu narrativo, si se quiere, tiene que ser más atajado a la “tierra” de la obra-génesis y no tan al estilo “Carter-aprende-a-los-saltos-a-caminar-en-Marte”, como se puede percibir en las distancias de algunas obras originales y su adaptación resultante.

John Carter: Entre Dos MundosSi bien “John Carter” hace una amalgama de subtramas e historias pertenecientes a los libros posteriores de la saga, la película de Andrew Norton, director conocido por maravillas Pixar como “Wall-E”, “Finding Nemo” y los guiones de “Toy Story”, toca las fibras exactas y necesarias para trasladar al espectador a Marte, por dos horas y media.  Una película redonda, una matiné perfecta que rescata el sentido de la creación de Burroughs y le da vueltas de tuerca modernizantes, necesarias para condensar una historia perfectamente Barsoomiana en fuertes pinceladas narrativas, dignas de Frank Frazetta (quien contribuyó, en cierta medida, a la imaginería colectiva asociada al planeta rojo y sus nativos y aventureros traslocados).

A nivel argumental, “John Carter” relata la historia del personaje homónimo, un veterano de la guerra civil, desencantado con los sinsabores amargos de las carnicerías bélicas. La película introduce en su narrativa al mismísimo E. R. Burroughs, en un proceso comparable al de la novela. Burroughs es la voz que da vida a la lectura de las aventuras relatadas en las memorias de su tío, John Carter, luego de su fallecimiento bajo circunstancias por demás misteriosas.

Efectivamente, señores, sin revelar demasiado de la trama (después de todo, así empieza el libro y así empieza la película, por lo que si me acusan de lengua larga cualquier corte marciana me absuelve), el titular de la cinta comienza la película muerto. ¡Zaaap! ¡Broom! (rayo sisplutónico, redoble de tambores Thark). En más de una película hubiese deseado, por razones un tantín diferentes, que algo similar ocurriese a pocos minutos de su comienzo (recuerdo un espanto de película al que me sometí otrora, poblada de vampiros azucarados y hombres lobo de peluche peleándose por una mujercita con cara de mármol, que me inspiró a intentar autonenseñarme a asesinar personajes de ficción telepáticamente a exactamente 00:00:34 segundos de los créditos iniciales; lamentablemente, tal habilidad no está entre mis superpoderes constatados, por lo que sigo manteniendo como único al de “dejar el café matutino con dosis exactas de azúcar sin medidor”).

John Carter: Entre Dos MundosEste procedimiento de “crónica de deceso anunciado” genera interrogantes que inmediatamente acercan al espectador al protagonista en su intento de reconstruir la historia del homenajeado, por lo que “John Carter” engancha desde el primer momento con su interrogante inicial (“¿cómo llegó el muchachito al cajón en la cripta familiar?”)

El Burroughs fílmico se encuentra de la noche a la mañana heredando una inmensa finca repleta de objetos exóticos (el proverbial “sueño del pibe arqueólogo”), entre los que se encuentra el diario de su tío, donde figura una versión pormenorizada de sus andanzas como héroe marciano. La incredulidad inicial va dando paso, en forma elegante y entretenida (dos cuestiones por lo general difíciles de congeniar en el cine moderno, que Norton logra amalgamar con jerarquía desde el arranque de la película), a un breve repaso de los años de Carter como buscador de oro y veterano de la guerra, para trasladarse poco después a las circunstancias asombrosas bajo las cuales, perseguido por apaches, Carter es transportado a Marte.

La relocación marciana tiene sus momentos entretenidos para el desorientado nativo de Virginia. Ya de plano, desde el punto de vista físico, Carter se ve dotado de una fuerza y agilidad sobrehumanas, producto de la gravedad diferente del planeta rojo. Caminar es todo un tema para alguien que por naturaleza salta 7 leguas cada vez que quiere dar un paso de bebé, como se podrán imaginar.

John Carter: Entre Dos MundosMás allá de sus modificaciones físicas personales, la reconceptualización de Marte en la mente de Carter le lleva un tiempito considerable. Me pongo en su lugar y entiendo que no se avive que está en Marte hasta entrada la película, considerando que los paisajes marcianos, típicamente asociados a un planeta moribundo, muestran una majestuosidad impensada que esconde civilizaciones inteligentes avanzadas, en un estado de desarrollo anacrónico tecnológico-feudal.

Asimismo, Marte cuenta con cuantiosas tribus de marcianos de cuatro brazos, con costumbres barbáricas que harían sonrojar a Gengis Khan y ponerse un tutú para bailar una polka para que no le peguen (sin ser Giordano). Sumémosle la presencia de criaturas imposibles e impensadas para el ámbito terrestre (los mencionados simios blancos, para poner un ejemplo bien mono), tecnología lo suficientemente avanzada para no poder distinguirse de la magia (gracias por la magia, precisamente, Arturo C.) y princesas alienígenas anatómicamente diseñadas para “encoloradecer” al héroe en cuestión, y la actitud de incredulidad de Carter resulta mucho más comprensible.

Como corresponde a un personaje literario de esta categoría, ni bien llegado a Marte, Carter procede a perder su camisa (requisito para el género), meterse en problemas con los bárbaros marcianos más salvajes que encuentra primero, conocer a una princesa autoexiliada que huye de un matrimonio impuesto para buscar una solución al avance expansionista de una cruzada bélica oscura, y hacerse de una mascota horripilante con boca plagada de colmillos y corazón de oro. En ese orden, más o menos.

Un día típico en la vida del héroe romántico planetario, como supondrán. A quien no le guste esta dinámica narrativa … bueno, está esa cuestión del órgano que mencionaba.

John Carter: Entre Dos Mundos(La piel, espero no tener que aclararlo nuevamente).

El ingreso de Carter en el status quo marciano (amo un trabajo en que se me permite y hasta requiere poner esas tres palabras en ese orden) es lo suficientemente impactante como para asegurar su papel de catalizador de cambios, a través de aventuras de toda clase y color (blanco como simio, verde como Thark o coloradito como marciano). John Carter es un extranjero (siendo delicados en la caracterización de un tipo que se equivoca de planeta) con super-fuerza y super-agilidad, que no pertenece a ninguna de las facciones en pugna: es comprensible que las mismas quieran reclutarlo, por las buenas o malas, para pelear de su lado.

Además de desvestirlo, las circunstancias lo obligan a pelear en arenas como gladiador, esconderse en la recámara de la princesa, enfrentar ejércitos desenfrenados solito con su sombra y recorrer medio marte a paso de reptil gigante. Más cosas típicas del género, como podrán imaginar. Todas me generan escalofríos, como también podrán asumir.

Piel, señores. Piel.

Si añaden a este crisol de exotismo un número interesante de desentendimientos, secretos, enamoramientos progresivos (por algo hablamos de “romance” planetario), tenemos el cóctel perfecto para que el espectador deje de lado un poco el cinismo moderno y viaje internamente a las arenas de Marte, cortesía de Disney.

Un lector perspicaz puede argumentar que la historia mencionada es un conjunto de clichés. Mi respuesta sería un lacónico (o entusiasta, dependiendo de qué lado de las 8 horas me pregunten) “sí”. Desde las exploraciones iniciales del paisaje marciano hasta las batallas en palacios para salvar a las muchachitas bonitas escasas de ropa, “John Carter” está plagada de clichés. El tema es muy sencillo, como ya se mencionó en los foros de discusión de esta misma página: el ciclo de Barsoom, en cierta medida, inventó estos clichés. La ciencia ficción, de principios del siglo pasado a esta parte, así como las versiones cinematográficas correspondientes, los cómics originales y adaptados, y demás obras de género, deben parte de su concepción a Burroughs y Barsoom.

John Carter: Entre Dos Mundos"Explorar" a Barsoom implica conocer y descubrir nuestro legado de ficción fantástica.

¿Arrakis? No busquen mucho más lejos de las sociedades barsoomianas y las arenas de Marte. ¿Crónicas Marcianas? ¿Star Wars? ¿Almuric, de Howard? ¿La obra de Morcook o del mismísimo Lovecraft? ¿Quizás alguna característica de un kryptoniano famoso? No busquen en Jarsoom o algún otro lugar perdido del espacio; muchas de estas cosas tienen su génesis, ya sea como homenaje (léase “robo descarado”) o inspiración (léase “números seriales limados”), en las arenas desoladas de Barsoom.

La película transmite y emite, cual rayos sisplutónicos marcianos (quien reconozca el homenaje a “Ro-man” se merece una bebida alcohólica de mi parte), respeto y cuidado por el material original. Una banda sonora maravillosa acompaña sutilmente a las imágenes marcianas en un viaje sonoro que transporta a las mejores matinées de la infancia. A la película pueden achacársele un arranque con algún escollo inicial en tiempos, por más que prontamente se reencauza en un sinfín de huidas, explosiones, espadazos, luchas y enamoramientos. El guión apoya en forma efectiva, con momentos bien definidos para el sentimiento y para un humor bien llevado que no recurre a cachetadas efectistas por el simple hecho de hacer reír al espectador.

Norton se permite, para una película que por momentos transmite una crudeza inusitada para producciones Disney (la aniquilación fuera de cámara de infantes Thark casi in utero sobresale notoriamente, por más que cumpla su propósito de resaltar el carácter barbárico de los marcianos verdes), reflexiones sobre temas profundos poco frecuentes para esta dinámica narrativa. Por ejemplo, la escena de contrapunto entre Carter enfrentando a sable pelado a un ejército y el montaje yuxtapuesto de sus recuerdos de los hechos que lo hicieron rechazar a la guerra en todas sus manifestaciones, tiene un aire de gravedad y sobriedad excelentemente logrado.

Un punto fuerte que sostiene la producción son las actuaciones de sus protagonistas principales. Taylor Kitsch (“Gambito” en “Wolverine: Origins”) demuestra tener un aplomo especial para encarnar un héroe de acción con sentimiento y sensaciones encontradas ante su rol. La deslumbrante Lynn Collins (que representó a Silverfox, también en “Wolverine”) interpreta a una versión levemente modernizada de la princesa Dejah Toris, encarnando así a la contrapartida romántica necesaria (que hasta cosecha alguna línea de Kitsch donde se homenajea directamente al título de la novela que dio origen a la película). Los excelentes Ciarán Hinds y James Purefoy (egresados ambos de “Roma”, de HBO) cumplen con sus papeles de Tardos Mor y Kantos Kan. Mark Strong (Sinestro) genera suficiente aire de amenaza (esperemos que le den algún papel, algún día, con un perfil menos “villanesco”) como el Thern Matai Shang.

John Carter: Entre Dos MundosSin embargo, los papeles que se roban la película, como quizás cabría esperar de un director de esta naturaleza, son los animados: Tars Tarkas, Sola y particularmente Woola, el maravilloso perro marciano que se roba los aplausos a lo largo de la cinta, pasan a integrar inmediatamente el panteón de personajes logrados con maestría en formato animado.

La película tiene algún salto argumental que otro y ocasionales elementos difusamente explicados, pero de todas maneras funciona a la perfección. En ningún momento de la película se explicará la importancia del “Noveno Rayo”, pero recordemos que cuando Lucas salió a explicar la Fuerza con midichlorians muchos nos quisimos arrancar los ojos con un sable láser. La explicitación de algunas de las fuerzas dominantes de Barsoom o del McGuffin en cuestión no es prerrequisito excluyente para disfrutar de una aventura “como las de antes” (sea lo que sea que esto quiere decir), que transcurre con solidez y propósito. Hay mucho más para disfrutar en la gesta hasta el río Issus, la resistencia de Helium contra Zodanga (de donde Christopher Priest sacó su ciudad móvil, si seguimos mencionando “homenajes” a Barsoom) o los designios siniestros y ambiguos de los Thern, que en cualquier clase de explicación pseudo-científica de la forma en la que Carter llega a Marte.

La ecuación es simple: Carter tiene que llegar a MarteCarter llega a Marte. No hay que buscarle más vueltas que esa, porque la historia principal comienza luego de su llegada.

Por cierto, palabras como “Zodanga”, “Dejah Toris” y “Barsoom” me recuerdan la musicalidad y fuerza de su pronunciación en su idioma original; leídos fonéticamente en español, en cambio, parecerían descripciones en lunfardo de actos de dudoso pudor y moral. El autor no será un filólogo sudafricano, pero que tenía oído para los nombres pulp, es innegable.

En lo relativo a nombres, entristece la recepción indiferente que está generando la película, considerando su nombre y pedigrí. Algunas decisiones, sin embargo, no se entienden: “John Carter”, como título, no tiene el peso relativo cultural que puede llegar a tener un nombre como “Tarzan”, por lo que si ponemos solo eso en el título podríamos llegar a afectar al público potencial que desconozca la obra de Burroughs. Doña María y Don José pueden llegar a pensar que la película gira en torno a la conmovedora historia de un vendedor de tapices daltónico en su lucha por recomendar tapetes que peguen con los azulejos (dirigida por Ron Howard, protagonizada por Robin Williams). No los culparía por hacerlo.

Interpretaciones hay varias y tiempo todavía queda para que la película genere el reconocimiento que se merece. No estamos hablando de material de Oscar (por suerte y gracias a la diosa araña), sino de un entretenimiento sólido, sentido, respetuoso del material original, plagado de aventuras, sonrisas y sentido del asombro.

Las buenas historias al estilo “John Carter” remiten a partes más inocentes y aventureras de nuestros escépticos aparatos consumidores de cultura internos. Son narraciones de dualidades puras y confrontadas en pulso adrenalínico cargado de acción y romance. Si se quiere, son historias que seguramente arranquen sonrisas o alguna lagrimita nostalgiosa a aquellos que queremos y todavía esperamos volver a sentir las sensaciones de asombro que arrastraban consigo el apagarse de luces y los créditos iniciales de las matinés de antaño.

Quizás más de uno haya ocasionalmente estudiado el cielo nocturno deseando, entre ingenua y secretamente, ser transportado a un mundo donde las cosas funcionen de manera más clara, donde los conflictos estén más definidos, donde el gris de lo mundano deje paso a una cornucopia de colores exóticos y diferentes. Esto mismo, quizás, le haya pasado a este veterano capitán de la guerra civil estadounidense. Lo que es seguro es que el espectador de “John Carter”, manteniendo los ojos bien abiertos (cosa fácil de hacer ante el puro deleite de esta maravillosa aventura “de vieja escuela”) pueda transportarse al “no-tan-desolado-como-creíamos” Marte para presenciar las andanzas de uno de los héroes quintaescenciales del género fantástico.

Y por eso tendríamos que estar agradecidos, ya que no es poca cosa.

Absolutamente recomendada.

John Carter: Entre Dos Mundos

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