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Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’

Por el Delante de la Pantalla

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’¿Qué valor puede tener otra tonta serie adolescente, con triángulos amorosos teleatrescos apenas disimulados por una fachada de "oscuridad" aceptable hasta para nuestra abuelita? En el caso de "The Vampire Diaries", la serie de la CW, mucho. Enterate por qué, a continuación.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Podríamos argumentar que “Harry Potter”, más allá de su valor intrínseco, es una saga que tiene valor agregado, ya que aproximó a la lectura, al menos temporalmente, a una generación que pensaba que el papel sólo servía para dejar inmaculadas partes traseras de nuestro cuerpo tras la recomendada deposición diaria. Por su lado, la saga “Twilight” (que me viene inmediatamente a la cabeza cuando pienso en “deposiciones”), otro boom editorial, distinto en cuanto a enfoque y público objetivo, carece de elementos redentores similares. “Twilight” presenta, a humilde juicio de quien suscribe (un don nadie cuyas palabras tienen la misma validez que lo dicho en un boliche a las tres de la mañana entre cerveza y cerveza), una historia atroz, refrita de obras mucho más valederas, significativas y rescatables.

“Twilight” es una historia de vampiros sin demasiadas refinaciones en cuanto a subtexto, con una mujer hipersumisa entregada a un esperpento engominado y brilloso, dividida entre el amor de un chupasangre que ni dientes tiene y un hombre lobo que carece de vello corporal o sentido del amor propio. La muchachita lábil, inexpresiva, se mueve entre dos mundos poblados de estúpidos, se decanta por el más estúpido, se promete pura, casta y sumisa hasta el matrimonio, momento en el que entrega todo su ser en un acto que nos recuerda que el sexo no es más que dolor y pertenece al ámbito exclusivo del matrimonio…

... y un montón de perogrulleces más que ni vale la pena analizar.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Por supuesto, la ecuación “valor literario” no equivale siempre a “valor comercial”. “Twilight” garpa y mucho. El año en el que “explotó” la primera novela, era moneda frecuente ver gente (generalmente, mujeres jóvenes) leyendo en ómnibus, playa, plazas y demás espacios públicos, la historia de la bella Bella (sutil la Meyers, ¿no?) y el plomazo de Edward, el vampirulo de mazapán, en su camino al altar, plagado de escollos (a saber, tres vampiros malos y un par de hombres lobo con gastritis).

Corin Tellado para la neo-generación, con vestigios del vértigo del amor prohibido por la oscuridad, SIN la oscuridad, SIN colmillos.

Lo que garpa, se extiende. Lo que se extiende, muta en incontables variaciones de lo “mismo-pero-apenas-distinto”, cuestión constatable en cualquier librería del ramo, donde ahora son ángeles, hadas, demonios y hasta zombies, todos muy prolijitos y con las mejores intenciones, los que se encargan de arrancar suspiros de las muchachitas conflictuadas por su amor imposible.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’The Vampire Diaries”, la serie de la cadena CW sobre la serie de novelas homónimas de L. J. Smith, prometía más de lo mismo, en formato televisivo. Muchachita-bonita-se-enamora-de-dos-hermanos-vampiros-que-son-bueno-y-malo. Arcadas varias. Risa despectiva ante quien osara sentarse a mirar capítulos de este “Twilight televisivo”. Mi actitud previa, cargada de prejuicios, implicaba reírme sonoramente de la idea de que una serie de esta naturaleza tuviese validez alguna. Ver algunos capítulos aislados tampoco prometía demasiado y confirmaba varios de estos males.

La sospecha de que algo más interesante dormía bajo la superficie arrancó cuando gente que me merece el mayor de los respetos (humanamente, intelectualmente, y varios –mentes más) empezó a recomendarla.

Soy un tipo lento. Imagínense que esta columna gira en torno a la defensa de la serie y todavía ni arranqué a hablar de la misma. Un comentario positivo sobre TVD me generó risa despreciativa. Dos, sonrisitas cómplices. Tres, una mirada seria. Cuatro, sumadas a críticas positivas de numerosos sitios especializados, una desorientación comparable a la que debe haber sentido Adán con el regalo escondido tras su espalda el día de la madre.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Algo huele a podrido en Dinamarca”, diría algún príncipe con obsesión por los huesos y los acantilados, o algún directivo del Fondo Monetario Internacional.

La duda me motiva, por lo general. De esta forma, poco tiempo después, pertrechado casi avergonzadamente con las tres temporadas con las que cuenta la serie al momento (para hacer las cosas, las hacemos bien, me enseñó el negro Olmedo) empecé timoratamente a mirar los capítulos iniciales. Mis peores temores empezaban a confirmarse parcialmente. Si bien la serie contaba con momentos bastantes tenebrosos y un ambiente bien logrado, el drama adolescente parecía arraigado en demasía.

La sensación empezó a cambiar capítulo a capítulo.

De repente, sin decir “agua va”, me encontré con la historia de un par de vampiros muy siniestros (con el “bueno” mucho más siniestro que el “malo”), que gloriosamente para nuestros días, actúan como vampiros (lo que equivale a decir, “matan gente, beben sangre”, etc.). Lamentablemente, esto no es frecuente en nuestro mundo poblado de novios-perfectos-chupasangres-acaramelados-desdentados-brillantinosos. A medida que avanzaba la trama, asistí consternado a las vicisitudes de un vampiro semidecente, que luchaba contra sus impulsos (al mejor estilo Angel-Angelus) en el entendido de que cada vez que se dejaba llevar por la Sed, terminaba destripando y desmembrando a sus víctimas, para luego intentar rearmarlas (literalmente) en culposas escenas cotidianas postmortem. En forma similar, “Vampire Diaries” supo engalanar sus episodios con: seres centenarios capaces de arrancar cabezas de una cachetada ante ofensas diversas; héroes desinteresados que son al mismo tiempo asesinos seriales como producto de su psique torturada; brujas amorales que no tienen problema en despachar a toda su familia a la hora de corregir errores de cálculo; hombres lobo territoriales que disfrutan haciendo pedacito a cuanto incauto se cruce en su camino; médiums psíquicos que le meten los cuernos a su novia con el fantasma de novias fallecidas, etc.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Sin duda, “Vampire Diaries” no era lo que pensaba.

Para continuar con el análisis, conviene ponerse a tiro con el nudo fundamental de la historia. TVD se desarrolla en un pueblito sureño perdido de EEUU, Mystic Falls (lindo lugar para irse a vivir si uno es alérgico a los murciélagos), con una concentración de seres antinaturales mayor a la del programa de Marcelo Tinelli un jueves por la noche. Al inicio de la serie, asistimos al regreso de Estefan Salvatore (Paul Wesley), un vampiro centenario,  a su terruño natal, como producto de su obsesión con una muchachita liceal, Elena Gilbert (Nina Dobrev) que parece ser una réplica exacta en vida de su gran amor del pasado, Katherine Pierce. Estefan, como buen acechador, decide inscribirse en el liceo de la muchachita, quien se recupera de la muerte de sus padres en un horrible accidente de tránsito. La vida de Elena, signada por la desgracia, parece dar un vuelco definitivo cuando conoce a Estefan, quien alejado de sus costumbres barbáricas pasadas, seduce a la dama con una mezcla de distancia, autocontrol (Estefan no bebe sangre humana) y devoción silenciosa. La cosa se complica sensiblemente cuando Damon Salvatore (Ian Somerhalder) también decide regresar al pueblo, para hacerle la vida imposible al objeto principal de su odio: su hermano Estefan.

El trasfondo inicial puede parecer insoportablemente adolescente y por momentos se siente un poco así. Los capítulos iniciales de la serie, a pesar de mostrar un clima opresivo y siniestro bien logrado, no dejan de resultar edulcorados un poquitín de más. Sin embargo, a medida que progresa la trama, la serie adquiere dimensiones insospechadas, desde todo punto de vista.

TVD es una serie bien lograda desde el punto de vista de un guión que se aleja progresivamente más y más de sus orígenes twilightescos para adentrarse en campos más Buffyescos (sans el humor de la serie de Whedon o sus características meta y autorreferenciales) o cercanos a las “Crónicas Vampíricas” de Anne Rice. La sucesiva incorporación de “razas” sobrenaturales al mix, así como la aparición de figuras del pasado vampiresco de los Salvatore (convertidos en plena Guerra de Secesión) agilizan la narrativa, promoviendo intereses cruzados que entretienen al espectador en un sinnúmero de idas y venidas. Las personalidades de los personajes principales y secundarios están muy bien delineadas, con individuos grises que experimentan cambios constatables y creíbles a lo largo de la historia. No es difícil intuir el potencial triángulo amoroso que suponen dos hermanos enfrentados por una mujer que encarna a alguien importante de su pasado. Sin embargo, el mejor desarrollo se da por el lado de personajes impensables, como la porrista Caroline Forbes (Candice Accola), quien pasa de “reina del baile” insufrible a personaje matizado con el conocimiento que dan el dolor y las experiencias sobrenaturales de tipo íntimo.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’En cierta medida, Caroline (uno de mis personajes favoritos) encarna el destino de la serie: de soap-opera sobrenatural a historia oscura de obsesiones y desencuentros con monstruosidades varias de por medio.

El cast es homogéneamente parejo, logrando mostrar convincentemente cambios de actitud y personalidad que a veces podrían caer en lo caricaturesco, por lo extremo de los mismos. Sin embargo, la solvencia de actuación y dirección son adecuadas para el tipo de historia buscada.  Cuando “Estefan bueno” da paso a “Estefan malo” en el recuerdo o la actualidad, el cambio es convincente. Dobrev interpreta a una inocente muchachita moderna y a una siniestra aristócrata pasada, con elegancia y efectividad. La aparición de un villano como Klaus (Joseph Morgan) permite tener una muestra de un personaje absolutamente oscuro y amoral que presenta matices humanizadores a medida que se revela su historia. El cast es convincente hasta en su retrato de lo sobrenatural, logrado con elegancia para una serie que, probablemente, tenga un presupuesto asignado de tres coca colas light y dos refuerzos de mortadela (por más que la tercera temporada ya mostró una mejoría en los cofres, acorde con el éxito de ratings correspondiente).

La serie no deja de tener momentos graciosos y autoreferenciales, a pesar de que no son elementos recurrentes de su dinámica narrativa. Damon en persona lee las novelas de Twilight en un momento, criticando lo sumiso del muchachito Edward y la estupidez de las decisiones de esta pareja de ficción. Estos momentos, así como la liviandad y amoralidad (aparente) con la que Damon toma sus decisiones, son de los mejores logros de la serie, que no deja de referenciar explícitamente, en forma casi continua, antecesores directos como “Buffy”, “Angel”, “Entrevista con el Vampiro”, etc.

El abrazo de la figura vampírica prototípica es otro de los aciertos de la serie. Como mencionábamos, más allá de un vampiro torturado, los otros muchachos chupasangre se comportan como lo que son, y las modificaciones al mythos vampírico obedecen razones argumentales interesantes. Vayan algunos ejemplos para ilustrar el caso:

  • TESIS: en TVD, los vampiros que tienen joyería protectora forjada por brujas poderosas pueden salir a la luz del día.
  • IMAGINAR: lo que ocurre cuando a los quince minutos de empezado el capítulo el vampiro en cuestión pierde ese anillo, se lo afanan, etc.
  • TESIS: en TVD, la sangre vampírica bebida por mortales cura cualquier herida, por terrible que sea.
  • ANEXAR: en TVD, para que un mortal se transforme en vampiro, tiene que morir con sangre de vampiro en su sistema.
  • IMAGINAR: lo que pasa cuando un mortal herido es sanado con sangre vampírica (las apuestas indican “sos boleta, y por lo tanto 80% vampiro, antes de que termine el capítulo”).

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Artilugios argumentales, bien pensados y usados de acuerdo a las circunstancias. De manera similar, la serie abraza y explota sus raíces, transformando con elegancia los tropos regulares del género monstreril adolescente en reflexiones intrigante sobre el control, el poder y los cambios. Repasemos: las series con post-púberes monstruosos tienen el valor metafórico agregado de apuntar a uno de los momentos en la vida más confusos, irritantes y frustrantes: estar perdido en una manifestación del SUNCA con un tutú rosado y un ramo de flores con el nombre “Washington, te extraño” bajo el brazo.

(O quizás esa es una pesadilla recurrente de un servidor, nomás).

Las variaciones de “monstruos adolescentes” apuntan a representar, figuradamente, los vaivenes de la transición a la adultez. El hombre lobo es el tipo al que le surge pelo en el cuerpo en los lugares más insospechados, en forma tan incontrolable como sus ataques de rabia extrema. Los vampiros encarnan una metáfora de la ansiedad, de la necesidad y dependencia de sustancias tan exultantes como mortales, cargadas de sexo implícito y transacciones forzosas o sumisas. Los fantasmas son seres ignorados, casi “transparentes”, apegados a los recuerdos de lo que fue, con un paso incierto entre la trascendencia y la condena. Las brujas y hechiceros luchan denodadamente por controlar fuerzas internas que trascienden lo manejable, intentando incorporar impulsos creativos (y a veces destructivos) de la manera más provechosa para sí mismos y su entorno.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’Quien no encuentre en todas estas características metáforas evidentes de la transición de la adolescencia, no está mirando con mucho detenimiento. Añadámosle al cóctel dosis adecuadas de impulso sexual y ambigüedad emocional, y el molotov resultante requiere de una mirada de reojo o un momento de capricho para inmolar todo lo débil o tierno en un radio amplio de distancia.

TVD utiliza todos estos tropos de manera más que efectiva, dejando de lado las idioteces sumisas y conformistas de propuestas de este género menos refinadas, para adentrarse en campos interesantes de exploración narrativa. La superficialidad edulcorada está, pero debajo hay capas y capas de planteamientos al menos atendibles. Los vampiros de TVD son el ejemplo perfecto de locura pasajera adolescente transicional, con el hándicap de experimentar estos vaivenes constantemente a lo largo de los eones. Cuando un vampiro se transforma, la mitología de la serie indica que va a experimentar excesos emocionales de todo tipo, sintiendo sus emociones (positivas y negativas) amplificadas a grados casi insostenibles. Con el tiempo, el vampiro aprende a “apagar” su interruptor de humanidad, con lo que puede controlar los extremos de ira y dolor con cierta elegancia.

Casi, casi, como una persona promedio, podríamos decir.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’La naturaleza del poder es tema recurrente de exploración de la serie. Desde el Darwinismo extremo de Damon, quien considera que los vampiros son la cúspide de la pirámide alimenticia y por tanto están casi obligados a actuar como tales, hasta el ascetismo martirizador de Estefan, que rechaza su condición y trata de trascenderla con dosis importantes de necedad, masoquismo y sadismo, hay una gama de tonalidades intermedias que TVD explora. Los capítulos funcionan mejor en tanto los personajes desarrollen planes excepcionales, condenados, indefectiblemente, al fracaso más extremo. El poder también se explora en su vinculación con los relacionamientos interpersonales, con una Elena eternamente divida entre aquello y aquél que le asegura empoderamiento relativo, manteniéndola en un nivel aceptable de conformismo con la vida que no implique extremos peligrosos, y los extremos violentos y potencialmente catastróficos (o, en el mejor de los casos, sublimes) de aquél que le promete lo mejor o lo peor que alguien puede llegar a alcanzar cuando cuenta con la compañía adecuada.

Sin lugar a dudas, TVD es una serie que, cual vampiro que esconde sus colmillos tras una fachada de aparente normalidad, encierra una profundidad y oscuridad insospechada para quien se acerca con cara de “otro clon de Twilight”, mientras asiente socarronamente para la tribuna. La cuarta temporada, recién comenzada en EEUU y a punto de arrancar por nuestros lares, ofrece un buen punto de partida para potenciales consumidores, con dos capítulos excepcionalmente sólidos en lo que lleva de emisión.

Buena televisión, mucho menos dulce y con colmillos más puntiagudos de lo que se podría creer de antemano. Más que recomendable.

Delante de la Pantalla: En defensa de ‘Vampire Diaries’

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