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Tales from the Crypt

Por el Miscelánea

Tales from the CryptLlega Halloween y nuestro cronista en tierras en donde esta celebración pega todavía más que acá decidió enfocarse en los famosos Cuentos de la Cripta, nacidos en las páginas de EC Comics y recordados por el famoso anfitrión esquelético y risueño.

Hablar de Tales from the Crypt es sinónimo de muchas cosas. Los más jóvenes quizás recuerden aquella antología televisiva con un anfitrión esquelético y putrefacto que daban en Canal 4 y en el cable. Pero mucho antes de eso, TFTC fue un cuidado y admirado cómic de terror de principios de los ’50, que asimismo tuvo un papel importantísimo en la evolución del noveno arte y la creación del polémico Comics Code. Con motivo de Halloween, me pareció una buena idea abrir mi cripta personal (tranquilos, sólo la de cómics, libros y DVDs alusivos) para repasar la historia de todo un fenómeno.

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El origen de TFTC está intrínsecamente ligado al inicio de un nuevo medio, tan puramente estadounidense como el jazz y el stand-up: el comic book. Un fortuito día del año 1933, el impresor Max Gaines encontró un fajo de diarios viejos en un altillo y recordó cómo las tiras cómicas lo hacían reír y olvidarse de sus problemas durante la Gran Depresión. Famous Funnies arrancó como un folleto ilustrado que se regalaba en los comercios y recopilaba algunas de las primeras comic strips y viejas historias de Buck Rogers, Anita la huerfanita y la columna de Ripley. Mientras que en la imprenta se publicaban las primeras aventuras de Superman, Wonder Woman y la Justice Society of America para DC, Gaines se animó a largarse por la suya y creó el sello EC (Educational Comics), sacando títulos decididamente cutres que ilustraban la Biblia, momentos clave en la historia norteamericana y fábulas con animales parlanchines.

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El hijo de Max por lo pronto odiaba los cómics y su espíritu rebelde y contestatario le sería muy útil más adelante. Después de un trágico accidente náutico que acabó con la vida de su padre, Bill Gaines, por entonces profesor de química, se encontró a regañadientes al mando de la empresa familiar. Como era de suponer, los tebeos didácticos del viejo eran venerados por los adultos pero rechazados por niños y jóvenes. Durante las décadas de los '40 y '50, las editoriales rotaban los géneros de moda para predecir cuáles serían una pegada con los lectores. EC no fue la excepción. Una vez que los cómics estilo Archie dieron cabida a los policiales y los del oeste, Gaines no le quedó más remedio que cambiar el nombre de la empresa a Entertaining Comics. Para ese entonces ya contaba con quien sería su mano derecha por el resto de su carrera: el artista, escritor y editor Al Feldstein. Cansados de "seguirla desde atrás", el dúo decidió minar su pasión en común por las viejas radio-seriales de terror de su infancia.

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Fue así como surgieron los tres títulos insignia de la editorial: Tales from the Crypt, The Vault of Horror y The Haunt of Fear, cada uno con su respectivo anfitrión (los Ghoul-lunatics) que comentaban y alivianaban el horror de las viñetas con mucho humor negro. Los títulos se convirtieron en éxito inmediato y generaron más de 50 imitadores durante sus mejores años. Para dar abasto con el volumen de producción (4 historias por número mensual), Gaines literalmente se desvelaba leyendo cuanto libro de género encontraba en busca de inspiración. Al otro día, Feldstein aceptaba o rebotaba las ideas de Gaines para ponerse esa misma tarde a dibujar y/o estoribordear para otro artista. En su época pico, Feldstein producía 4 historias por semana y editaba 7 títulos en simultáneo (a los de horror se sumarían series de ciencia ficción y policiales en la misma vena pero menos redituables).

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La presión por publicar material nuevo llevó a que en ocasiones el producto final tuviera más que una ligera similitud con la inspiración original. Fue así que con mucha ironía, Ray Bradbury le mandó una cortés carta a Gaines esperando su remuneración por la adaptación de su cuento El emisario. Lejos de enredarse en una fea disputa de derechos de autor, los regordetes literatos se hicieron amigos y Gaines terminó adaptando 26 historias de Bradbury (con su permiso, claro está); aunque éste último al principio no quería que su nombre figurara en la portada, por miedo a ser estigmatizado por las editoriales "serias". Y... eran los '50. Aun así, Bradbury siempre recalcó el valor del noveno arte en nuestro desarrollo personal: "los intelectuales desconfían de la creatividad y la imaginación. No conservan pruebas de su propia niñez y una vez que crecen, se olvidan de la magia y la capacidad de asombro. Cuanto más uno pueda fantasear y crear, mayores son nuestras posibilidades de sobrevivir en este mundo".

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El "estilo EC" se distinguía de otros cómics porque en sus historias no figuraban héroes ejemplares o siquiera modelos positivos. La virtud pocas veces triunfaba y siempre había una irónica y morbosa vuelta de tuerca final. La moraleja invariablemente era que "el que las hace, las paga", siempre con consecuencias fatales.

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"Los escritores son criaturas de Dios. Sin ellos no habría teatro, televisión, radio, películas, libros revistas... ¡nada! Un buen artista puede enaltecer una buena historia pero no puede salvar una mala. En EC nunca pensamos que el artista es más importante que el escritor".

En cuanto a los celebrados artistas, Gaines supo crear un ambiente donde el desbordante talento era estimulado y recompensado debidamente. EC era una sociedad de admiración mutua, donde se mimaba el estilo individual de cada artista (en vez de obligarlos a imitar a Jack Kirby), se les asignaba historias afines e invitaba a colaborar en los guiones. Entre los argumentos más recurrentes figuraban ajustes de cuentas desde la tumba, interpretaciones retorcidas de cuentos infantiles, perversiones de la ciencia, los clásicos zombis, momias, hombres lobo y fenómenos de circo e historias de infidelidades y pecadillos con miles de dólares de por medio (más algún hacha incrustada en la sabiola).

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Además de Feldstein, por las páginas de EC desfilaron verdaderas leyendas del género como Harvey Kurtzman, Joe Orlando, Wally Wood ("el rey del sci-fi"), Reed Crandall, el prolífico Johnny Craig (¡esas portadas!), Graham Ingels ("el maestro de la descomposición") y Jack Kamen (especialista en femmes fatales). Varios de ellos, como el camaleónico Will Elder y Jack Davis multiplicarían su fama más adelante en MAD, o trabajando para Marvel (la colorista Marie Severin en Hulk, Al Williamson en Star Wars).

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Todos invariablemente recuerdan con cariño a su jefe Gaines, un excéntrico pero respetuoso patriarca que pagaba bien y en fecha, conservaba todo el arte en forma minuciosa y se esmeraba en que los lectores conocieran mejor a los artistas a través de secciones editoriales como Cryptkeeper's Corner y Artist of the Issue. Tampoco faltaban las historias autorreferentes como Kamen's Kalamity, desarrollada enteramente en las oficinas de EC, o aquel sepulturero con un curioso parecido a Kurtzman. Todo esto llevó a que los cómics de terror de EC fueran un éxito masivo, leídos tanto por jóvenes como por adultos que los escondían dentro de números de Life o Reader's Digest.

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Pero la inminente caída de EC no se dio por agotamiento creativo o disputas internas, sino por la cruzada oportunista de un Dr. Fredrick Wertham, el verdadero Chacal de Sábado Gigante de los cómics. Wertham fue el primero en promulgar la cuando menos cuestionable correlación entre las historietas violentas y la delincuencia juvenil. Nada novedoso, pero pasa que a los superhéroes, detectives y agentes secretos de los '40 se les perdonaba todo con tal de derrotar a un enemigo común: los Nazis y los comunistas.

El doctorzucho sostenía que principalmente los cómics de EC glorificaban actos antisociales y criminales, inculcándolos en las inestables mentes de los pequeños lectores, además de insinuar la trillada y supuesta relación homosexual entre Batman y Robin y el masoquismo lésbico de Wonder Woman. Todo esto fue presionado hasta el hartazgo a través de dos infames pasquines de seudo-psicología: Seduction of the Innocent y Show of Violence. Por supuesto que no fue más que una conveniente "solución" a un problema mucho más complejo (la paranoia y reconstrucción de la posguerra) pero que curiosamente ignoraba el detalle de que todos los pichones que supuestamente estudió Wertham ya venían cargados con problemas psíquicos y emocionales.

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El botón por excelencia. Gaines colgó esta foto en su oficina después de la muerte del tordo.

El matasanos cultivó todo un séquito de quemadores de revistas (los mismos que hoy en día le echan la culpa al heavy metal, los videojuegos y las películas de terror) y el asunto escaló lo suficiente hasta llegar al Congreso. Todo desembocó en la infame Audiencia Kefauver, donde el senador homónimo puso en aprietos a Gaines delante de un público masivo. El corajudo editor argumentó que los cómics, lejos de pervertir mentes impresionables, facilitan la transición de los cuentos infantiles con imágenes a los libros puramente dichos, además de estimular la imaginación mediante una "educación visual". Gaines cortó grueso implicando que sería tan inútil "explicar a alguien como Wertham la sensación que provoca un cómic de terror, como compartir las sutilezas del amor físico con una dama frígida". Complementó su discurso diciendo que el noticiero es mucho peor que lo que se puede ver en una historieta y concluyó que las inclinaciones criminales provienen no necesariamente de lo que se lee, sino del ambiente al que uno está expuesto.

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La famosa portada cuestionada por Kefauver. Gaines dijo que "tiene buen gusto -para ser un cómic de terror- al no mostrar las tripas y sangre colgando del cuello de la víctima".

A pesar de sus buenas intenciones promulgando la libertad de expresión, el consenso general fue que Gaines no presentó su causa debidamente preparado. Su postura no sólo no fue tomada en serio sino que perjudicó a todas las editoriales. Se boicotearon proveedores, los kioskeros devolvían cajas de revistas sin abrir y los sufridos artistas no tenían más remedio que definirse como "ilustradores comerciales" para evitar la discriminación. Pero lo más trascendente fue la creación del Comics Code Authority, que de ahora en más regularía lo que se podía y no se podía mostrar.

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Cansado de pelearla en solitario, a Gaines no le quedó otra que cerrar la Cripta en setiembre de 1954. Los títulos restantes (los policiales y de ciencia ficción) sufrieron el mismo destino, ya que cualquier pavada escandalizaba a las cuatro viejas cortamambo que en aquel entonces se encargaban del regularizar el Comics Code. También se sintió traicionado por el poco apoyo de otras editoriales (entre ellas Archie y DC) que no se solidarizaron en su cruzada por supuestos celos ante las exitosas ventas de sus innovadores títulos. Lo único que se salvó (y continúa publicándose hasta nuestros días) fue por supuesto MAD, creada específicamente para aprovechar el estilo y el gusto por la parodia de Harvey Kurtzman, mantenerlo más ocupado ("sólo" se encargaba de editar dos series de guerra) y justificar el aumento de sueldo que había pedido. Como a partir del #24 MAD dejó de ser un comic book para convertirse en revista satírica, la publicación logró escapar del escrutinio del Código.

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Desde entonces, el interés por los cómics de EC se mantuvo vivo a través de fans que preferían releer y atesorarlos en vez de seguir los insulsos títulos de la época. A medida que pasaba el tiempo, los llamados EC Addicts organizaron todo un movimiento under de reconocimiento, a través de clubes regionales y nacionales y los primeros fanzines. A esto se le sumaron las primeras incursiones de la Cripta en la pantalla grande, gracias a dos películas del estudio británico Amicus. Tales from the Crypt (1972) y The Vault of Horror (1973) adaptaron una decena de historias clásicas con clase, cero humor y varias caras conocidas (Peter Cushing, Joan Collins, Tom Baker), a pesar de su bajo presupuesto. Sir Ralph Richardson encarnó a un Cryptkeeper más sobrio que el del cómic, uniendo las historias y revelando los destinos de sus fayutos invitados.

Las películas fueron lo suficientemente exitosas como para devolverle la fe a Gaines en su vieja creación. Felizmente repartió las regalías con su distanciado plantel creativo. Pero uno de los verdaderos "momentos bisagra" en el revival de TFTC se dio cuando Russ Cochran, un profesor universitario de física que creció con los cómics de EC, aprovechó un viaje académico a Nueva York para conocer a Gaines. Después de demostrarle lo equivocado que había estado Wertham y lo derechito que había salido, el profe mostró un inusitado interés en rescatar el maravilloso arte de los Archivos EC para exhibirlo en detalle a través de unos cuidados portafolios para coleccionistas. La convención de cómics de Nueva York de 1972 se convirtió en un verdadero Woodstock para EC, donde por primera vez se juntaron y agradecieron mutuamente los fans con los artistas y escritores de su juventud y se celebró el Culto de la Cripta a través de paneles, autógrafos, reprints y subastas de arte millonarias.

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La serie de HBO (1989-1996)

La serie televisiva fue el resultado directo del afecto y la nostalgia que sentían cinco de los productores más poderosos de Hollywood por TFTC. Walter Hill, responsable de 48 Hrs. y The Warriors, fue quien, motivado por los volúmenes de Cochran, decidió comprar los derechos para adaptar las terroríficas historias junto a sus colegas David Giler (socio de Hill en la serie Alien) y Joel Silver (Die Hard, Predator, Commando). Al año se les sumó Richard Donner (The Omen, Lethal Weapon). De la misma forma que había "rescatado" a Superman a punto de convertirse en una producción extranjera a mediados de los '70, Donner quiso hacer lo mismo con otro clásico de la cultura popular norteamericana. El último miembro del quinteto fue Robert Zemeckis. El creador de Back to the Future y Roger Rabbit también había crecido leyendo TFTC debajo de las sábanas con una linterna y consideraba la película de Amicus una cita obligada durante la Noche de Brujas en su residencia.

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La primera temporada contó con tan sólo 6 episodios y estableció el tono a seguir por docenas de directores a lo largo de 93 capítulos y 7 temporadas. Siguiendo el modelo de Gaines y Feldstein, Silver elegía las historias y las asignaba al personal indicado, dependiendo de si estos preferían las historias sangrientas, los thrillers o las de humor negro. Los productores insistieron en que TFTC fuera vendido a HBO en vez de a los canales convencionales, a modo de no tener que lidiar con problemas de censura, contar con el presupuesto adecuado y poder adaptar la mayor cantidad de historias posibles.

También se esmeraron en la atmosférica presentación (con cortina musical de Danny Elfman) y las portadas para cada historia al estilo EC, dibujadas por Mike Vosburg. Quizás lo más recordado de la serie sea su macabro anfitrión, The Cryptkeeper, una maravilla animatrónica compuesta por Kevin Yagher (el creador de Chucky) y con la voz original de John Kassir. Como ocurría en antologías similares (The Twilight Zone, Alfred Hitchcock Presents, Chiller con Boris Karloff) era esencial contar con un maestro de ceremonias que presentara las historias pero acá también se burlaba del destino de los protagonistas. A medida que la serie sumaba capítulos, el Cryptkeeper hacía chistes cada vez más malos y contaba con vestuarios y producciones más elaboradas. Hasta su origen fue contado en la historia Lower Berth, dirigida por Yagher.

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Los productores contaban con las agendas telefónicas más nutridas del cine y la televisión y las explotaron al máximo, aunque todos querían formar parte de la Cripta sin mucha persuasión. Si bien hoy en día es común ver actores de cine pasándose a la tele sin temer por su carrera, esto era algo inusitado y considerado como "suicidio" a principios de los '90. Fue así como decenas de celebridades trabajaron por chirolas pero con la libertad creativa garantizada de hacer algo diferente y bien desagradable. TFTC también fue pionero en contar con personajes principales despreciables, más cerca de tipos cuestionables pero fascinantes como Tony Soprano, Dexter Morgan, Hannibal Lecter o Walter White.

Para los actores, TFTC era algo refrescante y liberador, sin miedo a quedar encasillados o encadenados a una serie. Para los directores, era como volver a sus raíces de escuela de cine, creando cortos de bajo presupuesto y sin tener que estar atados a una "Biblia" que rija el estilo y la evolución de la serie. De esta forma tuvimos grandes realizadores con ganas de pasarla bien entre amigos (Donner, Zemeckis, Hill, Tobe Hooper, John Frankenheimer, William Friedkin), jóvenes directores haciendo sus primeras armas en el género (Russell Mulcahy, Stephen Hopkins, William Malone, Mick Garris) y actores famosos ansiosos de ocupar el sillón de director por primera vez (Tom Hanks, Arnold Schwarzenegger, Kyle MacLachlan, Bob Hoskins, Michael J. Fox), con la condición de hacer un cameo.

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La cantidad y variedad de actores que desfiló por la cripta es impresionante, y solo hace falta mencionar a gente como Kirk Douglas, Tim Roth, Timothy Dalton, Margot Kidder, Joe Pesci, Bill Paxton, Martin Sheen, Brooke Shields, Terry O'Quinn, Teri Hatcher, Steve Buscemi, John Lithgow, Benicio del Toro y Adam West. Durante la última temporada, la Cripta se mudó a Inglaterra para abaratar costos, por lo que pudimos conocer a ignotos como Eddie Izzard, Daniel Craig y Ewan McGregor antes de que se hicieran famosos.

Como toda antología, TFTC es muy irregular, aunque cada temporada tiene al menos un par de capítulos soberbios (generalmente los dirigidos por los grandes nombres). Todos los vinculados expresan gran respeto y devoción por los cómics originales, a tal punto de utilizarlos como storyboards para las adaptaciones y citándolos como inspiración para su lenguaje cinematográfico. En sus últimos años de vida, Gaines llegó a disfrutar de la serie y hasta presenciar grabaciones. Recalcó con humor que la antología duró más que los mismos cómics y sintió con orgullo que le pasaba la posta a una nueva generación de degenerados más exitosos que él y Feldstein.

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Las películas

Demon Knight (1995) comenzó como un guion independiente de tres estudiantes universitarios en 1987, años antes de la creación de la serie televisiva. Después que directores de género como Mary Lambert (Pet Sematary) y Tom Holland (la primera de Chucky) dijeron "paso", el entonces cinematógrafo de Spike Lee y fan de la serie Ernest Dickerson (The Walking Dead) decidió transformarla en una sangrienta historia de terror psicológico llena de demonios, talismanes milenarios y la otra cara de la Biblia. Como no podía ser de otra manera, el Cryptkeeper, ahora convertido en frustrado director de cine, enmarca la historia con su clásico humor negro. La historia cuenta la persecución de un prófugo (William Sadler) por un misterioso coleccionista (gran performance de Billy Zane). Sitiados en un hotel de mala muerte, sus intenciones serán cuestionadas por un grupo de parroquianos que incluye a Jada Pinkett-Smith y Thomas Haden Church. ¿Podrán sobrevivir hasta el amanecer una vez que se den cuenta de que nada es lo que parece y que la llegada del Apocalipsis está en sus manos?

Demon Knight tuvo un éxito moderado y se convirtió en film de culto, ideal para ver una noche de lluvia entre amigos. La idea original era hacer una serie de películas de TFTC con algunos puntos en común. Es interesante descubrir cómo The Frighteners y From Dusk til Dawn fueron, en un principio, considerados como potenciales entregas de la serie. Supuestamente existe una película terminada bastante intensa llamada Dead Easy (o Fat Tuesday) sobre zombies en Nueva Orleans que según Joel Silver nunca verá la luz del día por temor a acusaciones racistas. Rumores de otra cinta propuesta pero jamás realizada llamada Body Count aún circulan por Internet.

Lo que sí tuvimos en 1996 fue Bordello of Blood, una semi-secuela que cuenta el ascenso de Lillith, la Reina de los Vampiros (Angie Everhart). Ante la misteriosa desaparición de Caleb (¡Corey Feldman!) (Nota del Editor Metiche: no me gusta que nombres a este tipo) en una funeraria-burdel-nido de vampiresas, su virginal y religiosa hermana Katherine (Erika Eleniak) contrata al zaparrastroso detective Rafe Guttman (Dennis Miller). Su búsqueda desenmascara un nuevo plan apocalíptico vinculado a los talismanes de Demon Knight. Con un tono más comédico y algún merecido palito al televangelismo reinante de la época, Bordello of Blood decepcionó a la mayoría de los EC Addicts. Aunque igual se deja ver si a uno no le molesta una guerra de pistolas de agua bendita con vampiresas en topless... La cinta fue de las últimas instancias en las que se pudo disfrutar del carismático Miller (otrora verborrágico corresponsal de Weekend Update en Saturday Night Live a fines de los '80) antes de que se convirtiera en un triste comediante xenófobo y fundamentalista pro-Bush.

Después de las dos películas oficiales, la serie dio sus últimos coletazos y fue cancelada debido al poco rating y los recortes de presupuesto. Hubo un par de intentos fallidos por arrancar antologías basadas en los títulos de guerra y ciencia ficción de EC (Two-Fisted Tales y Perversions of Science) pero no pasaron del piloto. Más adelante el Cryptkeeper se mantuvo vigente por dos temporadas en una serie animada obviamente ablandada para asustar a niños desobedientes y un programa de entretenimientos estilo Jugate conmigo. Lo más reciente fue una película independiente con temática vudú llamada Ritual, a la que se le insertaron segmentos del Cryptkeeper a prepo.

Lo que E.C. nos dejó

Volviendo a los comics originales, el legado de EC se puede ver principalmente en el maravilloso arte que resiste el paso del tiempo, ahora accesible a través de bienvenidas recopilaciones de los EC Archives a cargo de Dark Horse. Los coleccionistas más veteranos le agregan el valor sentimental y la nostalgia de leer algo "prohibido" que obviamente atesoraban y compartían a escondidas.

Todos los que trabajaron en EC a principios de los '50 hablan del ambiente familiar y estimulante que mantenía Gaines y que raramente hallaron en otras editoriales. El imprescindible documental TFTC: From Comic Books to Television entrevista a varias de estas leyendas que recuerdan con cariño a su generoso patrón, un gordito de lentes que llevaba a su familia a picnics en cementerios, organizaba fiestas navideñas en julio y repentinamente invitaba a todos sus artistas y escritores a viajes exóticos con todos los gastos pagos (cosa que mantuvo hasta sus últimos años al frente de MAD).

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La influencia de TFTC es citada con frecuencia por luminarias del género. R.L. Stine, autor de la conocida serie juvenil Escalofríos consideraba a los cómics EC como "mi pornografía". Los créditos de todos los capítulos de Halloween de Los Simpson adoptan los truculentos apodos del plantel creativo impartido por "Ghastly" Graham Ingels. El "rey de los zombis" George Romero homenajeó explícitamente a EC con su antología Creepshow (1982), escrita nada menos que por Stephen King y con arte de Jack Kamen. Y otro maestro del terror, John Carpenter, con su ya clásica actitud "fuck y'all" puso punto final al escándalo Wertham-Kefauver diciendo que "los cómics no crean delincuentes juveniles, crean directores de cine".

Pero quizás la mejor evaluación de Tales from the Crypt la tenga Zemeckis: "La razón por la que la gente disfruta de TFTC es porque combina el horror y el humor con maestría. Es un placer culpable que apela a nuestro lado oscuro, esa ira homicida que a veces llevamos dentro. Representa un escapismo saludable a algo que no nos gusta admitir ni tampoco conviene llevar a cabo".

Les agradezco su compañía en este tour macabro. Los dejo porque un amigo me está corriendo.

The Crypt is… CLOSED. ¡Hahahahahahahahahahahahaha!

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