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Preso de mis palabras, capítulo 10

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 10Esta semana, el escritor menos vendido del palacio mostrará parte de un borrador, no para que vean que reescribe sino para vean lo espantosa que es su letra cuando escribe apurado. A la hora del cuento, una de las tortugas que sostiene la Tierra tiene otros planes.

Preso de mis palabras, capítulo 10

Muchos creen que escribir es "soplar y hacer papiros", pero la cosa no es tan sencilla. Primero se coloca la tinta sobre el papiro, LUEGO se sopla y así queda pronto. Pero es importante colocar la tinta antes. Eso no formaba parte del refrán original.

Escribir con tinta tiene sus desventajas, como sabrán todos aquellos que se equivocaron mientras completaban un sudoku y terminaron con una hoja toda garabateada.

Por eso, todos los escritores que estamos encerrados en el palacio hacemos borradores antes del papiro final. Allí tachamos, corregimos y de esa forma mejoramos los textos. Bueno, en mi caso es más una cuestión de tachar, escribir apenas diferente, volver a tachar, probar otra forma casi idéntica a la primera y la segunda, tachar de nuevo, darse por vencido y elegir una de las tres.

Quizás eso explique por qué mis papiros vuelven del mercado en el mismo número en que fueron. Y por qué la Asociación de Conservación de Plantas Acuáticas me dio por décimo año consecutivo el premio a "Escritor que mejor nos defiende".

No me distraigan. Les contaba de los borradores. Como estamos encerrados por la editorial, utilizamos lo que haya a mano: papel higiénico, envoltorios de caramelos, papel de regalo... En mi caso, uso unos blocks tamaño A5 de hojas microperforadas con renglones y contratapa de cartón. No sé por qué, pero en un rincón de mi celda está repleto de esos blocks. Se ve que los usaban para tapar los agujeros de las paredes o algo así.

El problema es que los borradores a veces están escritos a toda velocidad, porque una buena idea aparece pocas veces en la vida (me contaron, yo sigo esperando la primera) y después es imposible descifrar el texto. Hay personas que creen que aquí escribimos en árabe, cuando en realidad somos atropellados, nada más.

Éste, por ejemplo, es el borrador de parte de un cuento. Más tarde lo releí y decidí pasarlo a papiro, no porque me gustara sino porque era más sencillo que pensar uno nuevo.

Preso de mis palabras, capítulo 10

Sí, esa cara puse meses más tarde, cuando quise entender lo que decía. Y no imaginan la cara que puse cuando dos guardias forzudos me sacaron de la celda y dijeron que iban a decapitarme. Una vez más, había sido el escritor menos vendido de la editorial.

Esta vez encontramos al sultán dormido sobre un puf gigante mientras su médico personal le tomaba el pulso. Nos explicó que había sufrido un ataque fulminante de narcolepsia pero que la semana que viene estaría prontito para asistir a la ejecución que quisieran.

Me quedé de nuevo sin la oportunidad de leerle un cuento para ganar mi libertad (o al menos mi vida). Esta vez había elegido uno de Temporada de Pathos (2010) que contaba una historia deprimente sobre las responsabilidades y las dependencias. La próxima vez será.


Y sin embargo se marcha

Preso de mis palabras, capítulo 10Un grupo compuesto por expertos en varias áreas del conocimiento se dirigió hasta el extremo de la Tierra. Contrataron a un experto capitán de navío, que juraba haber matado a un kraken con sus propias manos, para que mantuviera el barco lo más cerca posible del borde, mientras ellos bajaban el precipicio sobre una plataforma de madera de 20 metros de lado.

Durante dos días y sus noches, el grupo descendió sin pausa por el abismo que se encuentra debajo del planeta. Al amanecer del tercer día, vieron como aparecía una gigantesca montaña gris, con grietas en las que cabría un pueblo entero. Habían llegado al destino: una de las cuatro tortugas que sostienen al mundo.

Dos de los miembros más musculosos de la tripulación desplegaron una tela y la armaron como un cono que haría las veces de megáfono. El ministro de Asuntos Importantes saludó a la tortuga, que tardó cuarenta minutos en abrir un párpado gigantesco. Seguramente el otro también, pero a kilómetros de allí.

La respuesta del animal fue un quejido muy grave de casi una hora de duración. El ingeniero de sonido lo grabó en un cilindro de cera y lo reprodujo doscientas veces más rápido.

-Hola -había dicho la tortuga.

-Imagino que sabrás por qué venimos -había llegado a oído de los hombres que esa tortuga estaba cansada de sostener al mundo, y que se iría de un momento a otro. Aquella era una misión de supervivencia.

A continuación, el ministro leyó un extenso discurso, escrito por el director de Oratoria, en donde le pedía por favor que reconsiderara su decisión de abandonar el lugar que ocupaba. Le explicó que la humanidad no podía vivir sin ella, ya que el plato que sostenía los continentes se volcaría abruptamente hacia un costado. Esto formaría marejadas que arrasarían con la civilización, y el puñado de supervivientes tendría que enfrentar las dificultades de subsistir sobre un terreno inclinado. Cuarenta minutos más tarde, contestó que no.

Entonces, el representante de las Artes le enumeró a la tortuga los prodigios de la raza humana, desde los jardines colgantes hasta los obeliscus erectus. Le ofreció un concierto de violín y recitó un poema que erizó la piel de los presentes. Cuarenta minutos más tarde, la tortuga contestó que no.

Fue cuando comenzó a moverse, de manera casi imperceptible para una tortuga gigante, pero que hizo volar por los aires a los hombres que se balanceaban en la plataforma.

Tardó diez años en abandonar su sitio, pero a esa altura sólo quedaba un puñado de seres vivos en todo el planeta. La tortuga continuó caminando sobre el lecho del universo, mientras pensaba en voz alta, en forma de un larguísimo lamento.

-No es mi culpa. Yo no les pedí que se pusieran sobre mí.

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