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Embassytown

Por el Libros

EmbassytownLa penúltima novela de China Miéville, “Embassytown”, engalana la mayoría de los listados de premiación de 2011 de ciencia ficción. Una novela futurista centrada en el lenguaje, así como las distancias y acercamientos que este provoca. ¿Está justificada tanta alabanza o son meras palabras?

EmbassytownVoz. Independencia. Verdad. Gobierno. Ciudad. Amor. Viaje. Guerra.

Palabras.

Las palabras, estimados lectores, nos ayudan a consignar y definir la realidad. Concebimos el mundo en términos lingüísticos, ajustamos nuestra percepción de lo que es externo a nosotros en función de los sonidos combinados que asignamos a cada cosa. Decir que nuestros sistemas lingüísticos muestran, en consecuencia, como concebimos lo que nos rodea, es una obviedad (inserte el obligatorio “los esquimales tienen chiquicientas formas de decir ‘blanco’ e ‘hielo’ en su lengua”).

¿Qué tiene que ver todo esto con “Embassytown”, la penúltima novela de China Miéville? Todo a su tiempo (otra palabrita que inventamos para definir percepción secuenciada de sucesos; la simultaneidad también tiene su rol en esta historia, les pido un voto de confianza).

Para los despistados que no tengan idea quién diantres es China Miéville, permítanme exonerarlos: nada que disculpar. Las distribuidoras locales se caracterizan por casi no haber traído a estanterías libros de una de las voces jóvenes de la ciencia ficción (sólo se consigue, si mal no recuerdo, “Concilio de Hierro” en edición de la Factoría de Ideas, segunda novela del ciclo de Bag-Las). Lo lamentable del tema es que estamos hablando de una de los autores más importantes de fantasía – sf de la actualidad. Miembro de un movimiento trotskista británico, profesor universitario de línea marxista, es el autor de obras tan galardonadas como “Perdido Street Station”, “The Scar”, “Iron Council”, “King Rat”, “The City and the City” y la reciente “Railsea”. Ganador de premios Arthur C. Clark, British Fantasy, World Fantasy, Hugo, Locus y cuanta cosa haya en la vuelta, parece que todavía no lo hemos “descubierto” en nuestra zona horaria. Una verdadera pena, una situación que empobrece nuestro menú de opciones literarias fantásticas disponibles.

(Según El Penitente, China sería el individuo adecuado para interpretar a King Mob en una eventual adaptación de “Los Invisibles”; coincido con el juicio y me parece acertadísimo, pero no se lo cuenten para que se mantenga humilde, como nos gusta a todos).

Miéville es considerado una de las figuras más importantes del “new weird”, por más que ha manifestado reiteradamente que pretende escribir una novela dentro de cada género existente. De esta manera, por ejemplo, “The City and the City” sería una novela noir-policial, “Railsea” algo orientado a jóvenes adultos, y “Embassytown” su producción más cienciaficcionesca pura. Miéville, un fanático de la ciencia ficción y fantasía confeso, pretendió desde el arranque distanciarse de la obra de clásicos como Tolkien, a los que considera “reaccionarios”. Como otros escritores consagrados, tuvo sus orígenes narrativos (así sea desde la oralidad con amigos alrededor de una mesa) con Dungeon & Dragons, siendo jugador por años de RPGs. Hoy en día escribe de todo, con esa concepción de “una novela por género” como norte.

Como mencionábamos, “Embassytown” es su novela de ciencia ficción más pura, una obra que figura en casi todos los listados de premiación del 2011. Es un libro intrigante, insidioso (en el sentido de quedarse alojado en la cabeza del lector un buen tiempo después de finalizado, cual un parásito de ideas), apasionante y absolutamente original.  He visto por ahí a “Embassytown” catalogado de cualquier forma, desde romance planetario (de lo que no tiene absolutamente nada) hasta ciencia ficción “dura”, pero en realidad podríamos definirlo como un híbrido entre space-opera, ciencia ficción dura y un toquecillo de new weird.

La figura central de Embassytown (al menos, una de las dos presencias más tangibles de la novela) es Avice Benner Cho, una habitante de la ciudad que da nombre a la novela, a través de la cual observamos desarrollarse una trama que abarca el análisis político, la exploración, la guerra, al contacto intercultural y el entendimiento-desentendimiento mutuo que provoca. La otra voz permanente, silenciosa, implícita e inmanente, pertenece a los pulsos internos del “Pueblo de la Embajada”, esa ciudad incrustada en medio de un planeta en el borde del universo conocido. “Embassytown” pulsa y vibra con características tan definitorias que se vuelve un personaje más de la novela. La construcción de mundo de Miéville es sencillamente impactante, dándole a este enclave una personalidad fuerte que domina la tónica de la narración resultante.

EmbassytownLa narración se desarrolla en primera persona, a través de Avice Benner Cho, quien describe sus años de infancia en Embassytown, su salida al “out” (el exterior planetario) y la exploración de otros entornos, para terminar regresando, eventualmente, a sus raíces. La descripción por tramos se puede volver compleja, por la tendencia estilística de Miéville a incorporar vocabulario específico al estilo neologismo sin definirlo previamente. Presenciamos entonces sucesos que ocurren a partir de la llegada de “miabs” recién salidos del “immer” que atraviesa al “out”, generando crisis que experimentan humanos y “exots” por igual.

Si me preguntan, este enfoque de “construcción de mundo” desarrollado en paralelo absoluto con la narración, a partir y desde la terminología misma y sin paradas expositivas explicativas, es un enfoque más que disfrutable en este tipo de obra. Cuando un autor para 10 páginas para explicarme cómo son las cosas me siento, por lo general, aburrido en mi capacidad de lector, embolado en mi capacidad de ser paciente, y defraudado en mi calidad de decodificador. Las elecciones y creaciones léxicas de Miéville son más que adecuadas para transmitir el entorno de una humanidad futura.

Para ejemplificar, el término “exot” es perfectamente descriptivo de esta opción estilística: no cuesta mucho ver el paralelo con “extraterrestrial”, o extraterrestre, que se transformaría en algo así como “exoterrestre”, pero el apocopado lo acerca más a la idea de “exotic”. Por tanto, la palabra termina siendo un vocablo casi perfecto para definir a razas alienígenas.

De igual manera, los años se miden en kilohoras (simplemente porque cuando el homo diáspora se expandió por el universo, los años solares dejaron de tener sentido), el universo da señales de ser el “tercer universo creado”, etc. Un entorno magistral, esbozado con pinceladas que obligan al lector a cubrir los huecos con participación imaginativa propia. La prosa de Miéville, densa en medida justa para enriquecer cada descripción con la dosis justa de verborragia, construye el paraje biomecánico futurista del planeta y la ciudad en la que se desarrolla la mayoría de la novela.

Se ha criticado un poco el tono despojado y a veces ascéptico de Avice Benner Cho como narradora, cuestión infundada, ya que su voz obedece a sus características personales como viajante del immer y “floaker” (término acuñado). Digamos que Avice es alguien con cierta distancia y distorsión ante los hechos, extraña en su calidad de persona que “fue y volvió”, y particular por lo que representa para el Lenguaje.

La narrativa, al principio de la novela, resulta fracturada entre capítulos que muestran el “antes” y el “ahora”, en una intercesión alternada que puede despistar a veces al lector poco atento.  De todas maneras, a mi juicio, “Embassytown” es un éxito absoluto de estilo, forma y lenguaje, con ningún elemento dejado al azar. No hablamos de lectura fácil ni de un “pasapáginas”, por la densidad de lenguaje y construcciones que elige conscientemente Miéville. Su prosa elegante, lejos de ser barroca, demanda atención del lector. No tendrá más de 300 y pico de páginas, pero se siente como si fuese de mucho más. Miéville pasa por nanotecnología, culuras en contacto, modificaciones genéticas, dimensiones alternativas, remanentes arqueológicos de universos destruidos y demás sin derramar una gota de sudor y sin explicación excesiva, con una elegancia realmente envidiable. La sensación que brinda es la de estar ante algo vivo, orgánico, que respira y vive (tal cual las casas de los Ariekes), disfrutable en tanto exige del lector pero da mucho a cambio.

Centrémonos ahora en el hilo argumental principal de la historia. Como todo niño de Embassytown, Avice siente un respeto profundo por la raza alienígena nativa del planeta Ariekes, donde se encuentra el enclave político de esta embajada del planeta Bremen. Estos alienígenas, los “Host” (los “anfitriones”), son una raza absolutamente particular. Uno de los mayores logros de China pasa por crear entidades alienígenas realmente extrañas, particularmente difíciles de comprender en su alejamiento absoluto con respecto a nuestros parámetros biológicos y culturales. Más allá de una fisionomía que recuerda a una cruza de los insectoides de “Starship Troopers” con algo más crustáceo – artrópodo, Miéville no se queda en lo superficial cosmético y desarrolla in extremis la alteridad entre razas centrándose en un elemento fundamental, el lenguaje. La lengua de los Host es realmente sorprendente, extraña y fascinante a la vez.

EmbassytownPara entenderla, hay que entender un elemento fundamental de cualquier lengua. Una característica constatable de las distintas lenguas de la humanidad es la polisemia. Una palabra, al ser un constructo más o menos arbitrario en su asignación imagen sonora – objeto, tiene muchos significados posibles, no solamente uno. Si hablamos de “gato”, en nuestras tierras, podemos estar hablando de los simpáticos felinos, el baile raro que encaraban los gauchos copeteados, o las damas que pueblan numerosos programas de farándula argentina en cantidad siliconadamente voluptuosa.

Imagínense que una palabra no pudiese tener más que un solo significado. Que esa palabra sólo pudiese referise a una cosa, exclusivamente a esa cosa y nada más.

Imagínense lo que haría eso con nuestras nociones de “verdad” y “mentira”. Y con nuestra capacidad de referencia, por supuesto.

El tema de las referencias es fundamental para entender las características psicolingüísticas de los Ariekes. La concepción del mundo de una raza de esta naturaleza es absolutamente distinta a todo lo que podamos concebir. El hecho de que tengan dos aparatos vocales distintos con los que producen una sola voz sincronizada, no hace las cosas sencillas, tampoco.

Como podrán imaginar, el contacto entre razas provoca todo tipo de desentendimientos. Cuando comienza la novela, la situación política es más o menos estable, con una avanzada humana en esta colonia única y perdida en el “immer”. Embassytown tiene una relación fluida con los Host, establecida a través de (sorprendentes) mecanismos de comunicación dominados por Embajadores, quienes encabezan intercambios económicos (los Ariekes dominan formas exclusivas a este mundo de biotecnología, con la que crían verdaderas ciudades vivientes, con edificios orgánicos, herramientas pensantes y cunas de nacimiento para objetos de uso cotidiano), culturales y sociales.

Uno de estos intercambios se centra, a comienzos de la historia, en Avice Benner Cho, que se transforma a raíz de eventos significativos en un ítem del Lenguaje (con mayúscula) de los Host, un “símil”. Efectivamente, el papel fundamental que cumple la muchachita en su juventud es el de ser una figura del lenguaje de los Ariekes. Qué implica esto, se los dejo a ustedes para descubrir.

Este contacto auspicioso abre posibilidades futuras insospechadas para Avice Benner Cho, que le permiten eventualmente explorar el immer que conecta planetas de este “tercer universo” sin que premien las distancias. A veces, para ver lo que tenemos, no hay más remedio que alejarse y volver, cuestión que ocurre con la muchachita. Su regreso a los pagos natales antecede a una crisis política, social, cultural y (por qué no) lingüística, de proporciones tales que sólo puede conducir a la reformulación, desesperación, esperanza, guerra y/o aceptación (en partes iguales o encontradas, como los dejo para explorar en la novela).

Son muchas palabras, pero de palabras, precisamente, trata “Embassytown”.

Como podría esperarse, la resolución de la historia toca los temas fundamentales que obsesionan a Miéville desde un punto de vista político, cultural y lingüístico. La novela alcanza un punto de resolución que deja reflexionando al lector sobre numerosos vectores de análisis, sin abandonar por ello el retrato vivo de dos sociedades que no se comprenden completamente entre sí (como si eso fuera posible de lograr). Esta incomprensión tiene consecuencias irrevocables para las vidas de las naciones y de los individuos, minúsculos en su relativa falta de importancia, pero toda buena avalancha empieza con una piedrita (o cascote grande, en este caso).

Como demuestra Avice, algunos de esos movimientos sísmicos sociales y culturales pueden cambiar irrevocablemente la concepción intrínseca de “ser” de una raza. El contacto entre entidades realmente distintas, conceptual e intrínsecamente incomparables, provoca conflictos, crisis, resoluciones y pequeños apocalipsis personales y sociales. “Embassytown” explora esta temática magistralmente, desde el ángulo fundamental de la conceptualización lingüística de la realidad, como sólo pueden hacer las grandes novelas de ciencia ficción.

No lo duden: estamos ante una novela impactante, seminal, ineludible. Desconozco si hay versión en español en curso, pero se las recomiendo con la mayor de las vehemencias.

Mi recomendación de corazón será solo palabras, pero a fin de cuentas, palabras es todo lo que tenemos.

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