Home Columnas Preso de mis palabras Preso de mis palabras, capítulo 11

Preso de mis palabras, capítulo 11

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 11El plan del escritor menos vendido de la editorial para dejar de serlo, incluye la presencia de otros escritores al comienzo de cada papiro. ¿Lograrán estos "prólogos" aumentar su popularidad? Mientras lo averiguamos, disfrutamos o padecemos de una historia de casamiento.

Preso de mis palabras, capítulo 11

No quiero estar a punto de ser decapitado cada semana. Me pareció importante aclararlo, porque hay otros escritores del palacio que sí lo quieren. Cansados de vivir encerrados en sus celdas, escriben papiros cada vez más horribles para ser los menos vendidos y dejar este mundo de un cimitarrazo.

Ellos, que hacen todo lo posible por no vender, igual encuentran un público deseoso de gastar monedas en su obra. Yo, mientras tanto, hago todo lo posible por aumentar mi popularidad y salvarme de la ejecución.

Si no me creen, miren cada uno de mis papiros. Descubrirán un elemento en común. No, no me refiero a los chistes bobos, la autoflagelación ni las referencias a Corey Feldman. Me refiero a los prólogos.

¿Qué es un prólogo? Bueno, es un fragmento del papiro que está escrito por otra persona o personas. La idea es encontrar a alguien más conocido, más querido, más gracioso, como forma de disparar las ventas, ya que el fragmento no puede comercializarse por separado (lo sé porque me lo preguntaron miles de veces).

Por suerte encontré varias personas que tenían estas características entre mi grupo de amigos y conocidos. Uno por uno, se comprometieron a escribir algunas líneas para colocar antes de mis cuentos y en todos los casos mejoraron al papiro en su conjunto.

Me gustaría creer que sin ellos hubiera vendido incluso menos copias. Pero no alcanzó. No alcanzó en cada una de las semanas anteriores y no alcanzó esta semana, como me lo demostraron los guardias que llegaron golpeando mi puerta y vociferando.

Preso de mis palabras, capítulo 11

A rastras me llevaron hasta las habitaciones del sultán, donde lo encontré más despierto que de costumbre y con todas las ganas de ver cómo me rebanaban la cabeza. Era la oportunidad perfecta para leerle una de mis historias y comenzar a popularizarme dentro del palacio.

Busqué entre mis ropas y no encontré el cuento seleccionado, lo que me puso muy nervioso. Pasé las siguiente horas revisando entre mis ropas, mientras el verdugo se iba a su casa y llegaba el verdugo del turno noche, y en ese rato el sultán se preparó unos refuerzos, cargó el lavaplatos y se acostó a dormir.

Volví a mi celda pidiendo por favor que me dejaran leer, que ya lo iba a encontrar, y ni bien me arrojaron al rincón en el que duermo, descubrí que había olvidado guardarme el cuento. Allí estaba, dobladito debajo de la pelela.

Me tenía fe. Había elegido una historia de Huraño Enriquecido (2008) acerca de un casamiento. El título lo tomé de un programa de TN, señal que miraba seguido con mi viejo antes de terminar encerrado en el palacio de la editorial.


Tiene la palabra

Preso de mis palabras, capítulo 11La boda se desarrollaba con aburridísima normalidad, mientras el novio se arrepentía de haber abrazado una religión en la que no creía y la novia lloraba de emoción por poder casarse con aquel largo vestido blanco. Los padres de ambos solo pensaban en la obscena cantidad de dinero que habían gastado en la fiesta que comenzaría unas horas después de la ceremonia.

-Si hay alguien que crea que María de las Conchas y Patricio no deberían unirse en sagrado matrimonio -dijo el cura a los presentes-, que hable ahora y calle para siempre.

-¿No debió decir "o calle para siempre"? -preguntó el hermano de la novia, compañero de su cuñado en más de una pillería nocturna.

-Nop -retrucó el sacerdote, haciendo uso de un lenguaje demasiado moderno para la curia-. Desde el último Concilio Vaticano, Dios castiga a los buchones. Hablá ahora, si podés.

El hombre movió los labios, pero de su boca no salió un solo sonido. Se tomó el cuello con una mano, mientras con la otra trataba de pedir ayuda a su madre.

-¡Hijo de puta! -gritó ella-. Pero tan pronto como terminó la frase, también fue silenciada por un poder superior.

El cura buscó tranquilizarlos.

-Quédense calladitos y no les va a pasar nada.

-Mami... -dijo la novia antes de taparse rápidamente la boca.

-No te preocupes, los novios están protegidos.

-Entiendo -agregó ella, con el único fin de comprobar si las palabras del religioso eran ciertas.

Entre los invitados aumentaba el nerviosismo. Algunas parejas cuchicheaban sobre lo sucedido, creyendo que si el padre Néstor no los escuchaba, el embrujo no surtiría efecto. Pero ni bien dejaban de murmurar, eran callados para siempre.

Para peor, el cuñado se comportaba como ese jugador de fútbol al que acaban de expulsar y quería llevarse a alguien más, en este caso no a las duchas sino al silencio eterno. Buscó a sus tías y las pateó en las canillas para que gritaran, pero ellas se aguantaron piolas.

Un compañero de trabajo del novio, que había dejado escapar un eructo, seguía hablando sin parar, para esquivar el castigo divino. Hasta que una tos detuvo su perorata y sus cuerdas vocales se transformaron en sal.

Con el paso de los minutos todos se calmaron y volvieron a sus asientos. Escucharon con atención a Néstor, esperando el final de la maldición vocal. Él pareció adivinar sus intenciones.

-Ya está. Pueden hablar tranquilamente.

No se confiaron del todo. Uno carraspeó.

-En serio, se terminó. Tienen mi Palabra de Dios.

El chichoneo de un par de viejos sin mucho que perder fue el puntapié inicial para que los demás se tiraran al agua. El cura sonrió.

-Por el poder de Grayskull, los declaro marido y mujer. Pueden besar a la novia.

Parientes, amigos y curiosos comenzaron a hacer fila para achurarse a la recién casada en el altar.

Columnas
next8
Up, up and away!
Valid HTML5 Valid CSS3