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Minions

Por el Cine/TV

MinionsLos minions laburaron como para quedarse con su propia película y aquí siguen demostrando por qué tanta gente muere con ellos. Sin embargo, en las entregas de "Mi Villano Favorito" Gru estaba bien acompañado, y aquí Kevin, Stuart y Bob reman solos en mayonesa.

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Una vez, cuando tenía mucho tiempo libre, inventé una fórmula para determinar la probabilidad de que un chiste de Quino fuera efectivo. Era así: 1/(número de viñetas + número de globitos). Quise decir que el humor de Joaquín Salvador Lavado se beneficia, entre otras cosas, por la falta de diálogos. Y con la película de los minions pasa lo mismo.

Estos simpáticos bichos amarillos, que manejan un lenguaje formado por muchos otros y un humor físico que recuerda al cine mudo, nacieron como personajes secundarios de Despicable Me (Mi Villano Favorito, 2010) y tres años después volvieron en su secuela.

Así como Disney se ha caracterizado por patiños graciosos que en ocasiones se comen la película (desde Timón y Pumba hasta el hámster de Bolt), la historia del pingüinesco bandido cuya voz pertenecía a Steve Carell debió parte del éxito a la magia de sus coloridos subordinados.

Si a esto le sumamos que los niños prefieren comprar juguetes de hombrecitos simpáticos que dicen frases graciosas en lugar de un tipo calvo, feo y vestido de negro, no sorprendió que Illumination EntertainmentUniversal Pictures les dieran a aquellos la oportunidad de protagonizar su propio largometraje.

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Llegó la hora de Minions, película que llegó para arrasar las vacaciones infantiles y a la que fui a ver con expectativas moderadas, luego de que me entretuvieran las dos villanescas entregas anteriores. Encontré una historia enfocada al público juvenil, sin los constantes guiños que caracterizan a otras productoras (incluyendo la ametralladora de guiños que por momentos puede ser Dreamworks). Divertida, graciosa, pero livianita.

Los mayores logros están en la primera parte, donde conocemos la historia de los bichos desde la prehistoria hasta el siglo XIX. Como en los mencionados chistes de Quino, casi todo es acción, exceptuando al narrador y a los gritos desaforados de las decenas de minions que contribuyen al deceso de sus amos aquí y allá.

Esta primera parte sería perfecta... si todas esas escenas no las hubieran quemado en tráilers, clips y otros adelantos. Los mejores gags de Minions se quemaron en YouTube y pese a lo lindo de verlos en pantalla grande (en 2D, graciadió), no hubo sorpresas, porque el guion tampoco supo aportarlas.

En pleno Síndrome de Abstinencia de Amo, Kevin, Stuart y Bob deciden alejarse de la tribu y terminan en la Nueva York de 1968, con carteles de Nixon y todo. Por un rato siguen siendo los principales protagonistas de la acción y se habla poco y nada. La cosa camina. Se cuela alguna broma inédita, aunque ninguna pique tan alto como el delirio bananesco en el bote o el romance con el hidrante.

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En algún momento debía llegar la trama propiamente dicha y allí es donde la cosa flaquea. Es interesante la idea de una Convención de Villanos (¡con Nixon entre el público!) pero se pasa rapidito, ya que sólo sirve para presentar a la "villana favorita" de turno: Scarlet Overkill.

Ella no es Gru y se nota. Si en las películas anteriores teníamos los dilemas morales del protagonista y sus interacciones con tres niñas hiperactivas, acá los malos son un par de figuras que no logran salir de la segunda dimensión. Y no me refiero al tipo de proyección.

Scarlet es mala sin la gracia de otros antagonistas de la franquicia, mientras que su esposo Herb podría desaparecer por completo y el filme se beneficiaría, no solamente porque el doblaje latino de Ricky Martin es una patada en los huevos. Thalía, sin embargo, cumple un muy buen papel poniendo su voz a la villana. Hay que reconocerlo.

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Lo que sucede luego de que los minions y los Overkill cruzan sus caminos es flojón, a excepción de momentos salpicados, la mayoría de los cuales (de nuevo) ya se adelantó antes del estreno. El público menudo los disfrutó como loco y uno reía de tanto en tanto, pero cuesta recordar verdaderos hallazgos de humor de la mitad para adelante de la película.

Visualmente es impecable, la música de época está elegida como para que los mayores muevan la patita mientras los niños saltan en la silla, y el trío Kevin-Stuart-Bob le saca jugo a un limón (o a una banana). Ahora, cuando entran otros personajes y la cosa se pone conversada, la fórmula de Quino se aplica y la efectividad desciende.

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