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Los Magos (Lev Grossman)

Por el Libros

Los Magos (Lev Grossman)Si tomásemos la magia de Harry Potter y le agregásemos el universo alternativo de Narnia con su mundo fantástico al otro lado del ropero, el resultado debería maravillarnos y sorprendernos. En “Los Magos”, sólo acentúa el vacío interior del protagonista. Enterate por qué, a continuación.

Los Magos (Lev Grossman)Hacia la mitad de la novela “Los Magos”, de Lev Grossman, un personaje importante de una academia mágica (al mejor estilo Hogwarts), una especie de análogo del Dumbledore de Harry Potter (aunque con tendencias a la borrachera y un descreimiento profundo hacia su profesión de hechicero), reúne a los nuevos egresados para confesarles su sospecha: la magia funciona solamente porque los practicantes son profundamente infelices.  La realidad, por definición, implica una serie de eventos, personas y situaciones que no podemos cambiar tan solo con palabras y gestos. Las personas capaces de hacer magia, de acuerdo a su óptica, caen en un error del sistema y no son capaces de congraciar esta falta de correspondencia intención-efecto, por lo que pueden afectar el exterior con su pensamiento.

Según el decano Frogg, los magos encuentran la energía para sus hechizos en su tristeza irreparable.

Si quieren un buen resumen de esta maravillosa pero desoladora novela, el párrafo anterior encarna mucho de la temática y forma que adopta Grossman en esta propuesta. La hipótesis del mencionado decano no necesariamente es verdad, ni implica arruinarles ningún secreto de una novela que evita centrarse en verdades absolutas. Pero no nos adelantemos, porque todas las cosas, aún las más mágicas, tienen un orden y un momento.

El protagonista principal de “Los Magos” es Quentin Coldwater, un muchacho desencantado con la vida en un Brooklyn que aparece más gris y desolado de lo que ningún visitante ocasional puede llegar a experimentar (mi estadía de un mes en este borough no me transmitió en absoluto esta imagen, pero esta conceptualización oscura apunta a uno de los temas centrales de la novela). Quentin sueña constantemente con una vida diferente y encuentra en una serie de libros fantásticos, centrada en el mundo imaginario de Fillory (un explícito homenaje a Narnia), una escapatoria a la aridez de la realidad sin objetivos (¿les suena?).

La vida de Quentin cambia rotundamente cuando es admitido, sin buscarlo de antemano, en una universidad mágica. Parece que el muchachito tiene aptitudes para algo que, a fin de cuentas, es real, contra todo pronóstico: la magia. La academia de Brakebills, como podrán imaginar, es sumamente exclusiva y toda clase de maravillas son posibles en su interior. ¿Qué ocurre, entonces, cuando a pesar del tiempo rodeado por magia extraordinaria, el vacío interior del individuo sigue estando, no se aliviana? ¿Cómo reaccionar cuando lo sobrenatural se vuelve mundano y repetitivo y, eventualmente, aburrido?

¿Qué ocurre cuando todas las fantasías que más de uno albergamos en algún momento sobre mundos imaginarios se tornan realidad y sigue sin alcanzar para llenar el vacío interior que a veces genera la vida?

Decir que “Los Magos” es una novela con altas dosis de nihilismo es ser justo en su caracterización. Sin embargo, Grossman no cae en facilismos melodramáticos para encarar el desarrollo de sus personajes. En sus miserias y aciertos, los individuos que pueblan estas páginas son profundamente humanos en sus actitudes y errores. No hay caricaturas, sólo distintas cantidades de paisaje interno monocromático-sepia, resistente al sentido de la maravilla. Esa actitud, convengamos, tiene algo profundamente humano (por más desesperante que sea): ante nuevos estímulos poco anticipados, la sensación de deslumbre va dando paso lentamente al acostumbramiento y eventualmente al tedio. Sin embargo, en el interín, luchamos, conectamos, buscamos crear puentes, con los puños cerrados para que no se note que no tenemos más que aire estancado en su interior.

Los Magos (Lev Grossman)Quentin hace todo esto y más: vive, crece, ama, traiciona, aprende, demuestra no haber aprendido nada, tiene éxito, fracasa y se descorazona. La magia es real pero a veces parecería que no alcanza. Hay muchas diferencias entre “Los Magos” y “Harry Potter” – “Las Crónicas de Narnia”, por más que la novela está estructurada en forma de homenaje-deconstrucción de las mismas. Las referencias (explícitas, ya que en el mundo de Quentin existe la saga del mago miope, por ejemplo, así como la del Señor de los Anillos y demás puntos de referencia de la literatura fantástica) son constantes y le dan un aire de verosimilitud particular. Brakebills toma vida en el relato de Grossman, así como Alice, Elliot, Janet, Josh, Penny, Julia y demás cast secundario que realza el camino de Quentin, antihéroe desencantado y apático si los hay. En realidad, como bien dice George Martin en el extracto de portada, la equivalencia daría que “Harry Potter” es a una taza de té lo que “Los Magos” es a un vaso de whisky.

La propuesta de Grossman tiene ingenio, ritmo, pesadumbre y tristeza con destellos de esperanza y alegría. Sin embargo, la desoladora desmotivación que plaga a las generaciones que nacen, crecen, se reproducen y mueren en nuestro sobrepoblado planeta, permanece siempre amenazante en el fondo de la historia, informando, destruyendo y permitiendo terreno fértil para el crecimiento de nuevas personalidades.

“Los Magos” es un libro monumental, verdaderamente concebido para tocar temas de relevancia para el paisaje interno de los seres humanos de nuestros días. Una novela desencantada, con espacio para la esperanza, para una generación (o varias) desencantada. El estilo de Grossman, por momentos lírico en esa prosa oscura y opresiva que caracteriza la obra, es perfecto para traducir las sensaciones buscadas en el alma-aparato decodificador del lector.

En última instancia, una novela que versa sobre la aceptación de la vida, ya que por más que huyésemos al rincón más recóndito, fantástico y anhelado del multiverso, nunca podemos escapar a nosotros mismos, a nuestros miedos y debilidades. Brooklyn es un lugar hermosísimo, así como lo podrían ser Brakebills o el mismo Fillory, pero si el yermo interno persiste, el mundo es gris. El mensaje, si bien contundente y demoledor, promueve la aceptación de la baraja con la que nos tocó jugar y el espacio para la ensoñación y la fantasía.

Una novela fundamental para cualquier lector de fantasía, recomendable sin restricciones.

Un dato adicional: hace cuestión de un mes, Grossman publicó una continuación (a pesar de que la novela funciona bien como unitaria, en tanto fue concebida de esa forma al momento de publicación, previo a su éxito de críticas y ventas). Se consigue en idioma español en librerías del medio (así la compró y leyó un servidor) y la edición española cuenta con un truquito en la tapa que, al conectarse con una computadora, genera un artilugio entretenido. Mi ejemplar está mal cortado (uno de los bordes, en lugar de ser recto, está combado en una L estirada), pero ninguno de estos detalles arruina la experiencia de lectura.

La vida es un poco así, la de un mago o un hombre bien mundano: los bordes, por más torcidos que estén, no tienen que impedir el disfrute del conjunto.

Absolutamente recomendada. Diez varitas mágicas sobre diez.

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