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Three Fingers

Por el Cómics

Three FingersLa vida de un dibujo animado puede ser una condena. Vean si no a Ricky Rat, estrella de Hollywood venida a menos, quien recordará su tumultuosa historia, mientras se revela un secreto de la industria que explica por qué algunos personajes tenían más suerte que otros.

Three Fingers

Hace muchos años, la revista Wizard era lo que hoy sería Internet para los amantes de los cómics. Un compilado de entrevistas, avances, reseñas y humoradas con el que te podías mantener bastante informado de la actualidad historietística más mainstream, siempre que toleraras cierto humor pueril y una clara preferencia hacia todo lo que hiciera Marvel.

No todas las recomendaciones podían ser tomadas en cuenta y algunas "joyas" (de acuerdo a sus cronistas) se transformaron no en Santos Griales pero sí en piedras sagradas Shankara.

Una de estas piedras era un cómic llamado Three Fingers ("Tres Dedos"), que contaba la historia de un personaje de dibujos animados caído en desgracia. Su creador, Rich Koslowski, no intentaba ocultar que su Ricky Rat era Mickey Mouse, con pequeñas variaciones para distraer a los abogados de Disney.

Pasaron los años. Muchos años. Imaginen que Three Fingers ganó el premio Ignatz a Mejor Novela Gráfica en 2003. Un día Top Shelf anunció una barata en ComiXology y como siempre paro la oreja ante las promociones de cómics digitales, me enteré que este título había bajado temporalmente de 10 a 3 dólares. "Serás mío", dije mientras lo agregaba al carrito.

No pasa muy seguido que lea uno de estos títulos tan cerca de su compra, pero ocurrió que un par de días más tarde me encontré con mi tableta y con tiempo que hacer. "Serás leído", dije mientras lo abría en la aplicación.

Disfruté de su lectura, aunque una docena de años habían aumentado mis expectativas, que no fueron colmadas por completo. Estamos ante una buena novela gráfica, aunque el recurso se agote antes de llegar a la última página y la trama se apoye demasiado en un "misterio" que deja que desear.

A modo de documental televisivo, la cámara (la viñeta) comienza a entrevistar (mostrar) a protagonistas de la historia de Hollywood de antaño. Esto incluye una gran cantidad de dibujos animados, todos ellos parodias de los famosos Looney Tunes o los cortos de Walt Disney. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurría en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, aquí envejecen y terminan bastante decadentes.

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Las páginas se dividen entre los testimonios y lo que sería la "voz en off", grandes bloques de texto acompañados de imágenes no secuenciales, fotografías de la vida de los protagonistas, en especial Ricky Rat y Dizzy Walters. Conoceremos la relación entre ambos, que desembocó en importantes éxitos del cine y convirtieron a la rata en una estrella tan importante. Tanto, que sus recuerdos terminan convirtiéndose en un E! True Hollywood Story.

En un momento se menciona la existencia de "rumores" y luego los entrevistados hablarán de un "ritual". Alrededor de este secreto se construirá el resto de la historia, con otros cartoons que intentarán repetir la suerte de Ricky. Unos lo lograrán, otros no. ¿Tendrá que ver el famoso ritual? ¿Qué muestran las fotografías borrosas que se filtraron a la prensa?

Por la mitad del cómic descubriremos el misterio, que no revelaré pero que resultará obvio una vez que lo lean. Una vez que el gato salió de la bolsa, la historia vuelve a centrarse en las relaciones tumultuosas del protagonista y a las consecuencias de que el ritual se hiciera público.

El primero de estos elementos (las relaciones) es interesante, pero la parodia no logra despegarse demasiado de sus inspiraciones, tanto en la vida del actor promedio como a los dibujitos animados originales a los que refiere cada entrevistado. El segundo (el ritual) rinde un poco más, pero no logra captar tanto nuestra atención como cuando era algo oscuro y secreto.

Cuando llegamos a la última página (algo que en el cómic digital puede ocurrir de sorpresa, a diferencia del papel, cuyo remanente de páginas sentimos adelgazar con los dedos de una mano), queda la sensación de que aquel premio Ignatz fue excesivo. Se trata de una anécdota "simpática", bien contada, pero que en ningún momento tiene picos de grandeza. Menos que menos cuando nos acostumbramos a ese mundo y cuando nos revelan el truco.

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