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De Hitchcock, búsquedas y encuentros

Por el Libros

De Hitchcock, búsquedas y encuentrosSi me permiten la intromisión, bajan las luces (ambiente, no recomiendo la lectura de monitores apagados) y soportan mis desvaríos, déjenme contarles una historia. Sin clímax o dramatismo, con poco más que la necesidad de exorcizar una secuencia de acciones que tengo grabada en el pecho.

Si no me lo permiten, pido disculpas por no poder auto-implotar la nota ante la falta de consentimiento externo. Aconsejo cerrar los ojos o dar click en alguna otra zona del portal.

Soy un ratón de biblioteca con pretensiones de campo (por el lado de la investigación). Si existe una tarea a la que me dedique con más pasión que a la caza, pesca y recolección de libros, no se me ocurre en este momento, o el polvo de alguna de las pilas de libros al costado de la computadora me impide recordarlo. A pesar de las facilidades establecidas por el comercio en línea, ese que la “gente de arriba” se acordó de flexibilizar durante estas últimas semanas (supuestamente), hay algo atávico, casi salvaje, en la búsqueda y rastreo de libros particulares.

Por supuesto, como en casi toda actividad humana, hay una gran dosis de suerte en el camino de la tinta. Nuestro entorno cultural, que tiende a mirarse el ombligo autorreferencialmente de manera frecuente, ignora la existencia o valor de publicaciones de género consagradas a nivel internacional. Suerte en pila para conseguir “The Roadside Picnic”, alguna obra de China Miéville o “La Guerra Interminable” de Haldeman, por citar ejemplos concretos de búsquedas de mis últimas semanas. De todas formas, la esperanza es lo último que se pierde (en realidad, prefiero perder otras cosas antes; ser un cadáver esperanzado sería poético pero inútil, por ejemplo).

Esta búsqueda tiene más sentido si es realizada en forma regular. En mi caso, la feria de Tristán Narvaja se ha vuelto un lugar de referencia para esta búsqueda de algo que quiero tener pero que la mayor parte de las veces no sé ni qué es. No estoy corto de material, precisamente, pero en las bateas y estantes polvorientos de los lugares más recónditos del Imperio de los Mosqueteros (y no me refiero a las armas de fuego, precisamente) uno encuentra tesoros impensables, a precios que hacen gala de la ignorancia absoluta de su valor real por parte de quienes marcaron el precio orginalmente.

(Por supuesto, a veces hay cada pedazo de estiércol de bóvido o de guano de murciélago marcado a precio de oro… los golpes que tiene que soportar el corazón).

De Hitchcock, búsquedas y encuentrosEl domingo pasado me encontraba recorriendo la feria con ánimo desconfiado (mi estado natural), tratando de encontrar dos o tres obritas de ciencia ficción y/o fantasía que tenía esperanza de descubrir en algún lugar camuflado de venta de libros. Mientras admiraba las ediciones viejas de la saga de “Conan” en español, esa de la que me deshice en un momento incomprensible, para terminar sustituyendo las portadas de Frazetta por dibujos correspondientes a la adaptación de cómic (cuestión de la que todavía me arrepiento), presencié un intercambio muy llamativo.

O dos intercambios. O tres, quizás.

Paso bastante tiempo en librerías, como les contaba.

Al poco rato de estar revolviendo cajones, entró al lugar en cuestión una niña que más de 12 o 13 años no tendría. “Disculpame, estoy buscando el primer libro de la saga ‘La Materia Oscura’, creo que se llama ‘La Daga’, ¿lo tenés?”. La encargada en cuestión, de mala manera, buscó en una computadora vetusta en lo que supongo sería una base de datos, para terminar contestando en tono monocorde “está; no lo tenemos acá; 350 pesos”.

“Gracias”, fue la respuesta cortada y desestimulada de la niña en cuestión, que partió rauda y veloz, casi seguro a destinar el dinero para tal compra en alguna otra cosa más conseguible. Ni que uno pudiese andar soñando con poder comprar los libros que quiere, habrase visto.

Soy de cólera fácilmente despertable. No soy un loco suelto, pero me indigna la falta de atención y dedicación de gente que no se da cuenta que al estar desestimulando a alguien que puede estar buscando un libro en particular, puede llegar a estar matando, de poco, despacito, suavemente, a un nuevo lector-lectora. Phillip Pullman escribió “La Materia Oscura” para consagrase como autor fantástico, a través de una saga que le valió hasta una adaptación cinematográfica (“La Brújula Dorada”, versión con Daniel Craig y Nicole Kidman de poco éxito de taquilla). “La Daga”, ya que estamos, no es el primer libro de la saga, sino el segundo, ya que la historia se inicia con “Luces del Norte”.

Revolviendo 30 segundos, encontré en la zona “de bolsillo” cada uno de los tomos a 100 pesos. Por menos del precio al que le estaba ofreciendo el segundo tomo (que agradezco que la niña no haya comprado, so pena de abandonar la empresa de leer esta serie por confusiones varias, entre ellas las nacidas en la falta de información de la vendedora) podría haber conseguido la saga completa.

Cuando estaba por dirigirme a la encargada en cuestión para hacerle notar el hecho, presencié otro evento de lo más interesante. Un muchachito de apariencia extremadamente humilde, que tendría unos 11 o 12 años, se dirigió a la misma mujer malhumorada a cargo, con un discurso de lo más inusual para lo que uno está acostumbrado en niños de esta edad.

“Disculpe la molestia, señora. Estoy buscando libros de Alfred Hitchcock, de esos que tienen investigaciones y finales varios. ¿Tendría alguno a disposición? Gracias”.

La respuesta de la encargada, además de la mala gana ya demostrada para con la niña anterior, se cargó de desconfianza, seguramente nacida de la apariencia del muchacho. No obstante, se fue al fondo de la tienda, para volver con uno de los tomos de esta serie en manos, diciéndole “son 50 pesos” con cara de semi-asco.

“No me alcanza el dinero”, contestó el muchacho con cara de consternación y visible tristeza.

A esta altura me quedaban dos opciones: estrangular a la doña en cuestión y pasar una cantidad importante de días de mi vida en Santiago Vázquez, o dejarla pasar y salir del local en cuestión, ya que el tiempo se me estaba acabando (tenía un par de compromisos que cumplir en el medio). Opté por esto último, seguramente movido por la certeza que me provoca saber que en una cárcel terminaría siendo la novia del preso más peludo de todos, y siendo alérgico al cabello, me pasaría años con zarpullido en el… cuello.

Para ser honesto, confieso que terminé haciendo lo que habitualmente hacemos todos (o casi todos), vos que estás leyendo esta historia, el que tenés al costado mirándote mal por estar leyendo en horario de trabajo, el otro que está leyendo la sección deportiva del diario en línea con cara de “pero yo SÍ estoy trabajando”: me di media vuelta y lo dejé pasar.

Miré para el costado.

Recorrer la feria en búsqueda de mis griales personales tiene un efecto sanador en mi cólera interna. Un par de horas después, me encontraba más tranquilo, con un par de libros recientemente adquiridos en la mano y voluntad de regresar a casa a dejar mis nuevas adquisiciones en su lugar asignado, en una de mis bibliotecas.

De camino a mi hogar, me sorprendió una escena que no esperaba. El muchacho del libro de Hitchcock, sentado en el suelo congelado, frente por frente a la librería donde lo habían tratado tan miserablemente, parecía finalmente haber conseguido el libro. Se encontraba semi-acuclillado en la calle, aterido de frío (las sensaciones térmicas de casi cero grados, al viento en invierno, no ayudan a disfrutar de nada que se haga a la intemperie), leyendo el libro anhelado mientras tiritaba. A su lado se sentaba, con niveles comparables de frío, quien probablemente fuese su hermano menor, leyendo un cómic (no pude llegar a ver cuál), con una túnica escolar sucia y gastada como único abrigo ante los rigores del clima. A su lado su madre, humilde, pendiente de sus hijos, vendía no se qué a los transeúntes, con gesto cansado y doblado por el viento congelado, por más que siempre mostraba una mirada atenta ante lo absorto de sus hijos en sus respectivas lecturas.

No sé cómo consiguió el libro este chiquilín. No sé si su madre, quien seguramente debió llevar a sus dos hijos a la feria de madrugada para armar su stand, careciendo de apoyatura para cuidarlos. Sé que puedo estar fabulando, pero mis procesos responden a la naturaleza de una mente configurada para disfrutar, procesar y crear distintas ficciones. La realidad de estos niños, de todas formas, era demasiado cruda para ser ficticia. Lo sorprendente es que, a pesar de una existencia claramente comprometida a nivel económico y un entorno  lo suficientemente crudo como para no ser demasiado conducente a meterse de lleno en mundos ficticios, ambos se las habían ingeniado para encontrar material de lectura, que disfrutaban con una sonrisa en sus labios azules por la inclemencia del tiempo.

En ese momento pensé en muchas cosas. Los lectores sabemos que, como dijo alguno por ahí, leer nos permite vivir varias vidas, no sólo la que nos toca vivir. Somos periodistas, investigadores, amantes, asesinos, guerreros, cobardes, reyes y mendigos. Somos mucho más de lo que somos, y a través de esta encarnación y traslado a la página escrita, cambiamos profundamente. El poder transformador, purgador y enaltecedor de la lectura nos permite obviar las miserias de la vida, disfrutar de situaciones que quizás no lleguemos a experimentar nunca en carne y sangre propia, y enriquecer nuestra conciencia con la expansión de nuestros horizontes internos.

Elijo creer que este niño encontró en la encargada de la librería una veta de humanidad que le permitió a esta regalarle el libro, a pesar de no contar con el dinero suficiente. Elijo creer que el niño no tuvo que renunciar a un plato de comida o a otro beneficio básico para poder leer algo que quería disfrutar. Elijo creer que su madre no tuvo que escarbar en su bolsillo para darle la oportunidad de escaparse, enriquecerse, crecer y cambiar a través de las páginas del libro deseado.

Elijo creer, pero algo de irresponsabilidad y “dar vuelta la cabeza” hay también en esta creencia. Soy cínico y desconfiado, pero la naturaleza humana poco ha hecho para corregirme mis concepciones.

La lectura nos eleva y debería estar disponible, fácilmente, para cualquier persona. 50 pesos no son nada para algunos de nosotros, muchísimo para otros. Existen las bibliotecas públicas, los espacios de lectura, los rincones de libros en las escuelas donde las maestras dejan alma, vida y corazón en aras de fomentar en sus alumnos el placer por las páginas de una novela (sé de lo que hablo porque lo veo regularmente).

De todas formas, no es suficiente. Nunca es suficiente.

Regalar libros es, a mi juicio, uno de los mejores actos que puede realizar una persona a otra. Hay tantos libros ya leídos o sin leer en mi biblioteca que me da vergüenza acumularlos y no destinarlos a alguien que realmente los aprecie, que pueda valorar lo que dan, lo que exigen, lo que otorgan.

Seré un cínico, pero en el fondo de mi corazón tengo cierta esperanza. La lectura es uno de los dones más maravillosos que desarrollé y me fueron legados en mi vida, y fomentar su expansión es no sólo un placer, sino una obligación moral.

Por lo menos, tengo esperanza de que el fin de semana que viene pueda volver a la feria y encontrarme con esa familia de lectores en potencia. No puedo hacer mucho para cambiar su situación, pero puedo apoyar desde el lugar que tengo, de la forma que sé, con las herramientas que poseo. Tengo muchos libros que disfruté en mi infancia que están pidiendo ser leídos por nuevas generaciones y este niño me recordó (como si necesitara recordatorios, a esta altura) el poder que tienen los libros para hacer llevaderas y ayudar a sobrevivir épocas durísimas.

Ser un mínimo factor que ayude en este proceso puede recomponerme mínimamente el corazón, magullado por las injusticias que uno presencia diariamente.

Tengo esperanza de volver y encontrarme con estos dos niños maravillosos, para regalarles unos cuantos libros que tengo archivados y que merecen mejor destino que juntar polvo en una biblioteca.

Después de todo, si tantas sonrisas me dieron a través de los años, trasladar ese disfrute a la cara manchada de mugre de un niño de un entorno empobrecido, ayudándolo a creer, a soñar, a crecer y a saber que siempre se puede lograr lo que uno sueña, puede ser el mejor regalo que le haga a otros en mi vida. Y sabemos que regalar, también, enaltece al alma, la ayuda a dormir en paz durante las noches de tormenta.

Al final del día, las búsquedas de griales personales son importantes y tienen mucho sentido para el corazón.  Si transformamos esta búsqueda en un camino que desemboque en una sonrisa de un niño, el proceso tiene aún mucho más valor.

Ojalá ese niño esté en su casa, en este momento, disfrutando de ese libro. Ojalá, en menos de una semana, pueda estar disfrutando muchos libros más, que pude disfrutar a lo largo de los años.

Ojalá.

Después de todo, la esperanza es lo último que se pierde.

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