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Preso de mis palabras, capítulo 4

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 4Todos los escritores vivimos encerrados en la torre del palacio, pero algunos tienen mejor estilo de vida y eso tiene que ver con el tipo de papiros que producen. Conoceremos un poco de esas diferencias y sufriremos otra historia pensada para hacer dormir al Sultán de la editorial.

Preso de mis palabras, capítulo 4

Supongo que alguien estará leyendo estas historias. Por lo visto no han ido a buscar mis papiros al mercado después de leerlas, o estaría viviendo en mejores condiciones, en lugar de en la peor celda de todo el palacio que tiene la editorial.

Quizás no me expresé bien en semanas anteriores, pero no todos los escritores viven mal. Es cierto, todos ellos permanecen dentro de celdas en las torres del palacio, todos ellos corren el riesgo de ser decapitados si tienen una mala semana de ventas, pero algunos pasan mejor sus días.

Por ejemplo, están aquellos que escriben papiros coyunturales. Si acaba de asumir un nuevo imán, en pocos días tienen pronto un papiro contando la historia de vida del imán, sus hazañas y algunas frases célebres. Si muere el imán, le agregan palabras de sus conocidos y lo presentan como un papiro nuevo.

Según me llegó de boca de los guardias (yo solamente salgo cuando me están por ejecutar), estos escritores tienen papel higiénico de doble hoja y una vez al mes comen pasta rellena. Claro que los otros días los pasan con los nervios de saber que si el Sultán no aprueba una nueva reglamentación o el imán se enferma gravemente, no tendrán de qué escribir y su cuellito irá a parar bajo la cimitarra.

Mejor posición tienen los que escriben papiros más largos, llamados comúnmente "novelas", porque la primera vez que terminaron uno fue una novelería. A nadie le daban las pelotas para escribir tantas palabras de lo mismo. Lo importante es que la gente que va al mercado cree que porque un papiro es más largo es mejor, y los veo pasar por la ventana cargando rollos pesadísimos que en su puta vida van a desenrollar hasta el final.

Los noveleros (o novelistas) tienen cuatro comidas al día, aunque sean las mismas dos que el resto servidas de a mitades. Y una vez por semana pueden utilizar el bidet.

Preso de mis palabras, capítulo 4

Por último, están aquellos que escriben papiros que describen técnicas de superación, más o menos espirituales, para que aquél que lo esté leyendo pueda "ayudarse a sí mismo" y convertirse en mejor persona. Estos papiros tienen una trampa, porque son muy populares pero no tan efectivos, porque si uno se sintiera mejor no compraría el siguiente en ser publicado. Qué se yo, no me hagan caso.

Lo que cuenta es que estos escritores tienen almohadones en sus celdas, su propio bidet, toda la comida que quieran y televisión satelital. Pero les ves los rostros vacíos de alma y preferís quedarte durmiendo entre las ratas.

De todo esto pensaba cuando vinieron a llevarme, otra vez, para cortarme el cuello por ser el menos vendido de la semana en curso. Ya me estoy por aprender los nombres de los guardias y todo, lo que pasa es que aunque esté 99% seguro no les digo el nombre, entonces no me los termino de memorizar. Me da mucha vergüenza, aunque sean los encargados de asesinarme.

Esta vez llegué y el Sultán ya estaba dormido. Le habían llevado uno de los papiros de los noveleros y cuando iba por el capítulo 167 (según pude pispear) de la historia de una familia que aprende a relacionarse durante un viaje, cayó rendido sobre sus almohadones. Lo bien que hizo.

Así que ni siquiera pude leerle una historia seleccionada de Huraño Enriquecido (2008) sobre la crisis de identidad de un personaje muy conocido de las telenovelas de los '90.


Identity Crisis

Preso de mis palabras, capítulo 4-Detengan esta boda. Yo soy Celeste -dijo la rubia de cabello enrulado que un segundo atrás había abierto la puerta de aquella mansión de una patada.

-No digas estupideces. Yo soy Celeste -respondió otra, morocha y lacia, pero con exactamente los mismos rasgos faciales.

Hermanas gemelas, interpretadas ambas de manera magistral por Andrea del Boca.

Todos los invitados a la boda entre el multimillonario y la morocha de cuestionada identidad hicieron silencio. La atención se centraba en las dos gotas de agua. Los mozos aprovecharon para bajar sus entumecidos brazos y que la sangre volviera a circular por ellos. Un mozo escupió sobre el flan con chantilly.

-Acá están los papeles -dijo la rubia mostrando su pedigree-. Análisis de sangre, cálculos de riñón, geometría de orina y ecuación de segundo grado de la planta del pie.

La morocha sacó un fajo de papeles.

-¡Ja! Mirá que fácil es falsificarlos -dijo, mostrando documentos que probaban que Celeste era al mismo tiempo Ramón Díaz, Enrique Iglesias, Ramón Díaz y Enrique Iglesias.

Se miraron con ojos llenos de odio.

-¡Son truchos! -dijo una.

-¡Los truchos son los tuyos! -respondió la otra.

Los amigos del multimillonario comentaban que lo ocurrido era una mersada. Los familiares de la novia arrasaban la mesa de los postres como si sus vidas dependieran de ello. Las hermanas se acusaban de bajezas irreproducibles, quisieron arrancarse mutuamente las supuestas pelucas y hasta mostraron sendos lunares cardioformes en cada nalga derecha (uno de los cuales, obviamente, era un tatuaje).

Ninguna de las dos sabía a ciencia cierta si era la verdadera. Ambas habían sufrido golpes amnésicos en la cabeza y los desarrollos en la genética hacían posible que las dos fueran clones de una original, encerrada en una mazmorra con una careta de goma en la cabeza.

Con el correr de las horas los invitados fueron quedándose dormidos o regresando a sus casas en estado de ebriedad, ya que el whisky nunca había dejado de circular. La discusión siguió hasta altas horas de la madrugada, al grito de "Soy Celeste", "Celeste soy yo".

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