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St. Vincent

Por el Cine/TV

St. VincentBill Murray es un viejo golpeado por la vida que conoce a un niño más listo que lo habitual. Juntos aprenderán el uno del otro y mejorarán sus vidas. Todos estos lugares comunes se transforman en una muy divertida comedia, gracias a la química entre el viejo y el niño.

St. Vincent

St. VincentPor un lado están las películas de Wes Anderson, con una estética y una sensibilidad muy particulares (que suelen gustarme mucho). Por el otro lado está la recordada Little Miss Sunshine (que me gustó poco y nada). Más o menos en el medio está St. Vincent, la comedia de Theodore Melfi que me sorprendió por la simpleza con la que logró conquistarme.

La protagoniza un Bill Murray más viejo que de costumbre, porque a todo el mundo le pasan los años. Su personaje tiene mucho del misántropo que lo vimos interpretar en más de una película, al menos al comienzo de las mismas. En esta oportunidad, además, tiene toques de Royal Tenenbaum y Walt Kowalski (Gran Torino). Es decir, un chanta que lo único que quiere es que lo dejen tranquilo.

Su vida (la de Vincent) transcurre entre la casa, el bar y el hipódromo, hasta que las casualidades lo ponen en el camino de sus nuevos vecinos: una madre soltera tapada de laburo y su pequeño e inteligente hijo único.

Este es el momento perfecto para reconocer que sí, St. Vincent tiene unos cuantos lugares comunes. La base del filme es la relación entre el viejo cascarrabias y el jovencito que lo ayudará a acomodar su vida. Esta relación tendrá la clásica curva ascendente y si uno ha visto un poco de cine podrá anticipar el minuto exacto en que los protagonistas se distancian y deben recomponer el vínculo. Hasta tendremos una "escena de discurso", como la definió un amigo, que en este caso será bastante literal.

La originalidad de una historia poco importa si los actores no están a la altura de las circunstancias, y aquí la química entre Murray y el joven Jaeden Lieberher es perfecta, en los momentos en que no pueden ni verse tanto como en los momentos en que forman una muy particular alianza.

Sin una de estas dos patas, St. Vincent hubiera sido otra experiencia pasajera con una linda atmósfera y un mensaje positivo. Con estos dos actores, tendremos además una comedia que recompensa a quien se animó a acercarse al cine para verla, con una buena dosis de risas y un elenco que, desde un segundo plano, salva el examen.

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La prostituta rusa, que podría estar muy mal, en manos de Naomi Watts resulta de bien para arriba. Y da gusto ver a Melissa McCarthy en un papel que no necesariamente sea el de la comediante extrovertida.

Todo transcurría con divertida normalidad, entre la ridículamente ridícula escuela católica a la que asiste Oliver y los lugares no aptos para menores a los que Vincent lo llevaba. Incluso el momento lacrimal, que sirve para explicar un poco la cara de orto del protagonista, está llevado de manera sutil y funciona a la perfección.

Sin embargo, sobre el cierre del segundo acto (típico) la historia pega un volantazo y aparece el dramón. Por un instante temí que fuera como Click, aquella comedia reidera de Adam Sandler que en un momento pareció transar con Elite para vender más pañuelos de papel en los cines. No solamente se rompe lo que existía entre Vincent y Oliver, sino que se suceden uno o dos golpes más.

Al menos para este reseñador, las dificultades fueron salvadas con coherencia interna y la narración escapó a las arenas movedizas de la gravitas. Para el cierre vuelven las características que me habían enganchado desde un primer momento: la voz (más) cascada de Bill, el humor, y la banda sonora mucho más recomendable que la de Guardianes de la Galaxia.

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