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Tomo Uno: The Best of Milligan & McCarthy

Por el Tomo Uno

Tomo Uno: The Best of Milligan & McCarthyMientras Margaret Thatcher dinamitaba los cimientos del Reino Unido, los historietistas británicos Peter Milligan y Brendan McCarthy se despechaban con los cómics más gloriosos del universo. Recientemente, la editorial Dark Horse los recopiló en un hermoso libro, que a continuación reseñamos.

Tomo Uno: The Best of Milligan & McCarthyLa primera embestida británica en la industria del cómic norteamericano en la década de los 80 tuvo cuatro protagonistas indiscutidos: Alan Moore, Grant Morrison, Neil Gaiman y Peter Milligan. De todos ellos, posiblemente Milligan es el más subvalorado, y uno de los motivos que podría explicar esa situación está en que le tocó bailar con la más fea. O mejor dicho, compartir escena con las más lindas. Por supuesto que Shade: The Changing Man es una joya y, en otro contexto, perfectamente podría ser el cómic que hubiese marcado el inicio de una era. Sin embargo, sufrió la extraña suerte de ser contemporánea de Watchmen, Animal Man y The Sandman, por nombrar algunas de las emblemáticas y fundacionales obras de los otros tres monstruos recién mencionados. En resumidas cuentas, algo así como el síndrome Cristiano Ronaldo con Messi.

Asimismo, si hacemos un recorrido por la obra de estos autores en los últimos treinta años, la de Milligan es la que presenta más altibajos, alternando obras de gran calidad con otras ciertamente para el olvido.

Sin embargo, en el período que va desde fines de los 70 hasta la llegada de los 90, Milligan fue, en dupla con el dibujante Brendan McCarthy, el responsable de los cómics más gloriosos del universo. Cómics que estuvieron descatalogados durante muchísimos años y que afortunadamente la gente de Dark Horse tuvo la visión de recopilar en un imprescindible tomo tapa dura bajo el título The Best of Milligan & McCarthy.

Algunas de las historias incluidas en este libro aparecieron en 1984 en Strange Days, una revista de corta existencia (apenas se editaron tres números) en las que publicaron dos de sus mejores trabajos: Paradax y Freakwave.

Precisamente Paradax, la única colaboración superheroica de la dupla, es la historieta que abre el libro. El protagonista, Al Cooper, es un joven taxista de la ciudad de Nueva York que un día encuentra un traje que le proporciona el poder de atravesar objetos. De inmediato, la mayor preocupación de Cooper será buscar el camino más corto hacia la fama, y en lo posible y si le queda tiempo, salvar al mundo en el intento.

Inmersa en una industria en la que los superhéroes se estaban volcando hacia una veta más realista (ese famoso "grim and gritty" que se consolidaría con los trabajos de autores como Alan Moore y Frank Miller), el enfoque por el que optaron para su Paradax se alejaba hacia un horizonte más cool y glamoroso.

Hoy, es normal toparnos con historias en las que los héroes son colocados al mismo nivel de una estrella pop (el Kick-Ass de Mark Millar es uno de los ejemplos más evidentes), y si esas historias existen es porque Milligan y McCarthy sentaron las bases para que eso suceda. De hecho, la brillante Zenith de Grant Morrison (otra historia recientemente recopilada luego de varios años en el ostracismo), no hubiese sido posible sin la influencia directa de Paradax.

Tomo Uno: The Best of Milligan & McCarthy

Cada historia viene acompañada de un texto introductorio con anécdotas y detalles del proceso creativo (en la foto: Paradax).

Mucho menos tradicional en lo que refiere a términos narrativo-secuenciales está Freakwave, quizás el cómic que mejor ejemplifica lo vanguardista de sus trabajos y la simbiosis que podían alcanzar como dupla creativa. La historia, que se desarrolla en un mundo pos apocalíptico en el que la humanidad se vio obligada a vivir en los mares, en realidad fue concebida como un intento por ingresar a la industria de Hollywood con una idea que rescataba la estética de Mad Max y la llevaba a altamar, aunque el proyecto nunca prosperó.

Suenas las alarmas y te viene a la mente Waterworld. Vale aclarar que no existe vínculo alguno entre Freakwave y la película de Kevin Costner, y si bien, al menos para quien escribe se trata de una película que recibió un ataque más feroz del que se merecía, también es cierto que al ver el resultado final uno no puede dejar de pensar cuanto mejor hubiese sido una película del estilo si al menos hubiese incorporado parte del imaginario visual de Milligan y McCarthy.

En ese afán que todos tenemos por ubicar a una obra en tal o cual género, o en relación a una familia de títulos, hay que decir que Freakwave no se parece a ninguno de los cómics que coparon la industria por esos años. Mientras que Alan Moore construía sus historias con la perfección de un relojito suizo, Milligan y McCarthy abandonaban a conciencia todo intento por lograr una narrativa tradicional. Para ese entonces, McCarthy estaba dando sus primeros pasos en la incipiente industria del videoclip, y eso se nota a la legua. Freakwave se estructura a partir de un constante bombardeo de imágenes, con un tipo de narrativa fragmentada que por momentos parece colocar al lector en la misma silla que Alex en La Naranja Mecánica. En el mundo de Freakwave, las bases petrolíferas tienen la forma de la cabeza de John Fitzgerald Kennedy, y eso es apenas una muestra del universo en el que se mueven los personajes.

En un panorama dominado por los Watchmen y los Dark Knight Returns, no es extraño que el mundo onírico y demente de Freakwave no haya trascendido.

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El Brendan McCarthy "prendido fuego" de Rogan Gosh.

Dicen que la práctica hace al maestro, y ese camino de experimentación con la narrativa en viñetas tuvo en Rogan Gosh (uno de sus últimos trabajos en conjunto publicado originalmente en la revista Revolver y luego recopilada por Vertigo) su punto más alto.

Si en Freakwave la historia se estructuraba a partir de la acumulación de imágenes, en Rogan Gosh las que se superponen son distintas líneas narrativas y espacio-temporales. Para lograr ese efecto, los autores alternan la historia de acuerdo a los puntos de vista de cada uno de los personajes, de manera tal que no existe una única realidad. Y no solo ninguna prima sobre la otra, sino que interactúan entre sí.

El arte de McCarthy es el más logrado de todo el libro, conjugando los elementos visuales más distintivos del hinduismo con la más pura sicodelia. En su libro Supergods, Grant Morrison describe a la perfección el impacto que provoca el arte de McCarthy: "Imagina que pudieses sacar una foto de tus sueños y tendrás una idea de lo que McCarthy es capaz de lograr con su arte", y agrega que se trata de un dibujante que tiene "línea directa con su inconsciente".

Lo que arrancó siendo una suerte de "Blade Runner en formato Bollywood", terminó por convertirse en una bestia mucho más grande y difícil de explicar. Resumir su argumento puede llegar a ser algo tan frustrante como inútil, tal como contarle a alguien de qué va una película de David Lynch.

Con un encare detectivesco-místico-sicodélico está The Importance of Being Mirkin, una de las historias más divertidas del libro. Mirkin es un personaje de piel azul que desde su hablar y su pose recuerda a Oscar Wilde (de hecho, el título de la historia es una directa referencia a The Importance of Being Earnest del escritor dublinés). En el mundo de Mirkin (o más bien, LOS mundos ya que la historia se mueve a través de una serie de mundos paralelos conocidos como "los Reinos"), personajes de ficción literaria coexisten con sus creadores, y justamente el protagonista deberá solucionar un misterio que involucra a unos y otros.

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Gire el libro 90º hacia la derecha para leer Summer of Love.

La influencia de Steve Ditko ha sido una constante a lo largo de la carrera de McCarthy (su muy recomendable Spider-Man: Fever es un claro ejemplo) y esta historia, que incorpora elementos mágicos y sicodélicos, recuerda mucho al Doctor Strange del genio co-creador de Spider-Man.

Las referencias literarias también están a la orden del día y siempre tratadas e incorporadas a la obra no con una intención de darle una supuesta validación adulta, sino siempre apostando a entretener. The Importance of Being Mirkin es además una historia que hasta se podría decir que emana elegancia y, en ese sentido, se ubica en la otra punta de Skin, otra de las grandes historias recopiladas en ese tomo.

Las circunstancias que rodearon a la publicación de Skin fueron polémicas, ya que se trató de una novela gráfica que durante un buen tiempo quedó archivada como resultado de una ridícula censura, y que finalmente vio la luz a través del sello Tundra.

Skin es la historia de Martin Atchet, un skinhead de fines de la década de los 70 que nació con problemas de malformación, producto de la ingesta de la droga medicinal conocida como Talidomida por parte de su madre durante el embarazo. Este calmante, desarrollado y comercializado por una compañía farmacéutica alemana a fines de los 50 y principios de los 60, traía consigo efectos secundarios nefastos. Entre ellos, el más notorio y macabro fue el nacimiento de bebés con extremidades excesivamente cortas.

Milligan deja acá de lado la elegancia de Mirkin y narra los sucesos desde el punto de vista de un skinhead amigo de Atchet. Un acierto enorme que demuestra la capacidad del guionista de captar y transmitir distintas voces, y de hacer que cada una suene única. En ningún momento Atchet está presentado como un personaje simpático, ni tampoco como un ser despreciable. Se trata simplemente de alguien a quien las cartas le vinieron mal barajadas; alguien cuya vida estuvo desde un principio marcada por los intereses miserables de una corporación.

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Las páginas sin viñetas de la controversial Skin.

Cada una de las historias recopiladas en el libro ponen de manifiesto la versatilidad de McCarthy, y en las páginas de Skin los rasgos más característicos de su arte se vuelven irreconocibles, yendo por un camino más plástico (para el que contó con la colaboración de la pintora Carol Swain) y prescindiendo totalmente de las viñetas.

Además de las historias recién mencionadas, el libro se compone de otros trabajos menores (pero no por ello menos interesantes): la fanzinera The Electric Hoax (una tira en blanco y negro con impronta punk que salió a través de una revista musical), un spin-off de Freakwave en tono de comedia, Summer of Love (una historia de amor con tintes surrealistas ambientada en un pueblito costero de Inglaterra), y la perturbadora The Hollow Circus.

Otro de los atractivos del libro se encuentra en los textos que preceden a cada una de las historias, con anécdotas y comentarios de los propios creadores acerca de las circunstancias que rodearon la publicación de cada historieta.

The Best of Milligan & McCarthy es una oportunidad única para reencontrarse con la obra de estos británicos, empaquetada en un hermoso tomo tapa dura que poco tiene para envidiarle en tamaño a las ediciones Absolute.

En la actualidad, Milligan sigue con su producción de historias de nivel dispar, mientras que las apariciones de McCarthy en el mundo de las viñetas son cada vez más frecuentes (destacándose particularmente la brillante The Zaucer of Zilk) luego de varios años avocado casi exclusivamente a trabajos vinculados al mundo audiovisual. En lo que nos toca, simplemente resta cruzar los dedos y esperar que los caminos de ambos vuelvan a encontrarse. Y así, una vez más, seguramente seamos testigos de los cómics más gloriosos del universo.

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