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Preso de mis palabras, capítulo 6

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 6Antes de que los papiros lleguen a manos de los lectores, una orden de sabios debe leerlos y sugerir un montón de cambios, la mayoría arbitrarios. De ellos hablará esta semana el escritor menos vendido, mientras nos "deleita" (nótense las comillas) con otro de sus cuentos.

Mis pasadas crónicas sobre el encierro en el palacio de la editorial omitieron mencionar a un grupo de trabajadores, indispensables para que el trabajo de los escritores llegue hasta el mercado y sea vendido (en el mejor de los casos) o al menos ofrecido a los posibles compradores para que lo ignoren (en mi caso).

Se trata de los corregidores, una orden ancestral de sabios que velan por el bienestar de los papiros. Que los autores tengan que usar espinas de pescado mojadas en lagañas para poder escribir les importa muy poco. Eso sí, donde pongas un tilde en el lugar incorrecto serás víctima de sus castigos.

Cada semana golpean la puerta de nuestras celdas y recolectan el sudor de nuestra frente y el producto de nuestro trabajo. Al sudor de nuestra frente se lo beben y al producto de nuestro trabajo lo auscultan como si se tratara de un anciano leproso.

Preso de mis palabras, capítulo 6

Sostienen el papiro con dos dedos protegido por un gruesísimo guante y gritan las correcciones para que todos los otros autores puedan escucharlas. Dependiendo de la cantidad de errores, nos devuelven los papiros en la mano o los arrojan al suelo y hacen sus necesidades sobre ellos. Debí mencionar que el sudor de escritor es un poderoso laxante.

Algunos colegas acatan sus comentarios a pies juntillas. En parte porque aceptan que los corregidores forman parte de un linaje especial que viene desde los mismísimos orígenes del hombre, y en parte para que no les rompan más las pelotas ni les sigan cagando arriba de los papiros.

Yo me opongo a creer en sus comentarios así porque sí. Reviso cada una de las correcciones, separando entre aquellas que se refieren a errores ortográficos de las gramaticales, las sugerencias de estilo y las que simplemente se explican porque los corregidores creen que pueden escribir mejor que uno.

Cada semana devuelvo mis papiros con el mínimo de correcciones posibles. Cada semana resisto con las pocas fuerzas que me quedan la mirada de desaprobación de los corregidores. Cada semana gano el duelo y se llevan el producto final como a mí me gusta.

Cada semana soy el autor menos vendido de la editorial.

Preso de mis palabras, capítulo 6

Por eso volvieron a llevarme ante el Sultán para cortarme la cabeza. Es más barato prender fuego mis papiros que sacarlos a pasear al mercado. Tuve la suerte de que el Sultán se había quedado dormido. Verán, su programa favorito en televisión es Las mil y una noches, una telenovela furor en el mundo por atreverse a ser un poco más misógina que el resto. El Sultán quería ver el episodio de ese día, pero antes de comenzar pasaron un resumen del episodio anterior, que consistía en todo el episodio anterior y el anterior a ése, que consistía en todo ese episodio y el inmediatamente anterior. En resumen, que la dieron desde el principio y no toleró la espera y se quedó dormido sobre sus enormes almohadones.

Así que de nuevo me quedé sin poder leerle mi historia, que esta vez también iba de Oriente y toda su magia. Fue publicada originalmente en Combo 2 (2004) y es de las pocas que, muchos años más tarde, tuvo algo parecido a una secuela. Nunca supe sacarle jugo a los personajes de mis cuentos, posiblemente porque es difícil sacarle jugo a una piedra hedionda.


El Hombre que Divagaba

Preso de mis palabras, capítulo 6A la corte del joven Príncipe Padharte llegó una vez un anciano que le planteó el siguiente acertijo:

-Haz la suposición, oh amado soberano de la tierra de doradas arenas, que existe un hombre encerrado en una habitación de setenta pies de ancho por setenta pies de largo por setenta pies de altura. Imagina entonces, oh dueño del favor de los dioses, que el sujeto tiene en sus manos un pequeño cuadradito de papel higiénico, la mínima expresión que se puede obtener de un rollo troquelado. Escucha con atención, oh bella criatura de piel trigueña y con una extraña protuberancia en el pómulo derecho que con seguridad sea benigna. El confinado debe realizar las siguientes tareas: escarbarse el ombligo, limpiarse el culo, quitarse comida de entre los dientes, secarse las lágrimas, removerse la cera de los oídos, curarse una herida y sacarse los mocos. Oh maestro que todo lo sabes excepto el hecho de que cuando concurres a algún espectáculo deportivo tu esposa es poseída por medio palacio... ¿en qué orden deberá el infortunado hombre utilizar el papiro cuadrilátero?

-Debo advertirte, geronte de patética mirada, que tan pronto culmine mi discurso serás decapitado por haberte atrevido a mirarme a los ojos. Sin embargo, te dejaré morir conociendo la respuesta al intrincado enigma con el que osaste interrumpirme mientras llenaba mis autodefinidos. Prepara pues tus impuras aurículas, pues será lo último que escucharás antes del certero sablazo con el cual uno de mis más fieles guerreros separará el cráneo del resto de tu cuerpo. El protagonista deberá cumplir las tareas en este orden: secarse las lágrimas, quitarse comida de entre los dientes, curarse una herida, sacarse los mocos, removerse la cera de los oídos, escarbarse el ombligo y por último, limpiarse el culo.

Cuando terminó de decir esto, un negro grandote le rebanó la cabeza al viejito.

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