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All-Star Superman

Por el Cómics

All-Star Superman"Morrison / Quitely. Primer superhéroe. Relectura ineludible. Obra maestra". Estas ocho palabras podrían resumir algo de lo que puede encontrarse en las páginas de All-Star Superman, una de esas historias que explican por qué seguimos saliendo a la calle con una "S" en nuestras remeras.

All-Star Superman

All-Star SupermanTodavía quedan en carpeta algunas anotaciones sobre lecturas del año que nos dejó. Sin embargo, para comenzar este 2015 se me ocurrió hablar de lo primero que leí, en las primeras horas del 1 de enero al volver de las celebraciones de turno y la mañana siguiente, antes de darme un baño y regresar al lugar de dichas celebraciones a disfrutar de las sobras.

All-Star Superman es uno de los mejores cómics que leí, dentro de mi escala subjetiva. Soy de aquellos que considera a Grant Morrison una Fuerza de la Naturaleza dentro del Noveno Arte y lo prefiero mil veces a él meando fuera del tarro (algo que ocurre en contadas excepciones) que a un Chuck Dixon en su mejor momento. No quiero decir que no pueda leer a Dixon, pero es un laburante y le mandamos un beso.

Entre historias más o menos estrambóticas, más o menos lisérgicas, más o menos optimistas, se destaca su declaración de amor al superhéroe que lo inició todo, al que posibilitó que hoy exista un Multiverseros y que John Williams tenga uno más en su lista de temas musicales imborrables en los oídos de la humanidá.

Superman ya no es lo que era. El tiempo lo transformó en una parodia de sí mismo, en un personaje al que los guionistas temen porque "no hay amenazas comparables a sus poderes", en un equivocado avatar de la doctrina del Destino Manifiesto. En un hermano boludo para Batman. Eso pensaban muchos, hasta el día en que llegó este diablillo escocés y sentó de culo a más de uno.

La obra está situada fuera de la Continuidad, ese bicho que a veces da una mano a los creadores y otras veces les da la excusa para no hacer los deberes. En esta ocasión, la libertad posibilitó que Morrison contara la "última" aventura de Superman. Como he insistido más de una vez (aquí va otra), lo que le falta a los cómics superhéroes son cierres, finales, círculos cerrados.

En algunas reseñas me acuerdo tarde de mencionar al resto del equipo creativo, pero aquí debo nombrar a Frank Quitely desde la primera página, literalmente. Quitely es cómplice de algunas de las mejores aventuras de la mente de Grant (We3, Flex Mentallo), con un estilo salpicado de europeísmo que logra transmitir ideas con simpleza incluso cuando utiliza las diagramaciones de página menos comunes.

Grant y Frank preparan al lector para un paseo vertiginoso desde el comienzo. Mucho se habló de la página 1 del número 1 pero es ineludible referirse a la maestría con la que resumen el origen de Clark Kent en cuatro viñetas y ocho palabras.

"Doomed planet. Desperate scientists. Last hope. Kindly couple" ("Planeta moribundo. Científicos desesperados. Última esperanza. Pareja bondadosa", en la prolija edición en tapa dura de Planeta DeAgostini).

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Ése es Superman, un inmigrante de Kriptón que tuvo la fortuna de ser rescatado por dos buenas personas, quienes criaron a un granjero que un día volvió a mudarse, esta vez a la gran ciudad. "Eres más importante que todo esto, que todos nosotros. Ahora le perteneces al mundo entero", le dice su madre en el emotivo sexto número.

La versión que Morrison condensa en su guion tiene componentes de la "cómica" Edad de Plata, en la que Superman mantenía a Clark Kent como una tonta fachada y hacía malabares para proteger su identidad secreta. Esto podría hacer algo de ruido a aquellos que crecieron con los cómics post Crisis escritos (entre otros) por John Byrne, donde Clark era un periodista respectado que logró lo que el otro jamás soñó: ganar un Pulitzer y casarse con el amor de su vida.

Salvado este escollo, disfrutaremos de la última gran aventura de Superman, excusa utilizada para mostrarnos la quintaesencia de la creación de Jerry Siegel y Joe Shuster, quienes se darán el lujo de una especie de cameo muy merecido.

Si hay un responsable de que no haya más aventuras después de ésta, es el mismísimo Lex Luthor, némesis eterno del Hombre de Acero. Aquí también el personaje regresa a las raíces "científico-locas" de antaño, dejando de lado el "bísnesman" de los ochenta y noventa. Sin embargo, Morrison y Quitely nos traen a un villano tan obsesionado con el protagonista que es imposible no amar odiar, u odiar amar, o amar amar, desde un punto de vista puramente narrativo.

En una historia en la que habrá lugar para un planeta entero de Bizarros, Luthor ES el opuesto perfecto de Kal-El. Un ser humano cuyo potencial está cegado por la presencia de un único ser superior. "¡Podría haber salvado el mundo de no ser por ti!". "Si de verdad te importase, podrías haber salvado el mundo hace años". El egoísta máximo vs. el filántropo número uno.

El plan del calvo funciona y desde el comienzo sabremos que a Superman le queda poco tiempo entre nosotros. Así que deberá poner sus asuntos en orden, lo que incluirá un sinceramiento eternamente pospuesto con Lois Lane y liberar al Devorador de Soles que se encuentra en la Fortaleza de la Soledad, porque no será fácil alimentarlo una vez que él no esté ahí. Piensa en todo, este Superman.

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Serán doce números de proezas imposibles, utilizando el poder inigualable de nuestro héroe. A Morrison no le tiembla el pulso a la hora de presentar antagonistas a escala del superhombre, que incluyen a criaturas que se mueven en cinco dimensiones, héroes mitológicos y civilizaciones subterráneas.

Al tiempo que esto sucede, él y el dibujante nos traen pincelada tras pincelada de este personaje que, como afirma Mark Waid en la introducción, no es una divinidad sino todo lo contrario: "Los dioses consiguen su poder al animarnos a creer en ellos. Superman consigue su poder al creer en nosotros".

Al final, ése es el legado de All-Star Superman: la más perfecta fotografía de un tipo al que sus padres ("adoptivos" es un adjetivo que sobra) enseñaron a hacer el bien y desde entonces influye a todos los habitantes de Metrópolis, de la Tierra-Sea-El-Número-Que-Sea e incluso del mundo real. Hay otro legado, dentro de la historia, pero ése es mejor que lo descubra cada uno de ustedes.

Cada página tiene viñetas imborrables, guiños que se perciben a la tercera o cuarta lectura y maestría de todos los involucrados, pero el punto más alto quizás se encuentre en el décimo número. Kal-El presiente su final y quiere saber cómo se las arreglará la humanidad para sobrevivir sin él. Hay que reconocer que los ha sacado de unos cuantos embrollos.

"Sólo había un modo de estudiar un mundo sin Superman. Debía crear uno", piensa. Y mientras resuelve otros asuntos en la ciudad, ese mundo se va desarrollando a alta velocidad... y termina con Siegel y Shuster creando a aquél que los creó, cerrando el círculo y logrando uno de los mejores ejemplos (y miren que tiene) del guionista jugando con los conceptos de realidad e imaginación.

No es el punto más alto, sin embargo. El número tiene una escena mucho más pequeña, que no incluye a miles de millones de seres sino solamente a dos. Una de las mejores páginas de Superman desde su creación en 1938 (o en el décimo número de All-Star Superman, como quieran verlo).

Allí, Kal no saca planetas de su órbita, ni golpea a Darkseid con su visión calórica,  sino que habla con una jovencita que está a punto de saltar de un edificio. Sus palabras son igual de válidas en cualquier universo, haya o no explotado Kriptón. "Eres mucho más fuerte de lo que crees".

Por suerte está Superman para recordarnos este importante detalle.

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Lecturas recomendadas: reseña de la adaptación animada.

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