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Preso de mis palabras, capítulo 2

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 2La semana en que se pagan los derechos de autor podría significar la llegada, por fin, de buenas noticias. O podría volver a ser el menos vendido de la editorial y ser decapitado. Por las dudas, guardé un cuento sobre deseos debajo de la manga. Técnicamente, debajo de la uña.

Preso de mis palabras, capítulo 2

Ser escritor no es sencillo. Es cierto que la editorial me provee dos comidas diarias, que consisten en una polenta fría y agua sin gas (la otra opción de menú era churrasco con papa fritas y Coca-Cola, pero hace seis meses que dejé de tomar Coca-Cola), sin embargo, los días de encierro se hacen muy largos.

El único momento destacable ocurre cada seis o siete lunas, cuando el tesorero del palacio recorre cada una de las celdas, entregando lo que se conoce como "salario del creador". Cada vez que uno de nuestros papiros es comercializado en el mercado, un porcentaje de las monedas nos corresponde.

La cuenta es la siguiente: imaginen que tienen un tablero de ajedrez y colocan una pila de cien monedas sobre cada una de sus casillas. Si ese fuera el total de lo recaudado por el papiro, lo que le correspondería al autor sería casi una moneda entera. Por suerte el Sultán es generoso y redondea hacia arriba.

Estaba terminando mi polenta fría cuando escuché los gritos de júbilo de mis colegas al recibir sus monedas, con las que podrán comprar desde papel higiénico hasta papel higiénico doble hoja. En serio, el artículo de mayor necesidad en el palacio es el papel higiénico. Algunos han probado limpiarse con papiros, pero son muy ásperos y se vuelven imposibles de vender en el mercado.

Por fin llegó mi turno y me puse de pie con dificultad, masajeando el estómago para que los ruidos de la inanición no taparan las felicitaciones del tesorero. Imaginen mi sorpresa cuando entró y me dijo que en esta ocasión era yo quien les debía dinero a ellos.

Preso de mis palabras, capítulo 2

No tuve ni tiempo de quejarme cuando se llevaron como forma de pago mis zapatos con la puntita que pega una vuelta para adentro, ya saben de lo que estoy hablando. Decía que ni tiempo tuve, porque aquella deuda significaba que otra vez había sido el menos vendido de la semana en todo el palacio y debía ser ejecutado.

Esta vez uno de los guardias me llevó a upa (ya no tenía zapatos y el piso de mármol me daba mucho frío en los pies) y me dejó caer junto a los enormes almohadones de terciopelo que forman el trono del Sultán. Mientras uno afilaba la cimitarra, me puse de rodillas y rogué por mi vida.

"Juro que lo haré mejor. Ya estoy escribiendo una crónica de mis fracasos como forma de publicitar mis papiros. Y no hice un solo chiste con la muerte de Eduardo Galeano, aunque se me hayan escapado un par de comentarios en 'Esto no es una Papa', pero deberá comprender que es de 2014. Además, ¿cuánta gente habrá leído esos comentarios? Sacando a mi familia y amigos...".

Paré de hablar cuando escuché el primer ronquido del Sultán. Jamás sabré si lo aburrieron mis palabras o si había tenido una noche larga. Imaginen lo que será tener un harén con decenas de mujeres pidiendo a última hora que les cuenten cómo estuvo el día. Lo cierto es que me había vuelto a salvar de la muerte.

Mientras me cargaban de nuevo hasta mi celda, encontré un trozo de papel colocado debajo de mi uña encarnada del pie izquierdo, como forma de aliviar la presión de ese garfio traicionero contra la piel del dedo gordo. Jamás hubiera desperdiciado papel higiénico para eso, así que había usado una historia de Basurita (2012), libro que con un poco de insistencia puede conseguirse por ahí.


El secreto es que sea Royal

Preso de mis palabras, capítulo 2¿Viste el secreto ese de querer algo con mucha fuerza para que se dé? No funciona. Te lo digo con propiedad porque me compré el libro y mi primer "deseo" (por llamarlo de alguna manera) fue que el libro funcionara, así que cada pedido siguiente debió cumplirse incluso si yo no lo quería con tanto énfasis. Deseando que el autor se fuera a la puta madre que lo parió (no lo hizo, hasta donde tengo entendido) abandoné ese camino y seguí buscando alternativas a tener que trabajar.

Talismanes, conjuros y el sacrificio de pequeños animales tampoco funcionaban, así que le toqué timbre a mi vecino y le pedí los avisos clasificados para buscar empleo. "¡Andá a cagar! ¡Primero devolveme el libro del Secreto!", gritó mientras me cerraba la puerta en la cara. Ya no lo tenía, lo había cambiado en Tristán Narvaja por un libro sobre talismanes, otro sobre conjuros y dos hámsteres. Volví a casa enojadísimo, deseando que a mi vecino le agarrara una cagalera de diez días.

Unas horas después comencé a escuchar unos ruidos extraños que provenían de mi abdomen. Como si hubieran tirado una gigantesca pastilla de Alka-Seltzer en un vaso de Schweppes recién servido. Al final estuve veinte días atornillado en el inodoro y sólo me consolaba saber que al vecino le había ocurrido algo similar, aunque se mejoró a los diez días.

"Diez días... ¡exactamente la mitad! Es demasiada coincidencia", pensaba mientras navegaba en Internet gracias al wifi de la casa de al lado. Allí encontré una frase religiosa, que decía algo así como: "ojalá Dios te dé el doble de lo que me deseas". El vecino debía creer en esa frase (seguramente cambió sus creencias cuando le desaparecí su libro) y ahora Dios estaba duplicando lo que yo había querido que le pasara. "¿Funcionará por la positiva?", pensé. Solamente había una forma de probarlo.

"Deseo que mi vecino tenga una computadora nueva", dije de rodillas frente a mi cama, justo antes de irme a dormir. El ritual valía la pena si el truquillo funcionaba. Y, en efecto, la mañana siguiente encontré dos computadoras en la puerta de mi hogar.

Vendí una de ellas para comprarme catálogos de electrodomésticos (más tarde me di cuenta de que se los podría haber deseado a mi vecino) y al otro día ya estaba en condiciones de saber si me convenía desear un plasma o un LCD.

No comercialicé ninguno de los dos televisores, ya que instalé uno en el living y otro en el baño, habitación de la que me había encariñado luego de veinte días de internación.

Mi felicidad iba en aumento, pero también la de mi vecino. Y no era la mitad de la mía, porque él se conformaba con menos. Pese a ser el responsable de mi nuevo éxito, me caía muy mal, y le hubiera deseado lo peor de no ser porque eso significaría dos peores para mí. Así que pensé bien y deseé que tuviera medio perro.

Todavía recuerdo los gritos de sus niños cuando encontraron medio animal muerto en el porche de la casa. Me levanté corriendo de la cama para recibir mi cachorrito, pero para mi sorpresa en la puerta había dos medios perros sobre un enorme charco de sangre.

Por un par de semanas no realicé pedidos y me concentré en liderar una comisión vecinal que persiguió (sin éxito, claro) al maldito asesino de perros que dejaba mitades en las casas.

Cuando terminé esa tarea pedí plata, para que mi vecino se volviera menos rico que yo, ya que recibía todos los días la mitad de bolsas de dinero. Pero él las invirtió mejor y en poco tiempo se convirtió en magnate de una multinacional. Yo organizaba fiestas en casa y cuando quería pizza de madrugada pedía para él, así el delivery también le tocaba el timbre a él y lo despertaba.

Actualmente soy presidente de dos países, pero en el campeonato de selecciones que organicé con la nación de mi vecino  terminamos segundos y terceros. Para el año que viene tengo pensado viajar a dos planetas, aunque sospecho que yo voy a llegar a dos mundos muertos, con rocas y lechos de ríos evaporados hace siglos mientras que él va a encontrar vida inteligente y pasar a la historia. No sé cómo hace, cuál es su secreto.

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