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Preso de mis palabras, capítulo 9

Por el Preso de mis palabras

Preso de mis palabras, capítulo 9El autor menos vendido del palacio habla del fenómeno de las fechas de entrega, aunque ahí dentro nunca lo apuren para terminar sus papiros. A la hora del cuento, nos mostrará a un tal J.R., quien tiene una manera muy particular de dirigir obras de teatro.

Preso de mis palabras, capítulo 9

Si algo bueno tiene el palacio, es que no hay fechas de entrega. Bueno, por los pasillos he escuchado a muchos escritores hablar de fechas de entrega, pero imagino que se trata de lenguaje en clave para referirse a las drogas o algo así, porque en todos estos años jamás me han pedido que apure mis textos. De hecho se los ve desilusionados cuando termino un papiro, como si quisieran que me tomara más tiempo. Mucho más tiempo.

Eso permite escribir con la mayor libertad posible. Puedo estar una gran cantidad de tiempo sin completar una oración, así como los papiros terminados pueden estar una gran cantidad de tiempo sin que alguien los adquiera. Semanas que se vuelven meses, meses que se vuelven estaciones, estaciones que se vuelven años, etcétera.

Sin embargo, no puedo pasar más de un mes sin completar al menos una historia. Es que además de los papiros que se venden en el mercado, colaboro en publicaciones más pequeñas, que cada uno o dos meses circulan por rincones más oscuros de la ciudad que rodea al palacio.

En estos casos sí tengo fechas de entrega. Para los que no sepan de qué se trata, la fecha de entrega es un día en el almanaque a partir del cual el autor empieza a inventar excusas para no haber entregado el texto. Si la fecha de entrega es el 10, el 12 o 13 será mejor decirles que ya tengo una idea dando vueltas y que solamente necesito un tiempito más.

Preso de mis palabras, capítulo 9

Este mes, por ejemplo, se me ocurrió una idea el 10 a las nueve de la noche. Así que envié una rata mensajera (nos comimos todas las palomas) preguntando cuánto tiempo tenía, sabiendo que la fecha de entrega era esa misma jornada. Me extendieron el plazo y ya podía volver a relajarme hasta la semana siguiente.

Me hubiera relajado del todo, de no ser por la súbita aparición de los guardias del sultán, quienes (¡sorpresa!) me comunicaron que esa semana había sido el escritor menos vendido de la editorial y que por ese motivo debía ser decapitado. Todos tuvimos una sensación de déjà vu.

Lo mismo me pasó cuando llegué a los aposentos del sultán y lo encontré dormido. Más tarde me enteré que le habían recetado un jarabe para la tos muy potente, que podía provocar somnolencia. Había salvado mi vida de nuevo, pero de nuevo quedaba con las ganas de leerle una historia al dueño de todo esto.

Había elegido una de Basurita (2012) sobre un director muy particular, con ganas de dejar su huella en el mundo del teatro. Una huella tan grande que podría caerse dentro.


Shake it

Preso de mis palabras, capítulo 9Después del éxito de un par de obras que dirigió fuera del circuito comercial, Juan Raúl Celasco fue llamado por la Comedia Nacional para ponerse al frente de una nueva versión de Hamlet, el clásico de William Shakespeare.

El meteórico ascenso del director había impresionado a muchos, y en la noche del estreno el teatro estaba repleto. Detrás del telón, J.R. tenía su última charla con los actores.

–...así que, a darle de comer a la calavera, ¿está claro? –dijo mientras se pasaba el cráneo de Yorick de una mano a la otra.

Los actores contestaron que sí, que estaba claro.

–Antes de salir a escena voy a hacer unos últimos cambios. Freddy, vos hacías de Claudio, pero no más. Ahora vas a hacer de Hamlet.

–¿Cómo? –contestó Armando, quien personificaba al hijo del difunto rey de Dinamarca desde el primer día.

–Es una variante que se me ocurrió para darle dinamismo a la obra.

–Pe... pero... yo no estoy capacitado para hacer de Hamlet –dijo Freddy.

–Si estuvo en los ensayos sabe bien lo que tiene que decir. Mis actores tienen que andar bien en cualquier papel.

Armando se sacó el traje de Hamlet y se lo pasó a Freddy. Tenían que apurarse porque en menos de diez minutos se abriría el telón. Empezó a ponerse el traje de Claudio.

–¿Qué hace? Usted es el encargado de la utilería. Esta función la hacemos sin Claudio.

Armando no pudo soportarlo más.

–¡Está loco! ¿Cómo vamos a salir sin Claudio? ¡Alguien tiene que matar al padre de Hamlet!

–No es la única forma de llegar al público. Vamos con tres Ofelias. Ella... y ustedes dos –dijo, eligiendo actores casi al voleo.

La actriz que hacía de madre de Hamlet estuvo a punto de quejarse, pero temió que la pusieran en el papel del chambelán Polonio, cuyos parlamentos jamás podía recordar.

Un par de enroques más y estuvieron prontos para salir a escena. El aplauso cerrado de la audiencia cesó cuando vieron al primer actor que entró con un traje varios talles más chico. De los cambios en la trama sospecharon poco, porque no tenían idea de qué se trataba Hamlet; con ver la escena de la calavera se quedarían conformes.

Juan Raúl no estuvo satisfecho con el desarrollo de la obra y realizó varios cambios más durante la misma, incluyendo la salida de una de las Ofelias, luego de que pifiara la letra cuando intentaba coordinar sus parlamentos con las otras dos.

Se mantuvo serio todo el tiempo y solamente sonrió de manera irónica cuando el viejo que hacía de madre de Hamlet tropezó y se dio de boca contra el piso. Nada pudo evitar el desastre, ni siquiera los diez minutos finales en los que todos los actores hicieron de Ofelia.

Los espectadores se fueron irritados, excepto por unos pocos, que aplaudieron a rabiar y dijeron haber sido testigos de una nueva forma de hacer teatro.

Para el director no quedaron dudas:

–Uno ensaya durante toda la semana y después los actores no hacen lo que les pide el director. Pero es mucho más fácil pegarle a J.R.

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