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Preso de mis palabras, capítulo 3

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 3Otra semana más seremos testigos de la lucha por la supervivencia en el mundo editorial. Nuestro escritor de turno recibirá consejos de sus editores para evitar el castigo que sufren los autores menos vendidos y compartirá una historia acerca de las reuniones de exalumnos.

Preso de mis palabras, capítulo 3

La expresión "jaula de oro" se utiliza en aquellas personas que tienen toda clase de lujos pero renunciaron a sus libertades para conservarlos. La expresión "jaula de mierda", mientras tanto, se utiliza en el palacio para definir a cada una de las habitaciones que mantienen encerrados a los autores de la editorial.

Con el tiempo me fui acostumbrando a la indiferencia de los guardias, a las ratas que me roban las cosas y a que sólo vengan a vaciar la pelela una vez por mes. Todo eso se compensa con el honor de saber que mis papiros están a la venta en el mercado de la ciudad. Seguro que un día se van a vender y todo.

La historia con mis padres es diferente. Cuando les preguntan por mí y por qué ha pasado tanto tiempo desde la última vez que los vi, ellos inventan que fui asesinado mientras traficaba hachís, o que me fugué con dinero de la trata de blancas. Todo con tal de que sus amigos no sepan que soy escritor.

Por eso no recibo visitas. Las únicas personas que se dignan a pisar mi celda son los editores, que cumplen la función de intermediarios entre el Sultán y sus escritores. Y además son los que vacían las pelelas.

Los editores tienen algo de consejeros. Cada vez que me visitan me aconsejan que hable menos de mis movimientos intestinales, que escriba una historia que ocupe más de medio papiro y que por una vez en la vida haga reír a alguien. Yo les contesto que moriré con mis armas y ellos me dicen que si no cambio la forma de escribir eso ocurrirá en cualquier momento.

Es que el mercado de papiros es muy cambiante, de ahí que el Sultán haya implementado la política de matar cada semana al escritor que haya generado menos ganancias en el mercado. Esta vez me tenía fe: días atrás y a causa de un error administrativo, editaron por error un diccionario húngaro-italiano, dos idiomas que nadie habla en los alrededores del palacio.

No sé si algún gracioso decidió regalar ejemplares del diccionario a su grupo de amigos o si mis padres lo compraron para cagarme la vida a mí, pero los guardias llegaron hasta mi jaula, una vez más, con la noticia de que encabezaba el ranking de ventas, si lo colgabas de la pared al revés.

Preso de mis palabras, capítulo 3

El camino hacia las habitaciones del Sultán fue entretenido, ya que después de los sucesivos intentos de decapitación ya había memorizado varios mojones del recorrido. "Ahora a la izquierda viene la planta colgante", les decía a los guardias. "Ahora a la derecha se abre un sendero que lleva a la fuente". Ellos me golpeaban luego de cada comentario y se reían. Nunca aclaré que haya sido entretenido para mí.

Al Sultán lo encontré más espabilado que otras oportunidades. No sería sencillo salvar mi pellejo, en especial el de la zona del cuello, pero tenía que intentarlo. Por suerte traía uno de mis cuentos, para embrujarlo con mi prosa y de paso llevarlo hasta el mundo de los sueños.

"Tengo entre mis ropas un manuscrito...", le dije y en ese momento entró el médico del palacio con un potente jarabe para la tos, que noqueó al Sultán antes de que pudiera terminar de leer el primer párrafo de mi historia. Como no llegó a escucharla, la dejo a continuación. Pertenece a Temporada de Pathos (2010), otro de los siete libros que no está agotado ni mucho menos.


Generación 97

Preso de mis palabras, capítulo 3No podía creer lo rápido que había pasado el tiempo. Ahí estaba yo, en un local de pagos, depositando 250 pesos para financiar un encuentro entre ex alumnos, donde celebraríamos los diez años desde que terminamos el liceo.

¡Diez años! Durante esa década solamente había mantenido el contacto con un puñado de ellos, con quienes me juntaba de manera esporádica a comer asado. Pero, del resto, ni idea.

Todo había cambiado con la llegada de Facebook. Parecía que los nacidos entre 1979 y 1980 éramos el público objetivo, porque de a poquito aparecimos casi todos, encontrándonos en uno de sus grupos para recordar aquellos tiempos. Allí surgió la idea de vernos; poco después ya teníamos fecha, lugar y costo.

Aquella noche llegué un poco tarde así que los tres primeros minutos los dediqué a besar personas. Qué bien se conservaban la mayoría de estos tipos. Estaban igualitos, salvo por algún kilo de más o algún pelo de menos. A mí también me dijeron que estaba idéntico. "Salvo por los lentes", aclaré. "Pero vos usabas lentes en el liceo", me respondieron. Ahí comprobé que yo había pasado desapercibido, porque no me puse lentes hasta los 21 años.

Conversando con el puñado de los asados -lo mío nunca fue la integración-, me di cuenta de que todos seguíamos teniendo los mismos roles dentro del grupo humano. Las chicas alegres que inauguraron la pista de baile eran las mismas que se levantaban primeras de la mesa en las fiestas de 15. Los buitres no habían cambiado sus plumas, los piratas ya no timaban novias sino esposas, y los antisociales seguíamos rondando las papas chips y el maní.

Mientras elaboraba mentalmente un ranking de qué ex compañeras seguían estando buenas, una vela que oficiaba de centro de mesa pareció explotar, generando una llama que duró cinco segundos. Los que estábamos cerca la miramos en silencio, hasta que uno dijo lo que estaba en la mente de todos.

-Carlitos...

Nos habíamos olvidado de él. El único que no había faltado por la distancia geográfica o las pocas ganas de ver al resto. Carlitos, quien había dejado este mundo unos años atrás, en circunstancias muy dolorosas como para ser mencionadas.

Charlando sobre lo ocurrido, llegamos a la conclusión de que esa era la forma que había elegido para hacer acto de presencia. Carlitos había estado con nosotros. Levantamos nuestras copas y brindamos a su memoria.

A las cinco de la mañana dejamos el salón de fiestas con la promesa de mantener el contacto. La que jamás cumplimos excepto por una vez, siete días más tarde. Una veintena de nosotros llegamos hasta la casa de Carlitos. Nos atendió su madre, con un rostro que daba a entender que nunca había superado aquella pérdida. Se puso contenta de vernos, y no contuvo las lágrimas al escuchar la anécdota de aquella vela que había dicho tanto con tan poco.

No le gustó mucho cuando le dijimos que tenía que pagarnos los 250 pesos en nombre de su hijo, y eso que le explicamos que todavía le debíamos plata al disc jockey. Una hora tardó en darnos la plata, vieja amarreta.

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