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The Hateful Eight (Los 8 Más Odiados)

Por el Cine/TV

The Hateful Eight (Los 8 Más Odiados)Quentin Tarantino pone en el asador todos sus ingredientes favoritos y (esta vez) logra un western a la altura de las circunstancias, con una historia mucho más clara y concentrada que la anterior... y los momentos de chanchada que seguramente dividan las opiniones.

The Hateful Eight (Los 8 Más Odiados)

The Hateful Eight (Los 8 Más Odiados)Si les dijera que entré a la sala de cine a ver The Hateful Eight sin miedo, les estaría mintiendo. No solamente llegaba sin haber visto un solo avance, un solo segundo de filmación, sino que Django Unchained, el antecedente inmediato, fue por lejos la película de Quentin Tarantino que menos me gustó.

A esto debía sumarle una noche de insomnio y una vejiga con ideas propias, que no parecían compatibles con los 167 minutos de duración del filme.

Los miedos se fueron evaporando en los primeros minutos, entre la música envolvente de Ennio Morricone, las imágenes hermosas y la capacidad del director/guionista de presentarme interacciones humanas que me mantuvieran al borde del asiento. Taranto estaba de regreso, luego del entretenimiento desparejo (pour moi) de Django y compañía.

Sí, se trata de otro western, pero aquí queda mucho más clara la intención del director de contarnos la historia que tenía en su mente... y que coincidía bastante con la historia que yo quería que me contara. No puedo decir lo mismo de otras personas que compartieron la función conmigo y empezaron a tirar sus dardos venenosos ni bien llegaron (corriendo) al baño.

Esa intención de la que hablaba queda de manifiesto en los larguísimos planos de las diligencias cabalgando entre la tormenta y en las larguísimas conversaciones que se dan entre los personajes protagónicos, muchos de los cuales tiene chapa como para quedar en lo más alto del panteón tarantinesco.

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Todo comienza con una diligencia que se encuentra con un par de forasteros en el camino. Allí conoceremos a cuatro de los ocho odiosos, uno más interesante que el otro. Kurt Russell es el heredero de los rudos protagonistas de los westerns de antaño, Samuel L. Jackson se va volviendo cada vez más Jules (Pulp Fiction) con el correr de los minutos y Jennifer Jason Leigh le pelea el puesto a los más machotes.

Sin embargo, de los cuatro primeros el más interesante es interpretado por Walton Goggins. Quienes piensen que es un tapado que descubrió el Quentin, seguramente no hayan disfrutado de su actuación en series como Justified, The Shield o Sons of Anarchy. Esos dientes merecían ser disfrutados en 70 mm.

A los pocos minutos (no sé cuántos, todos se pasan volando) la diligencia llega a un establecimiento en el medio de la nada y Tarantino nos demuestra que puede hacer una película de esas que pasan todas adentro de un cuartito. La acción se desarrollará con los cuatro recién llegados, el chofer (que es ignorado del conteo) y los cuatro que ya estaban ahí.

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Demián Bichir también sorprenderá a unos cuantos en su papel de un mexicano algo estereotípico, Michael Madsen repite su misterioso rudo tarantinesco, mientras que Bruce Dern es otro sureño, que como el personaje de Walton tiene sus reparos con respecto a los negros. El más interesante de este segundo cuarteto es Tim Roth, sobre todo porque parece interpretar un papel pensado para Cristoph Waltz o al menos canalizar al austríaco en cada parlamento.

Una vez presentados los 8+1, se desarrollará la acción, entre rispideces raciales, resabios de la Guerra de Secesión y discusiones sobre la justicia bien o mal impartida.

Podría estar meses enteros escuchando diálogos escritos por Tarantino (o de Aaron Sorkin), pero un western no está hecho solamente de palabras. La tensión acumulada, que en la primera mitad era resuelta por Russell con algún golpe de puño, llegará a límites más violentos y allí el director también se mostrará en su salsa. Una salsa roja y pegajosa.

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Quentin no reniega de la chanchada que tanto le gusta y qué tan linda se ve en pantalla gigante. La mostrará sin ningún pudor y hasta con humor, diferenciándose de aquella crudeza verosímil de Reservoir Dogs, incluso cuando por momentos la acción recuerde su desenlace.

Desde Kill Bill (aunque ya había vestigios en la muerte dentro del automóvil en Pulp Fiction), el director convirtió a los actos de violencia en un recurso más para contar lo que está ocurriendo, sin miedo a caricaturizarla. Por momentos es una válvula de escape, como en aquellas escenas de Una Historia Violenta de David Cronenberg, mientras que en otros es (además) un generador de entretenimiento.

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Si les rechina este último punto, podrán retirarse de la sala luego de ver unas dos horas de un buen western, aunque se quedarán con la espina de quiénes están envueltos en qué conspiración (y qué actor reservan para el final). Al resto, sepan que tendrán un cierre de campanillas, con frases e imágenes que quedarán en nuestras retinas y quizás en el imaginario colectivo.

Nadie aplaudió al final. Unos porque no les gustó nada y (nos)otros porque había que llegar al baño antes de terminar como el Abuelo Simpson. Pero el momento en que salía el chorro fue apenas más satisfactorio que haber visto la película.

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