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El Pito de Lázaro - La Ruta del Cómic

Por el El Pito de Lázaro
El Pito de Lázaro - La Ruta del CómicPorque la nostalgia no es sólo una fiesta para que tus viejos salgan a bailar, El Pito de Lázaro decide viajar 15 años al pasado y se calza el traje de guía turístico para darte un paseo por las calles del Cordón y mostrarte lo que era comprar cómics allá por fines de los 90.

Advertencia: el texto que vas a leer a continuación es netamente autobiográfico y como tal, seguramente te parezca un bodrio. Como versa el dicho, “el que avisa no traiciona”.

A mediados del 97, en años donde Internet era un lujito con el que apenas contaba algún compañero de liceo, se daba mi entrada oficial al mundo del cómic. Digo “oficial” porque es el momento a partir del cual empecé a practicar algo muy parecido al coleccionismo (no me atrevo a usar la palabra "coleccionista" para definir esa etapa ya que lo mío todavía estaba muy en pañales). Desde niño, la lectura de cómics siempre había sido muy alentada por mis padres, quienes accedían, dentro de lo razonable, a comprarme números sueltos en quioscos de revistas o supermercados. De la niñez recuerdo con particular cariño los números de las Secret Wars II publicados por la editorial española Forum que conseguía en el Disco de casa.

Pasaron los años, y un día de julio del 97 mi madre vino con un recorte del suplemento Cultural del diario El País. Con la frase “esto te puede interesar”, me entregó un aviso de Librería Lecturas, librería que decía vender “Comic Books”. Con apenas algunos pesitos en el bolsillo, que supongo estaban ahí como resultado del vuelto de algún mandado o de la visita de mis abuelos el fin de semana anterior, decidí ir a averiguar si eso que mostraba el aviso era verdad. Luego del shock inicial que significó el ver tantos cómics en un mismo lugar, algo tenía que llevarme. Recuerdo perfectamente cuál fue mi primera compra: un tomo de “Lobo: Hora Zero” de ediciones Zinco de España y el número en inglés de “Spiderboy” correspondiente a la línea Amalgam. Sí, Spiderboy, en fin, éramos tan jóvenes…

Poco tiempo después descubriría el catálogo Previews y a partir de ahí todo se convirtió en un camino sin retorno.

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Sin embargo, no es la idea de este texto el hablar de Lecturas ni del Rincón del Coleccionista. En esta oportunidad, quiero centrarme en aquellos lugares que configuraban mi circuito no oficial de cómics (y digo mío porque seguramente haya tantos como lectores de cómics existen e incluso éste quizás haya sido también el tuyo) es decir, esos sitios en que los cómics eran tratados con desprecio pero en donde nos enseñaron que las viejas revistas Gente de la abuela también podían convertirse en una moneda de cambio.

Seguramente se trate de lugares que muchos de uds. han visitado y en ese sentido no les va a aportar nada nuevo (recuerden que les dije que era una nota netamente autobiográfica y aburrida), sin embargo, la idea es trazar un mapa de ese circuito no oficial y llenar ese paseo con algunas anécdotas e impresiones para que los más niñatos (¡epa, qué tampoco soy un viejo! ni siquiera llegué a los 30) vean lo que implicaba el comprar cómics en los días pre-AMAZON. Y por qué no, para que a algún sub-30 le pique la nostalgia.

Pegaditas, en la calle Tristán Narvaja esquina Paysandú, estaban (y están hasta el día de hoy, creo) Librería Ruben (con 2 locales) y Librería del Cordón. Al tratarse de librerías que funcionaban en su mayor parte con el sistema del canje el estado de los escasos cómics que disponían era más bien tirando a deplorable. Uno tenía que soportar que en las tapas escribiesen a lápiz dos precios, uno correspondiente al valor de compra de la revista y otro con el precio al que te la tomaban si la querías llevar para cambiar. Por aquel entonces, estaba metido de lleno en la campaña de intentar completar las series de editorial Zinco de España y tanto en Ruben como en Del Cordón se podía encontrar una cantidad no muy abundante pero sí rendidora y variada (recuerden que por el sistema de canje la rotación era alta).

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En Multiverseros preservamos tu imagen.

En ambas, los cómics estaban dispuestos en pilas horizontales lo que hacía la búsqueda bastante engorrosa. De Ruben tengo dos recuerdos marcados a fuego. El primero es el de un veterano (supongo que a esta altura ya no está entre nosotros, QEPD) que te vigilaba muy de cerca y que ni bien sacabas una revista de lugar aparecía de la nada y la devolvía a su sitio, en señal de “no me entreveres mi desorden”. El otro recuerdo, ya es un poco posterior y remite al año 2002, momento en que a causa de la crisis económica el dólar se disparó y por lo tanto comprar cómics importados era más caro que hacerse de un apartamento en Pocitos. La cuestión es que un día aparecieron en Ruben toneladas (bueno, capaz que no toneladas, pero vieron que con el paso del tiempo los recuerdos se magnifican) de tomos y números regulares originales, made in USA. Desde Transmetropolitan, pasando por la línea ABC de Alan Moore, hasta novelas gráficas de Will Eisner, todo material en perfecto estado y a disposición del que llegara primero.

De repente, esos sitios, que más que librerías parecían depósitos de revistas Para Tí, de un día para el otro ofrecían todo aquel material a precios pre-crisis (y no Infinita sino Batllista) y más barato también. Con mi amigo y colega Multiversero, el Hijo de Chuck Norris, realizamos más de un par de visitas y nos llevamos una gran cantidad de la oferta disponible. Consultando al vendedor sobre la procedencia de tal colección, nos enteramos que la misma pertenecía a un reconocido dibujante uruguayo (ya para ese entonces con varios años de trabajo en los EEUU) que se lo estaba sacando de encima para en su lugar llevarse libros con ilustraciones del lejano oeste. Nosotros, de parabienes. Hasta el día de hoy me queda una deuda con esos breves y gloriosos días y es el no haber comprado un tomo que recopilaba trabajos del gran Steve Ditko, el cual estaba dedicado de puño y letra por la mujer de éste al dibujante en cuestión, que supongo que nunca lo abrió y se enteró de la dedicatoria o no le tenía mucho aprecio a Ditko.

En librería del Cordón todo funcionaba de manera muy similar a Ruben, pero fue ahí en donde descubrí el fino arte de esconder debajo de las revistas de cocina aquellos cómics por los que iba a volver después. Precisamente, un día en medio de esa maniobra es que me encontré con los dos tomos recopilatorios (los famosos “tacos”) de editorial Zinco de V de Vendetta en perfecto estado. Con mucha alegría pero con un poco de culpa (en definitiva, se los estaba sacando a alguien que los había escondido, pero bueno, supongo que esas eran las reglas del juego) me los llevé por la ridícula suma de $40 los dos.

Si bien les tenía bastante desprecio a ambas librerías (les puedo asegurar que te sentías verdaderamente sucio al salir de ellas luego de un buen rato de revisar y revisar) debo reconocer que el 70% de los cómics de editorial Zinco que tengo vinieron de sus mesas de revistas.

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Un par de cuadras más arriba, en Uruguay casi Tristán Narvaja, estaba ubicado un localcito del que no recuerdo el nombre, pero si el de su dueño: Pocho (ojo, no confundir con Librerías Pocho). Llegué a él gracias al dato de un conocido quien me comentó que si uno entraba en confianza, Pocho de a poco largaba material interesante. El local no tenía un horario fijo por lo que el encontrarlo abierto era una cuestión de azar. Pocho era un tipo de unos 60 años, de figura desalineada, barbudo y oriundo del Cerro. Una vez más, se trataba de un local que funcionaba a partir del canje de revistas, y precisamente, en unos de los estantes superiores al que había que acceder con escalera, bajo el rótulo de “revistas de chistes” se encontraban varias pilas de cómics de Zinco.

El Pito de Lázaro - La Ruta del CómicLuego de dos o tres visitas, ese “entrar en confianza” del que me habían comentado comenzó a aparecer. De repente, Pocho se soltaba y te contaba algunas anécdotas de alto contenido policial que harían las delicias del Nano Folle pero que mi mente borró de inmediato para evitar tener información ante un eventual careo policial. Y así, anécdota va, anécdota viene, Pocho te iba trayendo de la parte de atrás del local material de Zinco en impecable estado, del que no se conseguía comúnmente en las librerías de canje de la vuelta y que ya ni siquiera el Rincón del Coleccionista tenía.

En dos días consecutivos me llevé una pila enorme de revistas (se ve que esa semana había hecho varios mandados) y recuerdo hasta el día de hoy exactamente la cifra que le quedé debiendo: $80. Porque eso era lo bueno de Pocho, el tipo no tenía problemas con el regateo ni con el fiado. Volví varias veces por el local para saldar mi deuda, “cuentas claras conservan la amistad” dicen por ahí, pero una y otra vez estaba cerrado. Pasaron los años y un día caminando por la puerta del edificio del BPS en Colonia y Eduardo Acevedo, veo a Pocho en uno de los puestos de venta de revistas que estaban en la puerta del banco. Durante algunos instantes pensé en acercarme y decirle “Pocho, acá tenés los $80 que te debo”. Obviamente Pocho no iba recordarme… ¿pero si se acordaba? ¿y si la fama de sus anécdotas era verdadera? Seguí de largo y en las siguientes oportunidades que pasé por la zona, traté de no mirar al puesto de revistas.

Por supuesto que uno no estaba solo en este tipo de paseos, sino que sin llegar a verlos, se podía intuir la presencia de otros aficionados como quien rastrea las pistas que alguien deja en algún capítulo de CSI. Particularmente recuerdo a dos sujetos, o quizás se trataba de uno solo, que se encargaban de dejar su marca en cuanto cómic caía en sus manos. Uno de ellos se dedicaba a subrayar o resaltar con lapicera roja algún diálogo puntual e incluso partes del cuerpo femenino. Varias veces intenté encontrar el motivo por el cual esas frases eran destacadas, ya que no eran ni especialmente citables ni dignas de dejar estampadas en algún grafiti, pero nunca pude encontrarle un sentido.

El Pito de Lázaro - La Ruta del CómicEl otro era más difícil de detectar y exigía una revisión más exhaustiva de la revista, ya que al parecer gustaba de coleccionar las fichas de personajes, es decir, aquellas en donde figuraban los datos personales del héroe o villano más un repaso por su historia, todo esto adornado con un bonito dibujo. O sea, lo que hace hoy en día Wikipedia pero 15-20 años atrás. Por supuesto que uno trataba de evitar los números que no tenían la ficha, pero ante la urgencia de completar alguna serie no quedaba más remedio. En fin, gajes del oficio.

Nunca me crucé o al menos nunca logré identificarlos, pero si por casualidad están leyendo estas líneas, les quiero decir que fuimos colegas de ruta.

Por supuesto que había otros lugares: un quiosco dentro de la terminal de Tres Cruces en donde compré mis primeros cómics de editorial VID, alguna que otra parada de diarios de la zona céntrica e incluso algún quiosco fuera de Montevideo que visitaba en épocas de verano y en donde se podían encontrar números difícilmente conseguibles acá en la capital. Sin embargo, mis paseos se limitaban en la mayoría de los casos a esas escasas cuadras de la zona del Cordón. Ese fue durante algunos años mi circuito no oficial de compra de cómics. ¿Cuál fue el tuyo?. Quizás hasta nos hayamos cruzado.

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