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Minecraft

Por el Juegos

MinecraftComo desarrollamos en la última entrega de Ludopatía Congénita (¿no la leyeron? - ¿por qué? - ¿es que nadie piensa en los niiiiiños?), Minecraft, un videojuego independiente es de lo más interesante que salió en 2010. A continuación una reseña "en primera persona" de este juego revolucionario.

Minecraft está concebido como un sandbox absolutamente libre donde los jugadores no tienen más objetivo que la supervivencia o creación de las construcciones más elaboradas que puedan imaginar y coordinar. En esta breve reseña (en primera persona, como si de un FPS se tratase) voy a contarles mínimamente mi primera experiencia con el juego (que dura hasta ahora, ya que lo tengo abierto en una ventana y cada tanto en lugar de escribir mejoro un poquito mi choza... que ahora es un torreón).

La primera impresión que da Minecraft, más allá de lo agradable y perturbador de descargar un juego de alrededor de 400k (kBs, no mBs) de peso, no es demasiado memorable. Los gráficos parecen bastante primitivos y todo tiene una apariencia cuadrática, pero cualquiera que viaje regularmente en un ómnibus de CUTCSA estará acostumbrado a este panorama. Lo bueno de la mecánica similar a un FPS del juego es que permite meterse de lleno en la exploración y construcción de entrada, usando la combinación de teclas habitual para estos casos.

Varado en la isla, como arranca el juego, decidí recorrerla sin tener mucha idea sobre qué hacer. La exploración del lugar en el que estaba duró un un buen rato, por lo que pude apreciar flora y accidentes geográficos de lo más variados (así como vaquitas cuadradadas - chanchitos cuadrados - pollitos cuadrados y hasta árboles cuadrados y arena cuadrada). Acostumbrado a pegarle/dispararle a todo lo que se me cruza (¡qué mal que nos educan los FPS!) noté que con un simple click del mouse, una mano, que asumí correcta y brillantemente como mía, salía en forma de puño (cuadrado), golpeando lo que hubiese delante. El momento "eureka" se dio cuando decidí interponer ante mi puño un árbol, dándole flor de cachetada; siempre fui bastante estúpido, y me gusta reafirmarlo cuando juego.

Esta vez, el resultado fue bastante productivo, porque de esta forma pude conseguir bloques de madera (y un agradable sangrado caribeño en las manos). Feliz con mi hallazgo, junté todos los bloques de madera que generé y cuando accidentalmente le pegué al suelo mientras intentaba agarrar un bloque particularmente rebelde, ¡me di cuenta que el suelo también estaba hecho de bloques de tierra! Como podrán suponer, nunca me destaqué por mi inteligencia en la escuela. Contentísimo con mi descubrimiento, llené mis bolsillos con madera y tierra. Debo haber sido el hombre con los bolsillos llenos de mugre más feliz que recorrió esa isla.

El tiempo avanzó lentamente y el sol comenzó a ocultarse, para dar paso a una majestuosa luna (cuadrada). Terminé mi exploración por el día luego de escalar una montaña. Cuando estaba a punto de gritar "I'm the King of the World!" (cosa que hago cada vez que estoy parado en una montaña en la vida real), miré por un segundo al suelo... para darme cuenta, aterrado, que varios esqueletos, no-muertos y arañas gigantes habían decidido salir de sus escondrijos para darme la bienvenida transformándome en una especie de desayuno nocturno. Luego de gritarles varios improperios, utilicé la táctica más valiente que conozco: me escondí bajo una piedra. Los bloquecitos de madera me hicieron compañía toda la noche. Así sobreviví de pura suerte. La cobardía, señores, siempre paga.

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Al amanecer, como me veía venir la siguiente noche, intenté construir algo con toda esa madera (¡para algo me gané los tajos en las manos, carajo!). Ensayando distintas variantes, me di cuenta que podía combinar estos bloques en una especie de inventario interno que tiene el personaje y así construir artilugios complejos. Para mi deleite logré así construir un banco de carpintero, una de las cosas más hermosas que vi en toda mi vida (en el juego). Claro, el problema fue que armé el banco en la cima de una montaña, lo que iba a imposibilitar el flujo de pedidos si me decidía a dedicarme al oficio. Por esta razón, decidí bajar la montaña (con un saludable miedito) y construir otro banco de carpintero en una caverna con pinta acogedora (chistes fáciles sobre cuevas oscuras acogedoras, abstenerse).

Con el banco de carpintero pude ensayar nuevas combinaciones de bloques en el inventario expandido que proporciona. A partir de ahí todo fue más fácil; pude hacer planchones de madera, puertas, ventanas, así como herramientas de todo tipo (palas, martillos, serruchos, espadas, arcos y flechas). Con todo este arsenal pude además empezar a excavar piedra y generar así bloques de otros materiales diferentes, que me hicieran ver un poquito más valiente y menos lamentable (el recuerdo de andar por todos lados con armadura y espada de madera todavía me hace sentir quijotesco). Además, pude lentamente hacerme una cabañita, el sueño del pibe. "De acá al barrio privado no paro", pensé.

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El tema es que durante la noche, mientras las criaturas se agolpaban al otro lado de la puerta de mi cabaña, mucha cosa no tenía para hacer (la opción "construir un mazo de cartas", como para jugar un buen solitario, no está habilitada). Aburrido, decidí hacer lo que cualquier persona sensata con un pico que está encerrada en una cabaña puede llegar a hacer: agujeros en el suelo. Lentamente, empecé a excavar en la montaña (recuerden, no estaba en la cima, sino que bajé unos metros para poder llegar a mi cabaña más facilmente).

El problema surgió cuando me di cuenta de que no tenía luz ni forma de volver; se ve que la noción de "escalera" se me escapaba en ese momento. La sensación de estar encerrado a oscuras mirando un cuadradito de luz muy arriba es bastante sofocante, por lo que empecé a excavar como loco hasta que salí a la superficie. El tiempo había pasado y ya era de día. Al avivarme acerca de cómo construir antorchas (con carbón y madera, cosa que constaté luego de romperme la crisma contra el suelo durante una caída poco feliz), la cosa se encaminó mucho mejor: así pude excavar mucho más tranquilamente, hasta llegar al corazón de la montaña.

Para este entonces, ya había logrado fundir hierro, procesar carbón, construir todo tipo de herramientas, cosechar un campito atrás de la cabaña... tenía una vida feliz en mi islita perdida en el medio de la nada. El problema fue que de tanto cortar madera, me quedé sin nada. Por esto me di maña para hacer un botecito y navegar a otra isla, donde pude aserrar a gusto y placer. Contento con el hallazgo, regresé a mi isla original y decidí continuar con la excavación subterránea.

De tanto excavar durante la noche, llegué al centro de la tierra (literalmente) donde corría un río de lava. Lo lindo fue encontrar, además del oro y las esmeraldas que pude recolectar, la fuente y origen de todas las critaturas que me habían acosado noche tras noche, y tener para defenderme una miserable espada de madera...

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No quiero seguir aburriéndolos con más relato de mis incursiones por el Minecraft. Vale la pena, realmente. Lo más jugoso del juego sale a la luz cuando varios jugadores deciden construir cosas en forma coordinada a través de un mismo servidor. Ahí la magia de este sandbox permite liberar a la mente de restricciones y armar proyectos de los que jactarse por años en cuanto foro de Internet exista. Amplísimamente recomendado.

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