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Preso de mis palabras, capítulo 8

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 8Esta semana, el autor menos vendido de la editorial nos anuncia la finalización de un nuevo papiro, el octavo, que tardará en ver la luz debido al clavo de sus siete fracasos anteriores. De paso, nos regala una historia de mafiosos... una oferta que ustedes no podrán rechazar.

Preso de mis palabras, capítulo 8

Cada uno o dos años, en la superficie del planeta Tierra ocurre un acontecimiento único, inesperado y (hay que decirlo) ignorado casi por completo. Sí, señores. Terminé un nuevo papiro.

Esta es la octava columna sobre mis experiencias y es el octavo papiro que termino desde que a mis inocentes 23 años comencé una vida que terminaría conmigo encerrado en el palacio de la editorial, comiendo sobras y haciendo mis necesidades en un vaso de requesón. Tranquilos, que antes estaba peor.

Al finalizar el papiro no hubo un haz de luz entrando por la ventanita de mi celda, ni me inundó una gran satisfacción. Simplemente conté la cantidad de historias que tenía y dije: "bueno, lo dejamos por acá". Y si a mí me resultó poco emocionante el hecho, imaginen cómo se sintieron en el palacio. Esa noche me dieron menos cena como castigo. "No queremos que repitas esta conducta perjudicial para vos y para el resto de nosotros", me explicaron.

Ahora vendrá el típico proceso editorial. Intentarán convencerme de que lo guarde en un cajón, y dirán que no vale la pena desperdiciar tantas plantas acuáticas para elaborar el soporte de escritura que requieren mis historias. Si no logran convencerme, intentarán que los asistentes al mercado se equivoquen y lo compren. Luego de fracasar en el intento, volverán por mí y me cortarán la cabeza con una cimitarra.

Preso de mis palabras, capítulo 8

Hablando de eso, mientras juntaba la totalidad de los cuentos del octavo papiro, aparecieron dos enormes ursos, cuya misión no era llevarse las páginas nuevas sino sacrificarme por el fracaso de las viejas: otra vez había sido el autor menos vendido de la editorial.

Ni bien llegamos al habitáculo del Sultán, lo encontramos tirado en el suelo. Los guardias se pusieron nerviosos y trataron de resucitarlo, mientras yo les señalaba la petaca de whisky que había junto al "cadáver", el olor a mamúa que desprendía y los eructos que dejaba escapar entre besuqueada y besuqueada de sus seguidores.

El Sultán recuperó un poco la conciencia y les dijo que los quería mucho, mientras yo me lamentaba no poder leerle el cuento que llevaba conmigo. No pertenecía al octavo papiro (si lo compartiera de antemano se vendería aun menos) sino del séptimo, Esto no es una Papa (2014).

Se trata de una historia ambientada en el mundo mafioso. Si les gusta, busquen el papiro en el mercado y agótenlo, así se animan a publicar el siguiente. Otro día les cuento cómo se llama.


A Don le pido

Preso de mis palabras, capítulo 8Decenas de asesinos a sueldo, matones, mafiosillos y empresarios deportivos hacían cola en la puerta del despacho de don Gorrione. El ciempiés humano llegaba hasta el portón de acceso de su mansión y aquellos que esperaban a la altura del jardín sufrían el sol abrasador en sus incipientes calvas.

–No lo aguanto más –dijo un gordo vestido con equipo deportivo de nylon–. Creo que voy a irme sin hablar con el Padrino.

–No sea tonto –le respondió el francotirador de bigotes finitos que tenía atrás–. Sabe bien que es el único día en el que podemos pedirle esta clase de favores.

El gordo apreció el comentario, sobre todo porque su partida hubiera adelantado al otro un lugar en la fila.

Mientras esperaban, conversaron sobre sus oficios. El francotirador resultó ser responsable de la muerte de varios jefes de Estado y era apreciado por su capacidad de disparar desde el otro lado de la frontera. El de jogging contó, con vergüenza, que estrangulaba soplones en frigoríficos.

–Es una noble tarea y lo felicito. Además, hay más soplones que primeros mandatarios.

–Me mantengo ocupado, es verdad –dijo con el pecho inflado.

A cada rato daban unos pasitos y en poco más de una hora ya estaban bajo techo. Pudieron ver cómo la cola subía la escalera principal con dos y hasta tres criminales por peldaño. Hacía rato que no tenían más información comprometedora para compartir.

Uno de los criados ya había prendido las lámparas del pasillo cuando al gordo le tocó entrar al despacho. Salió sonriente, minutos más tarde.

–¿Lo conseguiste? –preguntó el de finos bigotes.

–Tuve que insistir un poco, pero no pudo negarse.

Un gigantesco guardaespaldas impidió que la conversación continuara, obligando al primero de la fila a entrar a la habitación. Allí estaba el Padrino, sentado en su escritorio, con una cuadernola y una lapicera.

–¿Qué se le ofrece? –dijo con voz de tano viejo.

–Un Kindle, don Gorrione.

–¿Y eso qué es?

–Es un dispositivo para leer libros digitales.

–¡Ah!, una tableta.

–No exactamente. Este se puede leer de día y no cansa tanto la vista.

–¿Y por qué crees que debería cumplir tu pedido?

–Porque la tradición lo indica. Mañana viaja a Estados Unidos, así que debe comprar los artefactos electrónicos que le pidan sus familiares, amigos y conocidos. Es eso o quedar como un sore... quedar mal.

Don Gorrione golpeó el escritorio con su puño, luego levantó la cuadernola y se la mostró.

–¿Sabés todo lo que me pidieron hasta ahora? Doce notebooks, ocho netbooks, que según me contaron es lo mismo pero en pequeño, veinti... a ver, veintisiete cámaras digitales, muchas de ellas discriminadas por marca y modelo, iPads, iPods, iPhones, tabletas, memorias, discos duros externos, repuestos... ¡y ahora un Pimple!

–Kindle. Es la tradición. Recuerde el celular último modelo que le traje cuando viajé hace dos años.

Con irónica precisión, ese celular comenzó a sonar en el bolsillo del Don, quien trató de acallar las primeras notas de la Marcha Imperial.

–Bueno, bueno, está bien. Tendrás tu especie de tableta. Dale el dinero a uno de mis guardaespaldas.

–Muchas gracias, don Gorrione –se inclinó y le besó el anillo con algo de acción de lengua.

Entregó unos dólares al urso de la entrada y comprobó que todavía quedaban trece personas por entrar: smartphone, tableta, netbook, notebook, notebook, iPhone, Macbook, Kindle, netbook, cámara de fotos, iPad, tableta y una funda para notebook. Este último no era electrónico, pero el Padrino lo anotó igual. No quería quedar como un sorete.

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